Opinión

El adiós de los banqueros


El fin de año de 2006 trajo para El Salvador una noticia contundente y sorpresiva: los dos grandes bancos «orgullosamente salvadoreños» fueron vendidos totalmente a entidades financieras internacionales.
No deberíamos extrañarnos de una transacción comercial de este tipo, natural, por lo demás, en las economías de mercado, si no fuera por la magnitud de la operación y la relevancia de los actores en la vida económica del país.
Hace un par de años, la empresa financiera internacional Sctotiabank adquirió el Banco de Comercio y hace como un año la también empresa financiera internacional Banistmo compró el Banco Salvadoreño. Hasta aquí, digamos, se podía considerar que la tan aclamada apertura externa de El Salvador estaba obteniendo sus frutos.
Pero al cierre de 2006 se confirmó públicamente la compra del Banco Cuscatlán (o Grupo Cuscatlán) por parte de Citgroup y la adquisición del Banco Agrícola por Bancolombia. Lo interesante de esto es que el Banco Cuscatlán y el Banco Agrícola juntos concentran aproximadamente el 65 por ciento del ahorro nacional. Si se consideran las dos compras bancarias anteriores, pues esto quiere decir que ahora el capital extranjero domina el 95 por ciento del ahorro nacional.
Para un pequeño trozo territorial como el salvadoreño este dato no debería pasar por alto, y mucho menos verse a la ligera.
Todo esto tiene que ver, indubitablemente, con la dimensión económica, pero también hay que resaltar el impacto político de la cuestión, que no es obvio sino derivado.
Hay que comenzar preguntándose ¿por qué los banqueros salvadoreños decidieron vender la totalidad de sus acciones al capital extranjero? Si tan reciente como 1990, cuando se produjo la reprivatización bancaria, dichos banqueros se abalanzaron para hacerse con su tajada en el mercado financiero salvadoreño.
¿Qué ha pasado? ¿Será que la rentabilidad llegó a su fin en este nicho económico? ¿O los ex banqueros están migrando hacia otras áreas más atractivas? ¿Pero cuáles y cómo?
Las respuestas que pueden darse, aunque tentativas, al menos permiten contribuir a una interpretación general de este asunto.
Lo común en el mundo de los negocios es que los empresarios quieran controlar en su mayoría el capital accionario de sus fábricas, de sus almacenes o de sus bancos. Cambian de opinión cuando la rentabilidad general asume una tendencia persistente a la baja.
¿Es que el negocio bancario ya no es tal en El Salvador? No parece haber evidencias empíricas de esto. La mora bancaria no es muy alta (no anda arriba del 15 por ciento de los activos financieros) ni hay una disminución alarmante de los depósitos (tanto en cuentas de ahorro como en cuentas corrientes y en depósitos a plazo fijo, indicadores bastante confiables de la estabilidad bancaria). No, el negocio sigue. Y boyante, podría decirse, mientras haya a quién prestarle dinero... Basta contabilizar los portadores de tarjetas de crédito.
Lo que pareciera que sucedió es que los banqueros salvadoreños (especie económica hoy extinguida) no pudieron establecer una adecuada relación entre las súper ganancias financieras, la asignación crediticia (propia y ajena) y la diversificación económica: ¡se estaban mordiendo la cola! Mejor hicieron mutis.
Es, por ahora, difícil establecer qué destino tendrán los dineros obtenidos con la jugosa venta de las acciones bancarias. ¿Seguirán invirtiendo en esta economía desbarajustada, atesorarán como avaros medievales o dilapidarán esos papeles verdes?
Hasta aquí, algo de la dimensión económica.
No es que haya una conexión sin mediaciones entre política y economía, pero en el caso salvadoreño es claro desde 1989, con la recuperación del poder político por parte de la derecha salvadoreña, que el partido Alianza Republicana Nacionalista (Arena) enarbola sobre todo los intereses más sentidos del gran empresariado salvadoreño, y donde los banqueros han tenido un peso específico.
Quien maneja el volumen total de dinero que circula en una economía, que además está dolarizada y por lo tanto con un Estado, de facto, sin política monetaria, puede influir en las más significativas decisiones políticas. ¿Y ahora qué pasará? Porque nadie puede decir que la plaza financiera salvadoreña sea tan importante como para atraer la atención de los nuevos accionistas propietarios de los bancos recién comprados.
Pueden suceder muchas cosas. Una es que la nueva actividad bancaria adquiera una dinámica sin los ruidos que los antiguos propietarios introducían. Otra es que las urgencias de una asignación crediticia más flexible no se concreten y el Gobierno salvadoreño se vea en un callejón sin salida.
En todo caso, el camino siempre será escabroso y empinado.

En San Salvador,
a enero 8 de 2007