Opinión

Un conflicto ético en la izquierda


Las gestiones políticas emprendidas por este gobierno provocan la dualidad de parecer revolucionarias ante la derecha --y, por lo tanto, “peligrosas”--, y parecer a los sectores populares de un gobierno más de la derecha --y, por ello, neoliberales--, no importa que este gobierno hable en nombre del pueblo, o diga que “el pueblo es presidente” en su propaganda. Pero hay un sector que no parece enterado de que el lenguaje oficial no concuerda con la realidad de sus actuaciones, que no trascienden las tareas propias de un régimen democrático burgués ni cambia esencialmente el usufructo del poder personal y de grupo.
La dualidad y la confusión del gobierno se reflejan más allá de nuestras fronteras, pues el gobierno Ortega-Murillo es celebrado internacionalmente por los amigos como un auténtico gobierno de izquierda, y por sus adversarios como “enemigo” de los Estados Unidos. La reacción de la derecha es normal, pero no el punto de vista de la izquierda internacional, para la cual este gobierno es la continuación del proceso revolucionario y actúa según los principios de la revolución del 79; ésta es una visión parecida --aunque por otras razones-- a la de algunos sectores sandinistas ingenuos de nuestro país.
Tengo la impresión de que los dirigentes de la izquierda latinoamericana, en especial los gobernantes de izquierda, no desconocen la demagogia de la que hacen gala los dirigentes del orteguismo en el FSLN oficial, pero se reservan su opinión por cálculo político. Resulta imposible creer que los máximos dirigentes cubanos, principalmente, no tengan la información correcta sobre las transgresiones de los líderes orteguistas a la ética revolucionaria y sus tendencias hacia la derecha. Y porque no existe una izquierda homogénea, los líderes de este país no pueden carecer de un conocimiento cabal acerca del orteguismo como una izquierda más que dudosa.
De esta situación se deriva una serie de interrogantes. ¿En verdad, los líderes de los gobiernos de la izquierda latinoamericana, en especial de Cuba, ignoran las transgresiones a la ética revolucionaria de parte de los líderes del sandinismo oficial que gobierna en Nicaragua? Mi respuesta es que no lo ignoran, de lo cual resulta otra pregunta, la que haré en concreto, después de la siguiente observación.
Si la revolución cubana ha comprobado ser invulnerable ante los ataques del más poderoso enemigo que un país pequeño haya tenido que enfrentar jamás en la historia por tan largo tiempo; si ha enfrentado un bloqueo único y descomunal en todos los terrenos; si ha debatido entre las dificultades más grandes y las ha logrado soportar --en muchos campos también vencer--, es porque el pueblo cubano se ha inspirado en la conducta ética y la moral revolucionarias de sus principales dirigentes. Ningún país que carezca de esta identificación pueblo-dirigencia sobre la base de la moral revolucionaria sería capaz de resistir incólume durante tantos años. Si éste es el “secreto” de la resistencia exitosa del pueblo cubano ante las agresiones imperialistas, ¿por qué esos dirigentes le otorgan --o aparentan otorgarle-- de forma incondicional el reconocimiento a la dirigencia del orteguismo?
Pienso sobre este asunto, y concluyo en que por algo de interés estatal. En el balance entre la necesidad de fortalecer la solidaridad internacional, principalmente de los países latinoamericanos --y conseguir la unidad con sus gobiernos para el éxito de sus proyectos de desarrollo ante el bloqueo imperialista--, tiene más valor estratégico que la opción de una actitud crítica hacia un aliado por sus transgresiones a la ética revolucionaria. Si esto es así, significaría que consideran más provechosa la alianza con los líderes que con el pueblo nicaragüense. Y eso crea un conflicto ético, porque si son ejemplos de ética y alta moral junto a su pueblo, pero aparentan desinterés por la conducta de los gobernantes del pueblo nicaragüense, ¿en dónde queda el principio de la solidaridad?
El conflicto ético se hace obvio, cuando es más sincera y desinteresada la solidaridad del pueblo nicaragüense con Cuba que la de los líderes del orteguismo. Pero debo reconocer que el pueblo no es el que vota en los organismos internacionales ni tiene poder de decisión en asuntos del Estado. Éste podría ser el quid de la diferencia entre cuidar su propia ética como su mejor garantía para que el pueblo cubano derrote las agresiones, y obviarla cuando se trata del gobierno orteguista.
No es que yo crea que la dirigencia de Cuba está obligada a convertirse en niñera del comportamiento ético de un aliado suyo, pero tampoco me parece bien que se le reconozcan virtudes revolucionarias que no tiene. La contradicción entre la ética y la conveniencia política ahí está, y de la cual han de estar conscientes los dirigentes de la izquierda latinoamericana, quienes algún día la abordarán y quizá la puedan resolver.
También permanece la realidad de una izquierda heterogénea. Entre Cuba, Venezuela y Nicaragua hay una afinidad objetiva y un comportamiento afín ante las políticas imperialistas, porque los tres países --en diferentes formas y épocas-- han sufrido las consecuencias. Su antiimperialismo no es gratuito. Pero eso no borra las diferencias, por lo cual no se pueden homogenizar las conductas de forma arbitraria.
Cuba desarrolla su revolución dentro de un ámbito histórico y sus particularidades irrepetibles: en casi cincuenta años, no ha sufrido ninguna derrota ni ha tenido que retroceder --como no sea en el orden táctico temporal--, sobrevive sus dificultades con dignidad y avanza en terrenos hasta donde ni su poderoso enemigo ha llegado. En Nicaragua, la revolución no pudo desarrollarse, el imperialismo se lo impidió y ayudó a derrotarla en las elecciones. Muy diferente que en Cuba, aquí la mayoría del pueblo perdió la confianza en sus líderes.
Venezuela tiene también sus particularidades. Su revolución política y cívica es posible por el apoyo mayoritario del pueblo, lo que lo ha convertido en vencedor de un golpe de Estado fraguado por Estados Unidos y la derecha local, y de varias elecciones. La revolución bolivariana de Venezuela cuenta con recursos materiales que le impiden ser convertida en objetivo fácil de presiones económicas.
No necesito recordarlo, pero debo tenerlo presente: el Frente Sandinista volvió al gobierno, pero no conduciendo ninguna revolución. El triunfo electoral lo obtuvo con un porcentaje electoral mínimo, logrado más por maña política que por fuerza electoral; y comparte el control del Estado con la derecha liberal. En la Asamblea Nacional, Daniel Ortega necesita de su ayuda para reelegirse, que es su objetivo central, utilizando como rehén al corrupto Arnoldo Alemán.
No hay similitud entre las dos revoluciones más caracterizadas de la izquierda latinoamericana con lo que pasa en Nicaragua, por lo cual la adaptación mecánica del discurso de sus dirigentes que hace Daniel es sólo una imitación calculada. Por ejemplo, en la discusión sobre si petróleo o etanol como el combustible adecuado, las opiniones de Ortega pueden tener alguna razón, pero ninguna originalidad, pues no se ha preocupado por estudiar el problema para ofrecer soluciones a la medida de las necesidades nicaragüenses.
La adhesión de Daniel a todo lo que sale de Cuba y Venezuela tiene un interés personal y ninguna convicción revolucionaria.