Opinión

Etanol, geopolítica y hambre


La gira efectuada por el presidente George Bush, el pasado mes de marzo, por varios países latinoamericanos, dejó como único tema de debate la propuesta de una alianza entre EU y Brasil, para producir el biocombustible etanol a escala industrial. No pocos sectores han presentado el acuerdo entre EU y Brasil como una maniobra política para reducir la influencia del presidente Hugo Chávez. La producción industrial del biocombustible, dicen, buscaría reducir la dependencia de los países de la región del petróleo venezolano y sustituirlo con etanol, de cuya elaboración Brasil y EU son líderes mundiales, representando casi el 80% de la producción --y el consumo-- mundial.
Venezuela y Cuba han denunciado los riesgos que entraña la utilización de un grano tan esencial para la alimentación humana, como es el maíz, para la producción de etanol, pues dispararía sus precios de mercado y castigaría a los países más pobres, que tendrían serias dificultades para adquirirlo. La denuncia no es nueva. En 2006, el presidente del Earth Policy Institute, de EU, Lester Brown, advirtió que el uso de cereales para producir combustible era la causa del aumento del precio de los granos, lo que amenazaba a las poblaciones más pobres del mundo. El semanario liberal The Economist señaló, en abril pasado, la trampa que encierran los biocombustibles: “Como se emplea más tierra para cultivar maíz y no otros cultivos alimentarios tales como la soya, sus precios también se elevan. Y como el maíz se utiliza para alimentar a los animales, el precio de la carne aumenta también. En otras palabras, el suministro de alimento se está desviando para alimentar a los hambrientos automóviles americanos.”
Una idea más clara del impacto que tendría el etanol en el mercado mundial la da el siguiente dato: para llenar el tanque de una camioneta con 25 galones de etanol se emplea la misma cantidad de maíz que podría alimentar a una persona durante un año. Por otra parte, los impedimentos prácticos son notables. EU produce unos 300,000 barriles diarios de etanol, pero únicamente 600 de sus 200,000 gasolineras disponen de la mezcla E85, compuesta en un 85 por ciento de etanol.
A estos problemas debe agregarse otro no menos grave, el medioambiental. Como señaló el diario The New York Times hace pocas semanas, el “auge que tiene lugar en el cultivo del maíz constituye un elemento de presión para la tierra que ha sido destinada al Programa de Reserva y Conservación del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos”. En otras palabras, el aumento de precios del maíz invita a la deforestación y a cultivarlo en todo tipo de superficie, aumentando el desastre medioambiental. Si se diera un efecto dominó y todo el mundo deforestará para sembrar cultivos que produzcan etanol, el impacto podría ser devastador para la naturaleza.
Brasil, el mayor productor y consumidor mundial de etanol, goza de una singularidad intransferible, la inmensidad de su territorio, que le permite dedicar millones de hectáreas al cultivo de caña de azúcar. El efecto colateral lo señaló The Wall Street Journal en octubre de 2006: “Los precios de los contratos de azúcar ya están en sus niveles más altos en un cuarto de siglo. Luego de que durante la mayor parte de la década pasada la libra se negociara por menos de 10 centavos de dólar, el precio del azúcar ha subido en la New York Board of Trade más de 19 centavos por libra”.
La producción industrial y masiva de biocombustibles no parece una solución factible y ecológica al problema energético mundial. Tampoco una alternativa viable al hasta ahora insustituible petróleo. Por sus propias características, los biocombustibles sólo pueden ser operativos en escalas controladas, que no atenten contra el esencial derecho al alimento, ni deriven en una catástrofe medioambiental. Por tales motivos, carecen de valor geopolítico. Si la idea de Bush es utilizar el etanol como arma política, puede anticiparse su derrota. Si la producción industrial del etanol es todo lo que tiene para contrapesar la influencia venezolana en la región, cabe desplegar un bostezo.
* Profesor de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid. Fue abogado de Nicaragua ante la Corte Internacional de Justicia y ha colaborado habitualmente en el diario El Mundo de Madrid. Su última obra es La Paz Burlada, los procesos de paz en Centroamérica 1983-1990.