Opinión

Nicaragua en la Casa de América


Había expectación. Las mesas del gran salón de la Casa de América estaban todas ocupadas para el desayuno-coloquio con el ministro de Asuntos Exteriores de Nicaragua, Samuel Santos López. Estaba presente una nutrida representación del Ministerio de Asuntos Exteriores español. Había miembros de embajadas europeas y latinoamericanas, periodistas, empresarios, académicos y directivos de ONG.
Tras la brevísima intervención inicial del ministro, la mesa se llenó de tarjetas con las preguntas de los asistentes: ¿Cómo eran las relaciones con Chávez? ¿Cómo compatibilizar esa relación con Estados Unidos? ¿Qué es el ALBA? ¿Cuál es la postura del Gobierno Ortega ante el proceso de integración centroamericano? ¿Cuáles son las relaciones con la UE? ¿Y con Unión Fenosa? ¿Por qué los sandinistas han cambiado de postura en el tema del aborto? ¿Qué cree que puede hacer la cooperación española? Y muchas más. Prácticamente todos los invitados tenían cosas que preguntarle al ministro, aunque no todas se leyeran porque muchas estaban repetidas.
Pero Samuel Santos no precisó. Se limitó a decir que Nicaragua quería mantener buenas relaciones con todos los países del mundo; habló a favor de la integración, pero no dijo cómo se iba a hacer; repitió varias veces la necesidad de transformar las condiciones de vida y luchar contra el analfabetismo y la pobreza; reiteró la amistad de Nicaragua con el pueblo norteamericano y reconoció la importante ayuda energética del Gobierno venezolano; dijo que las conversaciones con la Unión Europea han avanzado y se va a crear un fondo común para dotar de infraestructuras a Centroamérica, y afirmó que su Gobierno se había comprometido con el FMI para mantener la estabilidad macroeconómica.
Ante un auditorio mayoritariamente favorable y deseoso de que el nuevo Gobierno nicaragüense tenga éxito, la intervención del ministro de Asuntos Exteriores decepcionó por sus vaguedades y por sus escuetas respuestas. Nicaragua tiene hoy muchos problemas, necesita apoyos de la comunidad internacional y tiene que explicar claramente su política nacional e internacional. No puede, por tanto, arroparse en el manto de la lucha contra la desigualdad y la pobreza, sin explicar qué políticas se van a poner en marcha. Ni se puede hablar de la situación de la mujer y de la postura sobre el aborto diciendo sólo que la prioridad del Gobierno es proteger la salud. Y tampoco se puede obviar hoy que los caminos del ALBA y del Cafta son distintos.
Nicaragua debe pensar en sí misma, centrarse en resolver sus muchos problemas y tratar de huir de las confrontaciones geopolíticas que hay hoy en América Latina y en eso el canciller tiene razón: no debe entrar en la pugna entre Chávez y Bush, aunque esto se contradiga con la postura de Ortega, priorizando al presidente venezolano en su toma de posesión, ante las delegaciones extranjeras.
La opinión pública española fue muy solidaria con la Revolución Sandinista. Ahora, la verdad, hay más escepticismo en nuestra sociedad, aunque siga apoyando. ¡Ojalá! le vaya bien a Ortega, comentaba uno de los asistentes a la salida del desayuno con el ministro y ese es también el deseo del Gobierno español o, al menos, eso es lo que escuché en mi mesa a un representante del Ministerio de Asuntos Exteriores español, durante la intervención del canciller.

* Universidad de Alcalá