Opinión

Rumores e ilusiones


El rumor ha comenzado a propalarse: Mauricio Funes se perfila como el candidato presidencial del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) para 2009.
Que el nombre de este incisivo y polémico periodista independiente vuelva a flotar no es nuevo; para las elecciones presidenciales de 2004 un sector del FMLN hizo filtrar su nombre, pero en aquella ocasión terminó por imponerse la candidatura del fallecido dirigente histórico del Partido Comunista de El Salvador y figura emblemática del FMLN, Schafik Handal.
De confirmarse este rumor y de convertirse en un hecho político, el mapa electoral, ya en proceso de articulación, contaría con cierta novedad.
Hay más rumores: el candidato a la Vicepresidencia, si se oficializara lo de Mauricio Funes, sería Óscar Ortiz, actual alcalde de la ciudad de Santa Tecla (una de las más codiciadas sedes municipales del país). Otro rumor: el ala siempre dura del FMLN podría estar pensando en lanzar otra fórmula encabezada por el empresario industrial Arturo Zablah (ex funcionario de gobierno en dos administraciones del partido Alianza Republicana Nacionalista (Arena). Y otro rumor más: una ideal combinación sería Funes-Zablah.
Supóngase que el rumor de la candidatura presidencial de Mauricio Funes se confirma, y también supóngase que el partido Arena no se quedará cruzado de brazos viendo pasar los pajaritos, entonces, ¿cuál podría ser una de las lecturas posibles?
El primero tiene que ver con la nota dura del asunto: todos son cuentos de camino si no se viabiliza la derrota electoral de Arena. La cuestión, no obstante, puede verse de otro modo: además de obtener mayor votación que Arena, el FMLN debe asumir que la batalla es política y no sólo electoral; si se conforma con spot publicitarios y propaganda impresa (por lo demás, incoherente y poco original), pues su actual dirigencia no debería pasársele por mientes una posible ventaja electoral decisiva.
Un segundo aspecto de las tareas que el FMLN deberá acometer es que dado el cuadro patético de postración económica y social (que no quiere decir que no exista un pequeño segmento privilegiado de la sociedad salvadoreña que se encuentra viento en popa en materia de negocios y por supuesto es el receptor principal de los beneficios económicos correspondientes), pues lo que procedería es la constitución de una coalición de gobierno cuyos ejes no pueden dejar de ser la recomposición social y quizá, aunque suene un tanto alarmista, la salvación nacional. Y no hay que asustarse, pero el país se está desdibujando, la vida y la piel de sus habitantes se están haciendo jirones.
El tercer aspecto de estas tareas, de ganar las elecciones de 2009 el FMLN, está relacionado con un tema de suyo peliagudo: ¿hacia dónde debe orientar sus velas esa frágil barcaza? Es decir, debe establecerse un rumbo claro.
Hay quienes, dentro del FMLN, tienen en la punta de la lengua la respuesta: el camino es ir hacia el socialismo, y más de alguno, agregaría, al socialismo del siglo XXI, haciéndose eco de la propuesta que se ensaya en este momento en Venezuela. Pues bien, en este punto es donde aprieta el zapato, porque ni es tan simple eso de enrumbar hacia el socialismo (teniendo de por medio el derrumbe estrepitoso del socialismo de Estado sólo hace unos años) ni asumir, sin más, ese complicado constructo llamado el socialismo del siglo XXI.
Lo cierto es que el sano juicio debe hacer sentir su peso específico. Sí, si ganase el FMLN las elecciones de 2009 y se lograra constituir un gobierno de coalición nacional, El Salvador no puede seguir como hasta ahora, debe cambiar de rumbo, los soportes estructurales deben experimentar modificaciones, por supuesto que sí, y a esto se le llama abrir un período de transición. Pero la transición no es hacia un difuso y esquemático imaginario socialismo, no.
En el actual marco general de paz política que vive El Salvador desde 1992, y que debe ser preservado a toda costa, lo posible, lo viable, lo justo, lo necesario, lo audaz es que esta transición, hacia un nuevo país, pase por la criba de un amplio y profundo proceso de reformas sociales.

En San Salvador