Opinión

La felicidad clandestina


Un buen escritor puso este ejemplo hace años:
Imaginen un niño que a los tres años agarra un lápiz de color y empieza a dibujar la silueta casi perfecta de un animal. Su mamá, que estaría distraída, al reparar en el prodigio que el niño había hecho, se sorprendería gratamente y avisaría a todos para que vinieran a ver aquella maravilla: un niño tan pequeño y ya tan artista. Después, tal vez cuatro años después, el niño ha perfeccionado su estilo. En la escuela no va del todo mal, pero sigue dibujando y dibujando. Los padres se presentan orgullosos con él a concursos escolares y se fotografían junto a su pequeño ganador. Es un juego maravilloso. Luego el niño sigue pintando varios años más, pero le falta destreza para salir de un estilo en que se ancla. Ya no gana tantos concursos, y hasta decepciona un poco a sus padres. No le pasa nada, sólo que tal vez necesita nuevos maestros, alguien que le oriente por otro lado. Tiene ya dieciséis años y a un familiar que les visita se le ocurre preguntarle al niño delante de sus padres qué le gustaría ser de mayor; el niño responde decidido: “Pintor”. Habría que ver la cara de sus padres. Ya empiezan a preocuparse un poco, sobre todo porque la cosa se pone seria más tarde, cuando el niño, ya joven, termina los estudios y sigue con la idea. Los argumentos de su papá en contra son de sobra conocidos y tienen un peso importante: “Eso no da de comer; de qué vamos a vivir cuando necesitemos tu ayuda, etc”. Yo no sé ustedes, pero a mí me huele que al niño le rodea… suena fuerte decirlo, pero no hallo otra palabra… una especie de traición.
Pocos títulos de un libro son tan felices y para mí tan queridos como el de esa colección de relatos de mi amada Clarice Lispector, esa escritora brasileña adelantada a su tiempo que además de ser una belleza pasó sus años en Río de Janeiro muy cerca de una búsqueda (precisamente la de la felicidad a través de la palabra) que no sé si encontró alguna vez. Y si la encontró, ahora guarda su secreto en una tumba del cementerio judío de la ciudad carioca al que siempre deseo que la vida me conceda volver y dejarle una rosa prometida de hace años, y también una pregunta.
Mi pregunta a Clarice sería: ¿qué fue lo que encontró al final? He leído muchas líneas de las que escribió, y en todas ellas una mujer sola, valiente y sola, se pone una mochila en la espalda y empieza desnuda y un poco desconcertada a preguntarle a cada instante si se puede apresar la vida plenamente, si acaso es posible hallar las tuercas que le aferran a uno mismo a esa felicidad casi completa, siempre acechada por la muerte.
Esta mujer decidida y sin armas, solitaria, se adentró en el laberinto de siempre, a pesar de saber que otros habían perecido, a veces, a mano de sí mismos, o lanzándose al mar en un último verso, como hiciera Alfonsina Storni. Los escritores y en parte los lectores, los hombres y mujeres como Clarice Lispector tienen un problema. Están enojados. Enojados porque creen que alguien les robó la niñez, porque nunca aceptaron dejar de serlo, y ser hombre o mujer, parece que es una forma de juego, como cuando los niños juegan a qué serán cuando sean grandes.
¿Encontró Clarice el camino de vuelta a casa? Es difícil no pensar, y más hoy en día, con las cosas que revela la genética, si acaso no llevamos adentro un código celular que nos distingue y nos prepara para una actividad, un estado de ánimo y una tendencia. Es decir, se podría deducir que uno nace con un mensaje, una especie de canción y ya está. Todo depende de lo que pase después. Es decir, la educación, el ambiente, las condiciones sociales y económicas, dónde se nace y cómo se muere. Todo ello hace que se descubra esa canción o no. Mucha gente, y creo que, en parte, están cerca de una razón compartida, dicen que la verdadera felicidad (entendiendo siempre una felicidad moderada) está en realizarse, palabra ésta muy confusa, pero al menos nos sirve. No se trata tan sólo de una profesión, sino de la vocación. A veces van unidas, y entonces es la felicidad compartida, y a veces están separadas, pero no importa, siempre y cuando una no se coma a la otra.
No sé si se han fijado, pero lo que tienen en común esta clase de vocaciones, de felicidades, es que van dirigidas siempre a otra persona, una especie de canción que quiere ser cantada con otros, que quiere ser entregada a otros, desde la soledad o desde un grupo.
Yo sé que hoy día en Nicaragua no son buenos tiempos para aconsejarle a un niño que siga su instinto, el camino que le indiquen sus sueños. Yo sé que hoy en día, los sueños, muchas veces, se guardan en un cajón, y ahí se quedan. A veces uno vuelve adonde está el cajón, se pasea cerca, dudando si abrirlo o no, probar esa felicidad clandestina y loca, y que a uno le arrastra el deber por la espalda, la necesidad imperiosa de un mundo, el de este país de
ahora, donde no hay tiempo para decisiones como ésta.
Pero, ¿saben lo más curioso de la escritora brasileña de la que les hablaba? Pues, que aunque es bastante conocida, en realidad, no ha pasado a la historia de la literatura por ser precisamente un gran escritora ni nada por el estilo. Se le reconoce su sinceridad, su manera honesta de buscar, y poco más. Hubiera sido más fácil para ella escribir novelas de historias con grandes ventas, pero prefirió hablar desde adentro, casi desde las venas, y no dejar de contar cada paso del camino de vuelta hacia una búsqueda, que es un poco la de todos.
Hay que desconfiar de la sonrisa del dinero, del que tiene un buen empleo porque da dinero, del que tiene un buen carro, una buena casa, porque detrás de esa sonrisa, que tiene el mismo brillo del metal que se oxida, siempre hay un cajón sucio y olvidado, quizá demasiado perdido, donde realmente se esconde la felicidad clandestina. Pero comprendo que es muy difícil hoy día abrir ese cajón y poner en riesgo tantas cosas. Lo que sí tengo claro, es que cuando uno es feliz, hace a los otros también. Bueno, en mi caso, al menos, uno de mis momentos de felicidad es éste cuando les escribo a ustedes.
Si Clarice la encontró o no, su propia canción, su propia forma de ser, no lo podemos saber. A lo mejor, algún día, si la vida me concede tiempo y posibilidad, puedo visitarla donde ya les conté y tal vez les cuento después qué me dijo.

franciscosancho@hotmail.com

Subir