Opinión

El suplicio del agua


¡No se trata de que en Juigalpa estemos anegados de agua! ¡Tampoco piensen que por la calles el agua corre a borbollones! ¡Todo lo contrario! Lo que la ciudadanía padece hasta el suplicio es de una sed crónica. El agua llega por cuentagotas cada diez días a las zonas favorecidas. Existen barrios en que el líquido nunca llega y sufren desde hace varios años la carencia de agua. Un problema crónico que todo alcalde que se postula para el cargo, el primer compromiso que adquiere con los votantes es resolvérlo para siempre. Tontos quienes les han puesto oídos. Se trata de un problema estructural cuya solución se avizora, según los expertos, hasta para dentro de dos años como mínimo. ¡Vaya usted a creerles! Está en su derecho. Aunque les digo, no se hagan ilusiones. Para que acabe el desmadre hace falta que todos sumemos afanes y esfuerzos y que las autoridades de Enacal sean más receptivas a las propuestas que le formula la ciudadanía. Este verano la debacle pudo evitarse. Sin embargo, los personeros de Enacal, sordos hasta la temeridad, fueron incapaces de escuchar la formulación que les hizo el Ing. Víctor Manuel Báez Suárez.
Con suficiente antelación, viendo que el problema se agudizaba y venía encima, el Ing. Báez sugirió construir muros de contención el río Cuisalá, en el paso de Las Limas, para retener el agua y poder disponer de ella durante el presente verano. Predicó en el desierto. Nadie puso oídos a su propuesta y ahora la escasez llegó más temprano que nunca. Los padecimientos se han agravado en extremo. Los expertos de Enacal dieron una respuesta contundente: no se requería de construir diques puesto que el invierno iba a ser extremadamente bueno. Díganme ustedes, con los daños inflingidos a la naturaleza, ¿quién es capaz en este país de hacer pronósticos certeros? Después de los fríos inesperados de febrero los especialistas de Ineter nos anunciaron como los oráculos de Delfos que nos preparáramos para hacer frente a una ola de calor que nos achicharraría. Temperaturas oscilantes entre los 38 y 39 grados centígrados ponían en peligro la vida de los hipertensos. El anuncio apareció en los periódicos como una prevención que todos estábamos llamados a agradecer. Su intención era sana. ¡Dios nos agarrara persignados!
Como viene ocurriendo desde hace años, en que los trastornos y maltrato a los que ha estado sometida la naturaleza, las predicciones no se cumplieron. En Juigalpa ha llovido durante tres días consecutivos (1 al 3 de abril) bajo la mirada estupefacta de los chontaleños. Nadie lo esperaba. Las lluvias llegaron contra pronóstico, aunque es posible que a última hora salga algún experto y venga a decirnos que eran previsibles y que esperemos más. Para suerte, los chontaleños, cada día más incrédulos, estas afirmaciones las leen de manera inversa a como son formuladas. El descrédito de los pronosticadores del tiempo es enorme. Nadie da pábulo a sus acertijos. Cuando anuncian lluvia, los campesinos, esos taimados inteligentes, sonriendo a pulmón abierto alcanzan a decirnos: “No se preocupe, ¡prepárese para lo contrario!”
Los principales responsables de la tragedia en esta región son los finqueros. La depredación de los bosques es inclemente. Los árboles son talados a diestra y siniestra y poco les importa las advertencias y las adversidades que enfrentan. Ecólogos y ambientalistas no se cansan de señalarles que mientras continúen derribando los pocos árboles que aún quedan en pie, la tragedia será mayor. Los ríos se secarán para siempre y los ojos de agua desaparecerán. La falta de agua será mayor y los saldos rojos continuarán creciendo a un ritmo vertiginoso, en donde las probabilidades de revertir la tragedia será nula. Esta modalidad de seguir tumbando la montaña y de continuar avanzando hacia la Costa Caribe ha sido denominada como “chontaleñización”. ¡Así es como se llama, verdad Jaime Incer!
¡A grandes males pequeños remedios! Nadie hace caso y la intervención de las autoridades no aparece o llega tarde, si es que llega. Todos resentimos la carencia de agua, pero la tala del bosque continúa inclemente. Las instituciones bancarias que antes otorgaban préstamos, a manera de premio, para que los finqueros derribaran sin atenuantes cuanto árbol quedaba en pie, han revertido sus políticas. Ahora sus apremios son otros. Se conceden créditos a todos los finqueros para que planten árboles en sus propiedades. Una manera de hacer frente a la tragedia. Esperamos que el remedio no llegue tarde y se aplique con el mismo entusiasmo con que se continúa deforestando la Región Central de Nicaragua y el país entero. Ni las reservas forestales están siendo respetadas. El escándalo mediático cuando se supo que los madereros hacían caso omiso y tumbaban árboles enclenques, se creyó que pondría freno a tanto desparpajo. Las cosas han transitado por otro camino y en verdad nadie sabe a qué atenerse.
