Opinión

Si miran sus manos


No sé si alguna vez han visto en una sola imagen lo que quisieran decir con palabras que se vuelven torpes. Son esas cosas que siempre aparecen, por qué será, en los momentos más inoportunos e inesperados. Yo la vi hace tiempo en uno de los semáforos del cine González. Se acercó con las manos ocupadas. Yo no vi lo que traía porque andaba en lo mío, y lo mío era un viejo carro que manejaba y que le tocó sufrir a más de un incauto pasajero amigo que se arriesgaba a que yo le diera raid, sin saber que probablemente en mitad del trayecto tendría que llevar él al carro más que el carro a él. No me arrancaba el bendito, y el semáforo no es rojo perpetuo. Ya estaba sofocado previendo los pitidos y otras cosas que te arrojan personas impacientes desde los buses y los taxis. “Andá y vendé esa chatarra”- ya me lo imaginaba.
La niña no sabía o no le importaba lo que yo dirimía con mi carro. Tenía la piel tan tostada por el sol que al sólo verla, el calor se hacía más fuerte. Desde donde ella estaba, había alcanzado a ver una bolsa con bombones que yo llevaba encima del timón. Entonces puso su manita izquierda levantada en señal de petición, y vino hacia mí con una sonrisa de ojos, sólo de ojos. Y esos ojos me detuvieron por un momento seguir intentando arrancar aquel viejo animal enfermo, con un motor Toyota del 74 que a pesar de sus caprichos, seguía sonando como la seda.
Cuando le puse el bombón en su mano, me preguntó: “¿Y a mi hermanito, no le va a dar? Saqué la cabeza de la ventanilla, y ahí estaba el chavalo, arrugando la vista para mirarme a los ojos, porque detrás tenía el sol y abría los labios en un mueca de sonrisa sin las dos paletas de arriba. Pero la pregunta de ella no era una pregunta, era un reclamo, una orden que yo obedecí y que luego me di cuenta que hubiera sido imposible no obedecer. Esa niña que no levantaba mucho más de metro medio del suelo y que no tendría mucho más de nueve años tenía en su voz el espíritu indómito de una mujer enérgica e imposible de desobedecer, esa voz que sólo las mujeres saben de dónde les viene para mover al mundo y ordenarlo todo, para que a cada uno les llegue su parte.
Una vez obtenido el bombón, ya no pidió más. Antes de darse la vuelta, sólo me dijo: “¿Ya miró la batería?” Y se fue con esa pregunta, que también era una orden, y que me hizo bajarme del carro y abrir el capó. No hace falta que les diga, que en efecto era la batería, un borne siempre flojo y lleno de sarro, al que le hacía falta un poquito de coca cola, como un buen mecánico me enseñó un día. Después la volví a ver varias veces, llevando siempre en volandas al chavalo, su hermanito, advirtiéndole de que no pisara la mediana, diciéndole dónde estaba la vida y dónde la muerte posible. La vida, sencillamente, para el niño de la sonrisa sin dientes estaba en la mano de ella, porque nunca más que yo pasara le volví a ver sin estar asido a su mano.
Hablo con los amigos, con las amigas, antiguos compañeros, familia, y en todos hay una sensación de incertidumbre, de desprotección, de inseguridad. En el fondo, el ambiente da un poco de miedo que antes dio paso a una cierta ilusión mezclada con desconfianza. Algunos mensajes del nuevo gobierno y de la Asamblea no llegan a estar claros. La sospecha perenne de aquella foto y la sonrisa y la pose de los dos del pacto aún permanecen en la conciencia de mucha gente. ¿Hasta qué punto, todo esto no se trata de una trama bien urdida? ¿Dónde queda la línea de las buenas intenciones? Si el gobierno no es más claro, si no se resiste a tomar decisiones con tanta sombra de dudas, hará que la gente que más cree se vuelva sobre sí misma y le retire lo más precioso, la confianza de pensar en que se va a proteger a los que están más golpeados. Y entonces Nicaragua se convierte en un pueblo solitario.
No es nada nuevo, en Nicaragua no existe un sistema de protección social para los que más lo necesitan, y tampoco existe la sensación de que pueda haberlo. De todos los años de la revolución y la guerra, la gente tuvo que volver a cuidarse sobre sí misma porque le habían dejado sola mientras ella ponía el precio de la sangre. Las madres tuvieron que enviar a sus hijos a escondidas al extranjero para huir de un precio que ya no se podía seguir pagando. De los años de doña Violeta, de Alemán y de Bolaños no ha habido soledad más larga ni tristeza más grande como la de ver a los muertos de hambre, las ratas entrar en las casas y cosechas del río Coco y los hombres y mujeres ancianos del Nemagón caminando kilómetros de asfalto para dormir durante meses en la tierra dura que hay frente a la Asamblea. Estos últimos años, las madres también han tenido que enviar a sus hijos a la emigración del hambre, cuando no son ellas mismas las que han tenido que irse. Y así estamos: un éxodo de nicaragüenses cada vez más grandes, porque en esta querida tierra, cada día que nace se afronta con más soledad.
Algunos gestos en salud y educación por el bien de la gratuidad auguran una mejora de las condiciones, pero si eso se queda sólo ahí, no se hace nada, porque de alguna manera se tiene que garantizar que sean sostenibles los dos servicios y los dos derechos. Hay pasos para un lado y para otro, que no llegan a comprenderse, y si entre la gente y el gobierno no hay comprensión, la soledad la sufren los de siempre, una soledad que no se tapa con discurso ni con fotos elocuentes.
Esta manera de cuidarse fuera de todo cuidado, en medio del riesgo, frente a la quiebra de un derecho fundamental de educación, seguridad, salud, sólo está en la mano de esa niña, tan frágil y a la vez tan firme, que sólo ella sabe en qué línea está la muerte y la vida. Uno quisiera esperar, pero donde ha visto la verdadera resistencia, el verdadero cuidado no es en la política salida de las secretarías de los partidos ni en la revuelta en la Asamblea, sino en las manos de un pueblo pequeño y grande que cuida, que se ve obligado a cuidar de sí mismo cada vez más, cada vez como siempre venciendo el miedo. Si miran sus manos, las de la niña que habrá salvado mil veces la vida de su hermano, verán que sobran estas palabras torpes para decir lo que quiero decir.
franciscosancho@hotmail.com