Opinión

El fin del mundo no es para mañana


Para controlar las masas, el uso de la razón no es recomendable, porque el ser humano en grandes multitudes no piensa; basta para convencerse mirar a los fanáticos en un estadio de fútbol. No, para mover las masas no se ha inventado nada mejor que el miedo y el amor, y por eso, esas dos grandes pasiones son, desde hace dos mil años, las herramientas favoritas de la Iglesia. Todavía hoy está de moda utilizar las presiones del Apocalipsis, porque si uno cree que mañana no existirá, no hace proyecto a largo plazo ni se proyecta fuera del instante; el temor a Dios es el comienzo de la sabiduría dice, o mejor, conservando siempre delante de los ojos el día pronto en llegar de la muerte, se mantiene abierta la puerta del miedo irracional y del amor al dios protector. Desde hace quinientos años, en América la Iglesia sirve al colonialismo y a los intereses de la oligarquía, hace quinientos años que nos anuncia que el fin del mundo está pronto. ¿Podremos algún día vencer ese miedo y terminar con esta explotación de una vez por todas?
El país que hoy en día ha llevado más lejos las consecuencias de esas políticas del miedo son los Estados Unidos, con un protestantismo radical y ultraconservador que escribió “en Dios confiamos” hasta en su ídolo de moneda. No es casualidad si el pretexto que encontró George W. Bush para invadir Irak es que tenía armas de destrucción masiva, es decir, armas del Apocalipsis; como en Armagedón, el once de septiembre, la amenaza vino del cielo y se destruyeron los dos más altos rascacielos del mundo, hundiendo la ciudad de Nueva York en una nube de polvo que tapó el sol, sembrando el pánico y el caos en todo EU.
Aunque los conservadores ya no tengan mayoría en el congreso ni el senado, el gobierno de Bush sigue el hilo (porque no se cambia a una estrategia que funciona siempre) y se acusa a Irán o a Corea de querer destruir al mundo; pero más bien es de los mismos Estados Unidos que deberíamos tener miedo, porque son ellos los únicos que poseen actualmente armas de destrucción masiva con la mentalidad suficientemente retorcida y destructora para hacer uso de ellas.
La situación geopolítica en la cual varias potencias tienen posibilidad de destruirse unas a otras me parece más justa y ofrece mejores garantías de paz que aquella en donde una sola superpotencia puede hacer uso de la fuerza nuclear sin temer represalias. Nunca el equilibrio mundial ha sido tan sólido como durante la guerra fría, al contrario de lo que piensa o quiere dejar pensar la real academia de Londres; si EU jamás bombardeó Rusia, como lo había hecho a Japón durante la Segunda Guerra Mundial, fue porque sabía que la URSS tenía un alcance de fuego igual si no mayor al suyo, y destruir a Rusia implicaba también el riesgo de autodestruirse.
Vemos en la actualidad que en un mundo unipolar o multipolar con hegemonía de un solo país, las guerras locales se vuelven mucho más injustas, violentas y largas, como en África o Serbia, y con mucha más razón si interviene la superpotencia supuestamente a favor de la paz: fue el caso en Afganistán y en Irak, donde en los ochenta y noventa la URSS y los mismos EU habían fracasado sus intentos. Hoy las heridas se han podrido y amenazan con gangrenarse.
Abordando el tema del Oriente medio, lugar del mundo donde la escala de violencia crece con mayor intensidad, es preciso volver para atrás y explicar que el peligro más evidente no es Irán, que ni si quiera tiene bomba atómica, si no Israel, que la posee desde los años sesenta, cuando Francia le vendió su tecnología, desobedeciendo a la voluntad de los Estados Unidos, entonces gobernados por un presidente liberal (en el sentido original de “espíritu abierto” del término) llamado John F. Kennedy, el cual sabemos cómo terminó pocos meses después por sus ideas pacíficas.
En el contexto geoestratégico moderno, Israel, último residuo del colonialismo europeo e hijo abortado del nazismo, se ha vuelto la base avanzada de occidente en oriente, un punto operativo de los mejores servicios de inteligencia del primer mundo, la más elaborada máquina de guerra con buena conciencia moral y, para decirlo claro, el más fiel aliado de EU en su guerra contra el terrorismo y su caballo de Troya en sus deseos imperialistas (porque la deuda económica y moral de Israel a Estados Unidos es inconmensurable).
El peligro de Israel, decía, es que es un país recién formado (hace poco más de cincuenta años) por colones europeos con cierto complejo de inferioridad, pues fueron humillados y maltratados en todas las naciones del viejo mundo, que se traduce en una voluntad de superioridad y sed de dominación (por no decir de venganza ciega) insuperable, infinita, insaciable, igual a su dios. Concretamente, el peligro viene de que Israel es el único país en la región explosiva de Arabia en contar con el arma atómica en su arsenal militar, y vimos últimamente que ni las prohibiciones de la ONU ni los tratados internacionales pueden parar a Israel cuando decide atacar a sus vecinos y expandirse a expensas de ellos, porque el sionismo crece y se desarrolla conquistando su espacio vital, justificándose con su misión bíblica. Sólo una nación islámica poseía la bomba: Pakistán, pero la guerra en Afganistán sirvió de pretexto a EU para ocupar militarmente a ese país fronterizo y neutralizar su programa de defensa nuclear, entrometiéndose en sus asuntos internos, violando sus secretos militares, demostrando un injerencismo total y antidemocrático.
Hoy en día Israel tiene las manos libres para hacer uso de la fuerza e incluso, si su integridad fuera amenazada, utilizar su potencia atómica. Para terminar déjeme contarle de unos versos del sagrado Corán donde se habla del juicio final: Cuando
Ishrafeel, el propio ángel de la muerte, tocará de su doble trompeta que apunta hacia el cielo y hacia la tierra; al disparar su sonido producirá una onda luminosa que desintegrará todas las formas de vida que cruza su propagación hasta dejar el mundo entero calcinado.
Lejos de mí la idea de utilizar la técnica de mis adversarios, no creo que el Apocalipsis sea para mañana, porque Dios siempre restablece el equilibrio de fuerzas entre el bien y el mal.

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