Opinión

¿Las matan por celos?


Si el 80 por ciento de las víctimas de violencia familiar fueran hombres y no mujeres, como reporta el Instituto de Medicina Legal, de seguro se armaría tremendo escándalo en nuestro país. Pero como ocurre al revés, como son mujeres y niños quienes llenan la lista de golpeados, maltratados, torturados y asesinados cotidianamente en los hogares, entonces reaccionamos lacónicamente, sin detenernos mucho a reflexionar en este tipo de noticias que resultan demasiado rutinarias para provocar una condena apasionada.
Está claro que para la psiquis colectiva, tan influida por la lógica del poder, la vida de los hombres tiene mayor valor que la de las mujeres y los niños, tal como ocurre, por ejemplo, con la vida de las poblaciones blancas y occidentales, frente a la de las negras y orientales.
Pero vale la pena preguntarnos ¿cómo se sentiría un hombre si unos instantes antes de ser asesinado por su pareja contemplara impotente la angustia de sus hijos que presencian la escena? ¿O si debiera disimular con maquillaje los golpes que le propinó su esposa antes de irse a trabajar? ¿Qué diría la opinión pública si en vez de dos mujeres hubiesen sido dos hombres los asesinados por sus cónyuges durante la Semana Santa?
La sola posibilidad de responder estas preguntas asombra o escandaliza porque estaríamos sugiriendo alterar el sagrado orden patriarcal que establece la dominación de los poderosos sobre los débiles y brinda legitimidad a la utilización de cualquier recurso que preserve dicho orden, incluido por supuesto el de la violencia.
A ello contribuye también la forma en que los medios de comunicación nos relatan los hechos intrafamiliares sangrientos, sugiriendo que las mujeres son de alguna forma culpables por el maltrato que sufren o los crímenes que se cometen contra ellas. Por ejemplo, cuando las noticias insisten en justificar las peores barbaridades con el banal argumento de los celos, confirman las extendidas creencias de que la infidelidad de una mujer es motivo suficiente para acuchillarla, balearla o machetearla, los métodos más comunes utilizados en este tipo de asesinatos.
Bajo esta lógica de poder, queda claro que la promiscuidad sexual masculina es tan estimulada como condenada la femenina. Vemos de lo más natural calificar a los hombres que tienen varias parejas con los simpáticos apelativos de conquistadores, “donjuanes”, pícaros, seductores y otros similares, mientras condenamos categóricamente a las mujeres con calificativos como zorras, playos, prostitutas y al menos otra veintena por el estilo.
Durante la Semana Santa, dos mujeres fueron asesinadas por sus compañeros a cuchilladas y balazos, pero la noticia seguramente no tendrá repercusiones. Ni siquiera recordaremos sus nombres y edades si acaso nos percatamos de que se llamaban Sandra Martínez y Ana Valeria Palma, tenían 27 y 24 años respectivamente, y ambas dejan varios hijos horrorizados, traumatizados y huérfanos.
La noticia publicada en EL NUEVO DIARIO este lunes explicó que una de ellas tenía planes de separarse, y que esa decisión “llevó a su pareja a asesinarla de una puñalada en el cuello”. Es decir, cualquier mujer que decida separarse de su pareja debe atenerse a la posibilidad de recibir semejante trato, como si fuese de lo más normal esta reacción. Luego el periódico agregó, citando palabras de un hermano del victimario, que “Carlos enloqueció de celos” porque otro hombre frecuentaba a Sandra.
Esta manera de abordar las cosas sugiere que son las mujeres quienes por infieles y promiscuas reciben su merecido. Imaginemos la mortandad masculina que se produciría si a las mujeres nos diera por matar a los hombres bajo la misma mentalidad. De seguro los periodistas no pretenden conducirnos a semejante conclusión, pero lamentablemente lo hacen al dejarse llevar por lugares comunes y un tratamiento superficial de estos hechos, que afirma los estereotipos dominantes.
Lo cierto es que ningún hombre mata a una mujer por celos o despecho, sino por una serie de aspectos de género entre los cuales destacan dos fundamentales: en primer lugar la extendida creencia de que la masculinidad se prueba a través de la violencia y en segundo, la represión emocional característica de la crianza patriarcal, que convierte a muchos hombres en verdaderas bombas de tiempo que al explotar dirigen toda su furia contra las personas más débiles o frágiles, es decir la mujer o los hijos en evidente abuso de su situación de poder.
Un poderoso detonante de este tipo de violencia son las concepciones que satanizan la sexualidad femenina y culpan incluso a las niñas de provocar a sus agresores sexuales. La mujer poseedora de un cuerpo o sexualidad “tentadora” es culpable en principio de cualquier cosa que le ocurra. En otras palabras, el hecho de tener cuerpo de mujer está asociado a la maldad y al pecado, creencia fuertemente afirmada por las creencias religiosas tradicionales y que subyace en la mentalidad de esos jueces y juezas que absuelven prestamente a los agresores.
Por favor, dejemos de afirmar que a las mujeres se les mata “por celos”, porque estamos diciendo que se merecían estar muertas. Nicaragua tiene una tasa de violencia intrafamiliar altísima: 244 víctimas por cada cien mil habitantes, mayor incluso que la de Colombia, según informa el Instituto de Medicina Legal, que son golpeadas o asesinadas simple y llanamente por el imperio cultural del machismo, este conjunto de creencias trogloditas que también oprimen y destruyen a los propios hombres.
Evitemos que estas barbaridades sigan ocurriendo trabajando con ahínco por una educación y una labor mediática diferente, que integre masivamente los valores de género y apunte a la construcción de un nuevo tipo de masculinidad, disociada de la violencia.
Por supuesto que los feminicidios deben sancionarse y prevenirse a través de buenas leyes, para lo cual urge aprobar un nuevo código que sancione la violencia intrafamiliar, como lo han demandado las magistradas de la Corte Suprema. Pero más urgente aún es emprender una verdadera campaña cultural para transformar el ideario machista, retrógrado y autoritario que sigue convirtiendo el espacio familiar en el escenario de una guerra atroz contra los más débiles.