Opinión

Pilatos y las “lavadas de manos”

“Lavarse las manos”, el simple gesto con el que Pilatos (Procurador de Roma en Judea, años 26 – 36 de nuestra era), para evitar la sedición de los judíos, ante el convencimiento de que aquel hombre que tenía enfrente para ser juzgado no era culpable de nada, decidió entregar a Jesús a los fariseos, quiso lavarse de la culpa, o “hacerse el sueco”. No fue capaz de enfrentar con firmeza lo que creyó justo o correcto, prefirió ceder ante las circunstancias y se limpió con el agua las manos, pero no la conciencia ni las consecuencias del acto.

“No he hallado en este hombre ningún motivo de culpa”

Sin embargo: me lavo las manos.

Hay gestos que se hacen símbolos imperecederos o nombres que adquieren significado a partir de personas de tiempos pasados, surgidas de la historia, del mito, la leyenda o simplemente la anécdota, que a fin de cuentas no dejan de ser lo mismo, ¿qué importa? Uno de ellos es “lavarse las manos”, el simple gesto con el que Pilatos (Procurador de Roma en Judea, años 26 – 36 de nuestra era), para evitar la sedición de los judíos, ante el convencimiento de que aquel hombre que tenía enfrente para ser juzgado no era culpable de nada, decidió entregar a Jesús a los fariseos, quiso lavarse de la culpa, o “hacerse el sueco”. No fue capaz de enfrentar con firmeza lo que creyó justo o correcto, prefirió ceder ante las circunstancias y se limpió con el agua las manos, pero no la conciencia ni las consecuencias del acto.
Del Evangelio según Lucas (27, vs. 24) recogemos: “Al darse cuenta Pilatos de que no conseguía nada, sino que más bien aumentaba el alboroto, pidió agua y se lavó las manos delante del pueblo. Y les dijo: Ustedes responderán por su sangre, yo no tengo la culpa”. Marcos (15, vs. 14) cuenta la duda del procurador romano: “Pilatos les preguntó: ¿Pero qué mal ha hecho?”. Lucas (23, vs. 4) narra así lo ocurrido: “Pilatos se dirigió a los jefes de los sacerdotes y a la multitud. Les dijo: Yo no encuentro delito alguno en este hombre”. Y Juan (18, vs. 38), el cuarto evangelista, presenta finalmente la pregunta cuya respuesta aún no está definitivamente contestada y se responde o evade en todas las formas posibles, según la conveniencia: “¿Y qué es la verdad?”… bajo nuestras máscaras, ¿dónde está la verdad? O como escribió mucho tiempo después en la comedia Moliére (Francia, 1622-1673): “Os deslumbra un falso brillo”, o “se confunde la apariencia con la verdad”.
Hay aquí dos asuntos: Pilatos, el hombre, funcionario romano, y el gesto de “lavarse las manos”, ambos, aunque se han hecho inseparablemente uno, son dos.
La historiadora y crítica literaria Anne Bernet (París, 1962), en su novela “Las memorias de Poncio Pilatos” (2002), presenta desde la ficción el testimonio de aquel procurador de Judea que el Nuevo Testamento apenas menciona alrededor de los hechos de la pasión de Cristo y la historia limitadamente recoge. Escuchemos hablar entonces a aquel a quien la escritora ha dado la oportunidad de hacerlo: “¿Es posible, Señor, que Tú hayas necesitado mi debilidad más que mi fuerza, mi cobardía más que mi coraje? El mundo recordará sin duda que no supe defenderte hasta el final, aunque reconocí tu inocencia y tu majestad. Y el mundo me condenará. Pero Tú, Señor, Tú eres más grande que el mundo. Sí, es cierto, te abandoné. Porque necesitabas que te abandonara. Porque tu fuerza necesitaba mi flaqueza. Señor, si te hubiera salvado, seguiríamos perdidos…”
No fue ajeno Pilatos a las mieles e intrigas del poder romano, a las guerras y conspiraciones, era parte inseparable de un poder imperial que se extendía a los confines de Egipto y Siria, donde Judea no era más que una modesta provincia rebelde que había que aplacar y someter. Usó la fuerza y aplastó rebeliones. Vio morir en la tragedia a sus hijos y se quedó solo. No hay peor castigo para un padre que la soledad viendo pasar frente a sus ojos los ataúdes fúnebres de su descendencia. Estaba condenado ahora a vivir consigo mismo, sin poder olvidar. Aquella pregunta le resonaba en sus oídos “¿Y qué es la verdad?” Y aquel Jesús no le respondió, no tuvo tiempo o no quiso, lo dejó con la duda que le sigue retumbando en la cabeza y en cada una de sus desgracias personales le vuelve a llegar. Sigue sintiéndose incapaz de entender lo que pasó aquel día: “Permití que condenaran a un inocente”, incurrió en un crimen judicial; su mujer, Prócula (la supuesta Santa canonizada por la Iglesia Ortodoxa), se lo pidió: “No actúes contra ese justo”.
Dicen que soportó su vida hasta pasados los setenta años, murió de pena, o enfermedad, sin ningún deseo más de aguantar la vida; otros afirman que murió en otras circunstancias, suicidado o se convirtió a aquella secta cristiana viendo en sueños el rostro del Galileo a quien entregó en las manos de los que lo crucificaron y una de esas noches de intimidad con lo que quedaba de él, regresó a contestarle la pregunta hecha y que frente aquella multitud no respondió. Entonces, todo se ha desvanecido ya.
Pilatos que responda por sus manos lavadas.
No se necesita llamarse Pilatos para “lavarse las manos”, aquel hombre ha dejado de ser: “No existía. Existí. Ya no existo. ¿Qué me importa?”, pero su gesto es frecuentemente imitado por quienes prefieren ceder ante los principios o la ley, ante el ser humano y la dignidad, cuando firman, hacen, venden, compran, reciben, ordenan, obedecen, callan o redoblan a pesar de ser “conscientes” que traicionan. Ya no se necesita una pana con agua para enjuagarse ni un paño para secarse, simplemente el gesto ha perdido esa ceremoniosa presentación y se convierte únicamente en una ventana que se abre para pretender inútilmente airear la conciencia o su pena que se ahoga, se duerme o simplemente se vuelve indiferente, acomodada…
Se lava las manos el funcionario que evade sus responsabilidades de servicio público, el político que no cumple las promesas de campaña, el ciudadano que rehuye al compromiso cívico, el empresario que evade su función social y sólo se acuerda de sus beneficios, el padre que desconoce las obligaciones con el hijo, el hijo que abandona a su suerte a los padres viejos, pobres y enfermos. Se lavan las manos ante manifestaciones de desigualdad, injusticia, autoritarismo, corrupción, demagogia, corrupción, ignorancia, calumnia…
Hay quienes creen devotamente en Jesús, el Salvador, otros ponen su fe en la autoridad de Pilatos, y los hay quienes depositan toda su complacencia en “lavarse las manos” cumplidamente cada día. Unos se sacuden las manos, otros se las secan posteriormente, hay quienes las esconden recién mojadas después de la lavada hecha.
Un hombre, llamado Jesús, está ante la multitud, y otro, cuyo nombre ya no es Pilatos, decide evadir el bulto y se lava las manos…
El hombre llamado Pilatos ya no existe, ahora su nombre tiene una multitud de nombres, hombres y mujeres, empequeñecidos… que condenan a otros y otras… simplemente por no hacer nada… dejar pasar… dejar hacer…
Y nuestro crucificado contemporáneo dice: “Señor, perdónalos aunque sepan lo que hacen”.

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