Opinión

Juventud, divino tesoro


A mi hijo Fernando

Juventud, divino tesoro, te vas para no volver. ¡Qué verso tan sabio y sonoro! Es la vida loca que no retorna, pero que deja huellas indelebles. Es una breve temporada en el paraíso. El verso de Rubén Darío resuena como un eco nostálgico en mis oídos cada vez que observo a nuestros jóvenes exhibir sus destrezas y habilidades en discotecas, centros de billar o ruedas urbanas, cuando bailan hasta la inanición, fuman hasta convertirse en antorchas humanas, se toman sus cervezas hasta emborracharse, mientras hablan de carros, del último partido de fútbol, de la última novia que dejaron, de las basuras que ven en la tele o bajan de Internet, de las malditas clases, del profesor desquiciado que los lleva reprobados; de la loca música en inglés que presumen tararear sin saber qué están diciendo, y de lo poco que saben de la realidad social que los circunda. Esa es la juventud de hoy: posista y esnobista hasta la coronilla. Expertos en la banalidad, indolentes de profesión. Una generación sin amanecer.
Perdónenme las expresiones. Pero éste es el perfil de un joven nicaragüense común que usted puede encontrarse a diario en centros comerciales, colegios, universidades y discotecas los fines de semana. Aclaro, existen sus excepciones. Conozco a jóvenes exitosos que desfilaron por la pasarela sin caerse. No quiero sonar moralista ni pretender vender santidades. No fui santo ni pretendo serlo. Fui joven, y mi juventud fue una agitada pasarela que casi termina con mi pobre vida. Bebí, fumé, bailé, probé todos los trajes que la locura me diseñó, encarné todos los demonios que se albergaban en mi alma, espié al diablo tras el telón, hasta que encontré la puerta de salida y logré salir ileso. Por eso mi experiencia me indica que la juventud es un amor pasajero pero peligroso. Cuando llega, hay que vivirla con pasión, locura y saberla abandonar a tiempo, como cuando se abandona una mujer prohibida. La juventud es esa pasarela donde desfilamos usted, mis hijos y los suyos. Es un reloj marcando el tiempo al revés. Un tren sin destino. Un escenario sinuoso de luces y sombras que dibuja con arte y glamour nuestros oscuros perfiles. Algunos, los más fuertes, resisten los reflectores de esa pasarela. Pero la mayoría sucumbe. Una reciente encuesta realizada por una empresa de promoción juvenil reveló que siete de cada diez jóvenes nicaragüenses sucumben en el abismo de la ilusión y la incomprensión. No importa su origen social. Pobres y ricos no encuentran la puerta de salida. Como diría Ricardo Arjona, se sufre en ambos lados de las clases sociales. La mayoría se desperdicia en el alcohol, las drogas, la pornografía, el sexo, o pierden su tiempo seleccionando el sabor de los condones, averiguando la moda en las camisas y los últimos peinados. O analizan, para variar, la inmortalidad de los tatuajes o mueren de ganas por colgarse una argolla en sus testículos, oídos o narices, mientras sus destinos están pendiendo de un hilo. Pura pose, pura moda, pura mierda. Otros, los más cuerdos, estudian profesiones sin vocación, asisten a la universidad para matar el tiempo, gastando inútilmente el dinero de sus padres, y apuestan a algún tipo de suerte que les sonría, o, en el mejor de los casos, esperan que sus padres les consigan los empleos, usando influencias y contactos. ¿Y los méritos de ellos dónde se formaron? Pero una vez cerrado el telón, muchos se quedan atrapados para siempre en la pasarela. Pasa el tiempo y los mata.
La juventud no sólo es un divino tesoro, sino un divino problema social que debe tratarse con prioridad de Estado. Tanto para los padres de familia como para el Estado, los jóvenes son tesoros que deben protegerse, porque representan el futuro del país. Conforman un capital humano, intangible, lleno de energía y vigores que debe ser bien administrado. Nunca hipotecado. Por eso, considero que los gobiernos de turno y la mayoría de los empresarios privados tienen una deuda pendiente con los jóvenes nicaragüenses: ayudarles a conseguir un empleo digno para que vivan con dignidad. Pero para eso el Estado debe ayudar a definirles su vocación, a orientarlos sobre la carrera que deben estudiar para ser útiles. Es una obligación social y moral. Convertirlos en productores y generadores de riqueza, sin sacrificar sus talentos ni forzar sus vocaciones. No sólo pueden vivir de cervezas, bacanales e ilusiones perdidas. Parafraseando un eslogan publicitario conocido, la juventud debe sacar ese talento pinolero que lleva dentro, y demostrarlo en el empleo y en la prosperidad de su país.
Si Darío definió con mucho humanismo y nostalgia lo que significaba ser joven, el poeta Carlos Martínez Rivas graficó genialmente la locura y la ansiedad de esa convulsa edad cuando afirmó que “la juventud no tiene dónde reclinar su cabeza. Su pecho es como el mar. Como el mar que no duerme ni de día ni de noche”.
Yo sólo le agregaría al verso de CMR que nuestra juventud es insomne. No duerme ni de día ni de noche en busca de un empleo digno y de un reconocimiento social necesario. Mientras esto no suceda, la juventud no tendrá dónde reclinar su cabeza y seguirá esperando insomne el incierto amanecer.

*Periodista y escritor nicaragüense

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