Opinión

La reconciliación, la tolerancia y la paz


En estos días de Semana Santa, nada mejor que reflexionar sobre dos conceptos no sólo importantes para nuestra convivencia democrática, sino también trascendentes para nuestro actuar en sociedad, si es que realmente estamos impregnados de los valores del cristianismo. Además, son dos conceptos que van de la mano, estrechamente relacionados, hasta el punto que sin el previo ejercicio de la tolerancia es difícil pensar en una auténtica reconciliación social.
Si algunas de las características predominantes en nuestra época parecen ser las de las tensiones y conflictos, conviene iluminar nuestra reflexión con algunos principios que forman parte de la misión histórica y milenaria del cristianismo y de la Iglesia, a propósito de la reconciliación.
En una de sus epístolas a los Corintios, el Apóstol Pablo escribió, al referirse a la misión del anuncio de la “buena noticia” (el Evangelio y la reconciliación de Dios con la humanidad, gracias a la muerte y resurrección de El Salvador): “Todo esto viene de Dios, que por Cristo nos ha reconciliado consigo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación”. “La reconciliación es, pues, afirma un documento eclesiástico, parte esencial y constitutiva del ministerio cristiano, del que la Iglesia es guardiana y mediadora en la historia”…
La reconciliación no es sólo individual, como cuando cada persona se reconcilia con Dios, mediante el arrepentimiento sincero por sus pecados, sino también social. En virtud de la redención, el ser humano, el ciudadano y la ciudadana pueden vivir una nueva relación con sus semejantes, con sus connacionales: reconociendo a todos igual dignidad como personas, promoviendo una sociedad donde imperen la auténtica justicia y la equidad, todo vivificado por un verdadero amor al prójimo, como lo predicó el propio Jesucristo.
En un mundo plagado de conflictos, donde en pleno siglo XXI todavía ocurren enfrentamientos bélicos entre las naciones y, a veces, al interior de éstas (guerras civiles, luchas entre etnias o tribus), no es extraño que la humanidad, representada en este caso por la Asamblea General de las Naciones Unidas, haya aprobado, en su última sesión del año recién pasado una resolución que fue copatrocinada por Nicaragua, siendo aún presidente el ingeniero Enrique Bolaños, que proclama el año 2009 como “Año Internacional de la Reconciliación”. En las gestiones encaminadas a la aprobación de esta resolución (61/ 17) jugó un papel importante el Instituto “Martin Luther King”, de la Upoli.
Entre los considerandos que fundamentan la resolución, hay varios que precisan los instrumentos adecuados para promover la reconciliación, y que transcribimos a continuación: “La Asamblea General, consciente de que el diálogo desde posiciones de respeto y tolerancia entre los oponentes es un elemento esencial de la paz y la reconciliación; consciente también de que la verdad y la justicia son elementos indispensables para lograr la reconciliación y la paz duradera”, decide proclamar el año 2009 “Año Internacional de la Reconciliación”.
Como vemos, la tolerancia es considerada en esta resolución como un “elemento esencial de la paz y la reconciliación”. Por lo mismo, actitudes intolerantes, reacciones abruptas a criterios u opiniones divergentes son signos de intolerancia y no contribuyen a fomentar en nuestro país la tan pregonada reconciliación.
Nuestra historia está impregnada de intolerancia. Hemos creído que el ejercicio del poder da derecho a la exclusión, cuando no a la destrucción, del adversario. Lo cierto es que la auténtica democracia está basada en la diversidad de opiniones y en la búsqueda de grandes consensos sociales, pues democracia de manera alguna significa uniformidad. Nada sería más empobrecedor y antidemocrático que la pretensión de imponer un pensamiento único. En cambio, la diversidad es fuente de riqueza cultural y humana.
El reto es, pues, construir una cultura de tolerancia y de paz en la mente y el corazón de todas las personas, para propiciar una auténtica reconciliación nacional. Para concluir, conviene tener presente la definición de tolerancia que propone la Unesco: “La tolerancia no es nunca indiferencia pasiva ni concesión, nunca la imposición de la uniformidad a la diversidad social, nunca la transacción con la opresión o la aquiescencia al mal. La tolerancia es respeto, aceptación y aprecio de la infinita riqueza de las culturas del mundo, de nuestras formas de expresión y de los modos de ser de una persona humana. La tolerancia favorece la armonía, respetando la diferencia. No es sólo una obligación en el plano político, sino que es, además y sobre todo, una obligación de orden ético”.

Managua, abril de 2007.