Los argumentos de un campesinado empobrecido, que clama como única salida a su condición menesterosa convertir en leña cuanto pueda, encierra un poco de verdad. La cuestión de fondo únicamente puede enfrentarse a través de una política sostenida que contribuya a sacarlo de la mendicidad. El desarrollo sostenible, ese pregón que con justa razón entonan algunos letrados, es casi imposible de traducirse en una práctica común y corriente, mientras la pobreza en el campo continúe agudizándose y algunos campesinos hayan convertido en una manera de hacer frente a la vida, despalando la tierra que se les entrega, para luego venderla a precios ridículos a los grandes propietarios, que continúan engordando su peculio sin importarles la gravedad de la situación.
Los diversos cónclaves realizados por el Gobierno Central, las municipalidades y los ONG orientados a concertar esfuerzos para poner fin al conflicto, no han tenido el impacto esperado. La responsabilidad de la ciudadanía debe acrecentarse. No sólo pedir soluciones. También sumarse a ellas. La concertación de esfuerzos se convierte en un imperativo. Para nadie resultó grato saber que el agua que pretende traerse del lago Cocibolca llegará a Juigalpa hasta dentro de dos años. Parafraseando a Keynes, debo decir mañana todos estaremos muertos. El plazo establecido es muy largo. Si se trata de una prioridad, el problema debe tratarse como tal. Como marchan las cosas, no vaya a ser que mañana, con todas las advertencias que los técnicos y medios vienen haciendo, sobre la contaminación galopante del Gran Lago, no vaya a ocurrir que para entonces el agua que creíamos tener a nuestra disposición resulte absolutamente intragable, infectada, imposible para el consumo humano.
Resulta frustrante y contraproducente que algunas de las iniciativas impulsadas con la firme intención de sumar voluntades con la finalidad de obtener resultados al corto plazo, no hayan prosperado. Todavía la politiquería provinciana mantiene envenenado el ánimo de ciertas autoridades. Su inasistencia a estos cónclaves obedece a que si ellos no son los que invitaron, quienes llevan la delantera no tienen por qué asistir a estos eventos, aunque exista la voluntad compartida acerca de la urgente necesidad de poner fin a la desdicha que consume a la ciudad de Juigalpa, que cada día languidece de sed y ve postergado su sueño de convertirse en un atractivo polo turístico. Gramsciano al fin, soy de los que comulgo con el principio de que el gran logro de cualquier institución reside en atraer hacia sus posiciones a aquellos sectores que le son adversos. La situación que vive Juigalpa ante el padecimiento del agua opera a la inversa. No existe ningún organismo, ni público ni privado, que no esté a favor de una pronta solución para el problema del agua. Al final resultan unos vergonzantes. Muy pocos son los que se animan a sumar esfuerzos en una misma dirección si no son ellos quienes lideran el proyecto. ¡Vaya manera de entender la política!
Los dos meses que se avecinan son los más críticos. La falta de agua se agudizará. Esta situación plantea a las autoridades edilicias y del Gobierno Central hacer respetar los acuerdos alcanzados acerca del precio a que debe venderse al barril de agua por parte de los transportistas. Los lamentos no los escucha sólo quien no quiera oírlos. Las quejas se multiplican al infinito. Los precios están siendo alterados. Hay que evitar el agiotismo. La mayoría de la población juigalpina pobre no puede encarar con solvencia estos incrementos que podrían evitarse con la intervención decidida y oportuna de las autoridades locales. El martirio se agranda. El suplicio crece. Lo que se desborda por las cunetas es el agua putrefacta que pone en peligro la salud de los habitantes de esta ciudad, que merece un mejor destino al que le han deparado quienes hasta ahora han estado al frente de los cargos públicos. Tampoco podemos obviar la responsabilidad que tiene cada finquero chontaleño, ante la depredación y desertización inmisericorde a que han sometido los bosques, a sabiendas de lo que se nos venía encima. ¡Hay que parar la catástrofe! ¡En nuestras manos está! La protesta y la rebeldía es el único atajo que queda ante la insolvencia e ineficacia de los servidores públicos.