Opinión

El efecto Brown-Cameron


No por casualidad coincide en su contenido el filme El Código Da Vinci, basado en la novela de Dan Brown, con el último descubrimiento científico divulgado por el titánico cineasta James Cameron. Algún día la humanidad tendría que asumir estos extremos como propios para alcanzar una verdadera redención.
Muchos datos históricos nos demuestran las mistificaciones o mentiras de los más elementales dogmas eclesiásticos, que tienden poco a poco a consumar su propia autofalsificación. Basta echar un vistazo a los múltiples errores de la Iglesia para darnos cuenta que sus vicios más extremos o típicas imperfecciones han llegado hasta el colmo de un arrepentimiento desgarrado que nunca podría reparar por los siglos de atraso infligidos a la humanidad.
Entendiendo por dogmatismo la ciega persistencia a un determinado credo, con conceptos y fórmulas invariables, sin tomar en cuenta los avances de la práctica y la ciencia, es precisamente esa postura inflexible la que permite una sistemática reincidencia en el error. Aunque dicha noción puede ser característica de diversas disciplinas, es en la religión que encuentra su mejor forma de expresión como sinónimo de todo aquello que se oponga a la ciencia, la evolución o el progreso.
Si todo lo que existe puede verificarse por los métodos del conocimiento científico, ello basta para doblegar cualquier falsa doctrina o torcer el brazo de la fe con todo y sus principales postulados. El Vaticano ha asumido el compromiso de reconocer públicamente, por medio de un compungido perdón a la humanidad, el daño irreversible causado al desarrollo de la ciencia. Pero entre los innumerables yerros del oscurantismo, no hay nada que se pueda perdonar ante la irreversibilidad del tiempo, ya que la única forma aceptable de pagar su deuda sería renunciando abiertamente a sus dogmas, reconocer su falsedad de manera expresa y aniquilar de una vez por todas las estructuras clericales.
Uno de los males más graves de la Iglesia siempre ha estribado en la hipocresía o doble moral de sus autoridades, formulando sus cánones al servicio del poder, con quien siempre se ha confundido para mantener viva su doctrina y organización. Formar parte de las altas esferas aristocráticas y aplastar con sus dádivas y caridades la ingenuidad de las masas es sólo uno de los beneficios de la fe, demostrable por ejemplo, con la “venta de indulgencias”, que enriqueció de manera abrumadora al obispado europeo.
Pero la necesaria manipulación de la fe no ha sido el único medio utilizado por la curia para mantenerse viva en el abrazo con los poderosos. También dejaron impregnadas en los anales de la historia interminables páginas de represión sanguinaria que ocasionaron los más crueles suplicios y genocidas persecuciones, “cacería de brujas”, hogueras dantescas... entre otros castigos inconcebibles para toda mente humana que no fuera la de la “Santa Inquisición”. Todo bajo los auspicios malévolos del pontificado, “cuando la Iglesia era el Estado”, cuya forma de gobierno causaría pavor al más nervudo de los cristianos y que encuentra su álgida fuente en la doctrina de la cruz.
Todas las acciones de terror y equivocaciones emprendidas por la Iglesia en determinadas épocas del cristianismo, aunque provocaron una conmoción y repulsa indescriptible a sus contemporáneos, nada más grave se puede comparar con el daño causado al hombre en la búsqueda de la verdad. Es imperdonable que por salvar una doctrina ficticia alimentada de un “sacerdocio parasitario”, la Iglesia haya condenado a grandes figuras del genio y pensamiento universal, levantando un dique monstruoso al progresivo avance de la ciencia. Ni Kepler, ni Copérnico ni Galileo podrían disculpar la infamia e involución promovida por el Vaticano para mantener vigente su teoría geocentrista y demás afirmaciones peripatéticas defendidas por Ptolomeo, Agustín, Tomás de Aquino, entre otros grandes de la necedad escolástica.
Fue por toda esta serie de contradicciones que nació un movimiento no menos detestable pero necesario en su contexto histórico para destapar toda la sentina que se traía a bordo. La reforma se sustrajo de la obediencia de los papas para devolver al cristianismo su “pureza primitiva”, denunciando los abusos de la Iglesia en materia de poder, deficiencias religiosas y morales, lujos y abundancia de bienes... lo que simplemente se configuró como la más fiel demostración de falsedad eclesiástica que gracias a la generosidad del tiempo y a sus propias acciones, no tardaron en dar a luz los engendros de Calvino, Lutero o Zwiglio. Éstos bien pudieron haber retrocedido plenamente en sus creencias, pero antes que retractarse se encauzaron también dentro de los mismos errores de Roma, al solapar y perseguir sus propias ansias de poder y grandeza, y pariendo otra gusanera sectaria bautizada como protestantismo.
Si hoy el dogmatismo se funda en los mismos errores de otras épocas, no se puede afirmar simplemente que está en crisis, puesto que ha llegado a su fin. Los fundamentos de la fe se han desmoronado a través del tiempo; de manera que no queda más que esperar la caída estrepitosa de los pilares de la Iglesia que siempre ha querido ocultar la verdad. Temas tan conocidos como bochornosos en cuanto a la corrupción clerical, pederastia, celibato, híbridos... están develados a nuestros ojos tanto como la clonación o los preservativos.
El arrepentimiento desesperado y razonable del Vaticano tiene la clara intención de subsanar en algo sus tremendos errores, lo que implica el reconocimiento del daño causado a la humanidad a través de la fe y sus consecuentes guerras santas y cruzadas que todavía persisten, la oposición a la ciencia y sus métodos, y su apología al poder y la desigualdad social. Al admitir que se han equivocado en sus acciones y reconocer lo errático de sus creencias y doctrinas, también han aceptado tácitamente la consistencia del conocimiento científico y sus teorías, lo que concluirá con la autofalsificación expresa de sus propios dogmas al aceptar el evolucionismo científico desde la fundación del mundo y los recientes descubrimientos de la ciencia; confesando al final que la existencia de ultratumba es pura imaginería y recreación artística al estilo de la Divina Comedia. Para nuestra tranquilidad, los trabajos de Dan Brown y James Cameron no pueden expurgarse como lo quisieran aquellos que se sienten aludidos.

Abogado y notario
Autor de Teoría de la Nada
mowhe1ni@yahoo.es