Opinión

Los infortunios de la gordura


Confieso que este tema venía rondando mi mente hace algunas semanas. ¿Gordo yo? Todavía tengo la cáscara de preguntármelo, luego de haber subido a la pesa con cierto nerviosismo y comprobar que pellizco las doscientas treinta libras. Qué vergüenza. Aunque la muerte no entiende de dietas.
“Estás gordo”, me dice mi doctor, con una risita irónica, sin ganas de lastimarme y con sus ojos clavados en mi panza. “Tu pecado está delante de vos” y sigue riéndose. Claro, como él es flaco y va a vivir cien años, debe burlarse de mí en sus adentros. Aunque sé que quisiera decirme que “estás hecho un cerdo”, y que si continúo engordando me sobrevendrá un infarto. Pero no lo hace. Es reservado y a pesar de la amistad que nos une, no está acostumbrado a darme bromas. Luego me mide la presión arterial y a pesar de que la tengo controlada no deja de preocuparle mi gordura. Su mirada no me gusta. “Tenés que ponerte a dieta”, me dice seriamente. Y me manda una dieta rigurosa, ejercicios físicos diarios, para poder llegar a los cincuenta años en buen estado. Tengo cuarenta y dos años y mido cinco pies y seis pulgadas de estatura. Ya no creceré, pero sí puedo seguir engordando. Todo lo contrario, mi cuerpo comenzará a encogerse mientras mi panza será la prueba irrefutable de mi adicción si continúo comiendo como condenado.
Sé que por la línea genética de los Navarrete soy un hombre rico en enfermedades: Por mandato de herencia, tengo ingenios azucareros, potenciales problemas cardíacos y hasta accidentes cerebro-vasculares. Mis abuelos y tatarabuelos paternos murieron de diabetes. Dicen que con el azúcar que corría en sus venas pudieron haber pagado la deuda interna del país. Sin embargo, mi padre no murió de diabetes ni de problemas cardíacos. Murió por exceso de alcohol y falta de amor. Y un tío mío, a quien le decimos cariñosamente “El Pájaro Negro”, por la negritud de su piel, recorre a sus ochenta y tres años las calientes y polvosas calles de Managua, desafiando los mensajes de la genética. Lo mismo puedo decir de mis tías, quienes han sobrevivido a infartos y derrames cerebrales, burlándose de la muerte en sus narices.
Y por la línea de los Velásquez heredé problemas renales crónicos. Mi madre tiene sesenta y cinco años y los riñones han sido su peor pesadilla desde que tuvo su último parto. Mi abuela materna murió relativamente joven, a los cuarenta y ocho años, víctima de una nefritis crónica. En tanto, mi abuelo materno murió a los ochenta años, por un problema nefrítico y cardíaco. Por lo demás, la mayoría de mis tías maternas han llegado a la vejez con buena salud, desafiando los pronósticos genéticos. Hasta una tatarabuela murió de vieja, arañando el siglo y preparándole una emboscada genial al cáncer: se murió cuando quiso, a los ciento cinco años, justo cuando éste comenzaba a molestarla.
Sin embargo, más allá de las oscuras líneas genéticas y de los malos presagios que nos dejan nuestros abuelos, lo cierto es que la obesidad ha sido definida como una enfermedad por la Organización Mundial de la Salud. Es una enfermedad, fuente de otras enfermedades crónicas como la hipertensión, la hiperlipidemia y otras. Hoy en día muchas personas se resisten a admitir que están gordas. Incluso, algunas, con una autoestima alta, defienden su gordura con conceptos culturales, y hasta se atreven a afirmar que es una belleza sui géneris en la que se han inspirado pintores como Botero.
En algunas tertulias con amigos y conocidos, he escuchado frases como ésta: “La gordura es erótica. A mi marido le gusta tocarme esas llantitas”, dicen algunas mujeres gorditas, o para decirlo diplomáticamente, pasaditas de peso, pretendiendo justificar su abultado vientre. Que conste, no tengo nada en contra de las mujeres gorditas. Es más, la mayoría de las mujeres bonitas que conozco son gorditas. No sé si la naturaleza trata de compensar a las mujeres feas. Pero la regla es que la mayoría de las mujeres bonitas sufren una especie de castigo divino: se vuelven gorditas. Ahí tenemos a las reinas de belleza, castigadas por la gordura. Pero, ¿y los hombres gordos? Esa es otra historia.
Hay gordos que se enorgullecen de sus cuerpos. Y, sobre todo, de sus grandes barrigas que con el transcurrir del tiempo adquieren distintas formas y tamaños. Se sienten realizados desfilando con sus barrigas en las calles de Managua. Incluso, hay algunos que se atreven a decir que las mujeres los prefieren rellenitos, con esas panzas eróticas que les prolongan el orgasmo. Pobres. Otros hablan del reino exclusivo de los gordos como si se tratara de un club de hombres privilegiados. Yo no creo que las mujeres consideren la gordura un elemento erótico. A mí me parece que ser gordo, además de antiestético y pornográfico, es un atentado contra nuestra propia salud. Es una bomba de tiempo que puede matarte en cualquier momento. La obesidad no respeta edades ni sexo, ni política ni religión. Es una enfermedad que va matando a fuego lento.
“Pierda peso, gane vida”, reza un mensaje contundente contra la obesidad que mi doctor tiene colocado a sus espaldas. Y desde que lo leí, hace algunos días, la angustia de morir de un súbito infarto mientras duermo me mantiene alerta. Esta frase, pese a ser comercial porque es el slogan de un medicamento que están promocionando para bajar de peso, no deja de ser convincente. Ha logrado que por lo menos renuncie a los cócteles de mediados de semana, a los almuerzos y cenas familiares en los locales de comidas rápidas, a las deliciosas cervezas de algunos domingos y todo lo que huela a comida chatarra, carnes rojas, gaseosas y carbohidratos. También ha logrado que por lo menos haga ejercicios tres veces a la semana, aunque a veces mi apetito se desenfrena y peco. Y las calorías botadas con sudor y sangre en el gimnasio las recupero con sólo ver y olfatear la comida casera, que es uno de mis pecados capitales.
La última vez que fui donde mi doctor lo primero que hice fue subirme a la maldita pesa. Me quité los zapatos, el reloj, los anteojos, con la esperanza de que la pesa fuera fiel, pero la cifra me decepcionó profundamente: marcó 228 libras, apenas dos libras menos que en la consulta anterior. Qué fiasco, dije, mientras mi doctor, quien no acostumbra a bromear, me mira con una sonrisa maliciosa y me dice: “Has ganado dos días de vida, has perdido dos libras. El pecado sigue estando delante de vos”, me dijo. Claro, la tremenda barriga que nos separaba. En realidad, la vida es el tesoro más valioso que tenemos y no vale la pena ponerla en riesgo por el sobrepeso. Recordemos que cuando uno se muere nada se lleva. Sólo los instantes vividos, la vida que valió la pena, y para que eso sea verdad necesita perder peso, porque si no lo hace el peso lo sepultará pronto.
* Periodista y escritor nicaragüense.