Opinión

Ningún tropiezo detiene la educación


Ph.D.
IDEUCA

La educación siempre sacude el interés nacional, independientemente que éste se proyecte en artículos académicos-técnicos, en noticias de análisis social por parte de los medios de comunicación o en la prensa jocosa o de humor del país.
Llevamos un período en el que la educación ha ocupado los más diversos escenarios del ámbito público nacional por los que han desfilado todo tipo de actuaciones y de actores en una síntesis apretada, contradictoria, preocupante y desafiante y en último término aleccionadora de la educación del país.
Es tan inmenso y complejo el mundo real de la educación que en él caben y se mueven todos los elementos que la pueden hacer viable o inviable en determinadas circunstancias. En educación tomar alguna decisión para eliminar un elemento perturbador de su esencia y razón de ser originales implica el rompimiento de amarres que la sostienen en su operatividad y la movilización de actores que reclaman derechos adquiridos. No olvidemos que la educación actúa como un sistema en el que el desajuste de una pieza importante afecta de inmediato al resto de todas las piezas. En tal caso una corriente de desequilibrio recorre todo su organismo institucional y humano.
Por otra parte, la educación es por naturaleza un sistema, sobre todo de personas, de relaciones humanas y de mucha carga de inteligencia emocional. Su quehacer es una actividad esencialmente humana inserta por tanto en la sensibilidad y dignidad de todos sus actores. De ahí que las formas, las actitudes, el ambiente, el clima, el contexto, los términos utilizados, las percepciones, aspiraciones y derechos sean elementos insustituibles en la toma de decisiones que en el fondo deben tomarse para la salud plena de la educación de toda la población.
Nada raro que en ese desequilibrio temporal en la institucionalidad de la educación hayan aparecido en primer plano aspectos tan dispares y a la vez tan cercanos entre sí como la autonomía escolar real, el salario real de los maestros, los paros parciales en determinados centros escolares, cierta fuerza del magisterio ausente siempre de unidad, el importante rol de un director, la emergencia de organizaciones de padres de familia y de estudiantes, la necesidad de los consejos escolares, el acierto y desacierto en el manejo de una situación muy conflictiva por parte de las autoridades educativas visibilizadas en el Ministro y en grupos de maestros y maestras, el reclamo de la ciudadanía para que el quehacer educativo no se detenga, la presencia del poder político desde la Comisión de Educación de la Asamblea Nacional, etc.
En fin, que la educación ha evidenciado con fuerza su carácter de prioridad nacional así como una debilidad todavía en proceso de mejoría de su organicidad institucional y humana.
Los medios, extremadamente activos, ágiles, penetrantes, dispares, aunque faltos, en algunas ocasiones, del balance constructivo que les debe caracterizar, de hecho han relevado con creces la importancia clave y prioritaria de la educación y todas sus piezas, técnicas, políticas, humanas e institucionales para la vida del país.
El valor agregado que la educación crea en situaciones de crisis es siempre positivo y esperanzador.
La educación se mueve por todos los resquicios de su naturaleza original, sus fines esenciales, su carácter de ciencia y siempre se convierte en una lección insustituible para sí misma, para quienes estamos insertos en ella, pero, sobre todo, para el país. La educación desde aparentes pérdidas temporales nunca deja de ganar y de acumular experiencias positivas. La educación tiene su propia fuerza y sus propias leyes. Lo importante es sumarse a ellas, incentivarlas al máximo y no interferir en su dinámica, dado que la educación es esencialmente una amplísima actividad humana y un importantísimo bien social.
De una u otra forma, más allá de sinsabores, de sufrimientos, de reclamos, de humillaciones o de descalificaciones que han acompañado al Ministro y a los educadores, estoy seguro de que la educación emergerá más fortalecida institucional y humanamente. Es una lección permanente de la historia. Hagamos pues historia.