Opinión

Señorito, ¡qué bonito baila usted!


Estuve en Miami durante los primeros días de marzo de 2007. Un viernes por la noche fui a cenar a Casa Larios, un centro de moda localizado en South Miami, que es propiedad de Gloria y Emilio Estefan. La comida estuvo muy buena y el ambiente alegre lo proporcionó el baile. Amenizó una agrupación cubana bien instrumentada con arreglos actuales para el estilo de salsa cubana.
Los temas tocados, en su mayoría, fueron viejos sones pero a diferente tiempo, propio para la salsa casino, que es la manera cubana de bailar el género. Por cierto, el paso básico es siempre el mismo y precisa de un ritmo uniforme para su buen marcaje. La coreografía en parejas de bonitas piruetas, entrelazando manos, brazos con deslizamientos de cuerpos y formando ruedas, es vistosa y armónica, más el lucimiento y creatividad de los pies no existe.
Señorito, ¡qué bonito baila usted!, le dijeron a Joaquín Pardavé en una de esas viejas películas mexicanas cuando movía el esqueleto con una variedad de pasos, inclusive sincopados, que nos dejaban locos, no sólo por lo buenos sino por lo cómico y picaresco de su baile. Seguro, don Susanito (Pardavé) extrañaría mucho los mambos de Pérez Prado en los tiempos actuales.
En ello pensaba cuando mis vecinos de mesa, unos señores bailarines, al verme ansioso por danzar me pidieron hacerlo en grupo, invitación que aproveché. Hice mis pasitos, que fueron suficientes para que luego de dos números me solicitaran compartir. La conversa era sobre el ritmo más importante en la historia musical cubana y surgió la salsa como decisión.
Guardé silencio hasta ser preguntado. Entonces inicié por exponer mi pasión por la música. Hablé de la presencia cubana en la salsa. Dejé claro su origen en Nueva York. Que lo escuchado era un son menos marcado y diferente a lo hecho hace casi cuarenta años, en la Gran Manzana, por Bobby Cruz, Willy Colón, Rubén Blades, Héctor Lavoe, Ismael “Maelo” Rivera y otros grandes.
Comenté de la llegada tardía de Cuba al movimiento. Asenté que también habían oxigenado el género, en declive desde hace décadas, con la manera actual de bailar casino, alargando así la vida del movimiento musical. Invité a ver los programas de televisión y campeonatos mundiales de baile, donde un refinado y hasta acrobático casino llena las pantallas y nos deja admirados.
Par de los nuevos amigos concordaron y otros dos guardaron silencio, mismo que fue interrumpido cuando uno de ellos procuró mi opinión. De inmediato respondí que el gran género cubano, único con alcance universal, es el mambo de Pérez Prado. Recordé que el son, danzón o bolero no pasaron de ser regionales o bien de la América nuestra. Que el resto del mundo no supo de ellos, sino en algunas ocasiones cuando fueron usados como curiosidades exóticas o tropicales.
Terminé por asentar que el mambo y luego el bosanova, heredaron del tango la internacionalidad y que ellos tres, después del vals y el jazz con su descendiente el rock, son los ases mundiales de la música popular. Pronto surgió “Cachao”, el nuevo y supuesto inventor del mambo, a lo que respondí: Sigo esperando escuchar algún mambo de este señor, y añadí: ¿Conocen ustedes uno hecho o tocado por él?... El silencio fue total.
Luego de charlar un poco más, a los nuevos amigos no les quedó más que rectificar. Proclamaron la genialidad del negrito cubano con aspecto de foca y yo me sentí contento por don Susanito, que de seguro está dándole en el cielo.