Opinión

Carta a Julio Cortázar


Querido Julio: amigo entrañable que nunca conocí y fuente de inacabable inspiración. Le ruego tolerancia por este arrebato. Le digo amigo porque a través de la lectura usted es mi amigo, me da consejos y me regaña aunque usted no lo sepa, aunque de eso no estoy seguro todavía.
Soy un lector perezoso que encuentra júbilo sólo en sus páginas y más confeso no puedo ser: he leído poco de usted y con eso me ha bastado para considerarlo un amigo entrañable, con ese adjetivo, repito, entrañable, para que se lea más claro y más fuerte.
No le diré específicamente qué cosas he leído de usted, no sólo porque soy perezoso y desordenado, sino también porque me da la impresión que despierto alguna vanidad, y al despertarla también se genera una repulsión.
Tengo que confesarle que tengo mala memoria y padezco de un refinado gusto por el olvido. Por eso me limito a decir que lo he leído con mucho entusiasmo, a pesar de la brevedad con que lo he hecho y sin registrar títulos ni nombres.
Usted debe pensar que yo sólo soy un joven atrevido y perturbado, incapaz de controlar sus emociones luego de una lectura breve con sus textos, pero asimismo intento sorprenderlo, de forma descarada, en el más allá, donde debe descansar con su ejército de cronopios, a quienes tengo un profundo cariño.
Le escribo esta carta porque no sé dónde se encuentra usted, y tomo distancia sin vocearlo, sino usando el usted, porque me infunde respeto su tamaño. No su tamaño físico, descrito por asombrados escritores que alguna vez lo conocieron, sino el tamaño espiritual que talla su palabra, y digo talla, en tiempo presente, porque para mí usted no ha muerto y su palabra ha tallado una ciudad de imágenes en mi mente.
Disculpe si codeo su sueño eterno y lo despierto. Tengo un temor evidente a entrometerme en su quehacer cotidiano, quehacer magistral que provoca celo en un joven inquieto por la lectura breve y su persona, que en paz descanse, si acaso es posible descansar en paz con tanto acoso juvenil, pues creo que no soy el primero ni el último joven que lo admira.
De hecho, está claro que no lo conozco y, sin embargo, sí lo conozco, por contradictorio que suene. Mi deseo es encontrarlo a través de esta carta para contarle cómo lo conocí, aclaro una vez más, con el fin de ser transparente como las ideas de un arcano.
Quiero comentarle que una noche soñé con uno de sus cronopios y él me pidió que le escribiera esta carta con el fin de encontrarlo, como dije antes, adonde quiera que descanse, si es que no sigue escribiendo desde algún rincón del infinito cartas a duendes, relatos de apariciones fenomenales y hallazgos de objetos con vida propia.
No se bien por qué se dio la petición onírica de su cronopio, pero me parece un puente emotivo entre lo mortal y lo inmortal, lo real y lo fantástico, la realidad y el sueño. Un puente entre usted y yo que apareció por la noche, cuando estaba en lo más íntimo y profundo del sueño y aquel delgadito cronopio me saludó.
Posiblemente usted dude de la veracidad de mi sueño (si acaso es posible que los sueños sean veraces) y es capaz de revolcarse en su tumba al perseguirlo con una excusa poco convincente y un tanto tonta, pero para presentar pruebas fehacientes de mi onírica experiencia, le demostraré por qué le escribo, con hechos.
Por eso le dejo este breve manuscrito o esta pequeña demostración de palabras como hechos que abren puertas a la imaginación, es decir, al espacio al que usted pertenece, adonde lo encontré y conocí, y acuso aventuradamente que usted permanece en mi mente como un entrañable amigo que nunca conoció, y que sin embargo, ya conoce.
Fraternalmente, un abrazo literario y universal.

grigsbyvergara@yahoo.com