Opinión

Lectura estructural de la coyuntura


La contraparte negativa en América (5)

A pesar de todo esto, la lucha americana por la superación de esta contradicción perdió fuerza por el supuesto impacto que tendrían el derrumbe de la Unión Soviética y la caída del socialismo real sobre la revolución cubana, referente de las luchas de los movimientos de izquierda en el continente, y en general en los pueblos del Sur.
Desde su triunfo en enero de 1959, en efecto, pero en forma directa desde abril de 1961, cuando se declara socialista, la revolución cubana se convirtió en el paradigma de los movimientos de izquierda americanos. No solamente por su solidez ideológica, por su habilidad política y por su consecuente práctica revolucionaria, sino --y quizás con mayor peso en términos ejemplares-- por el heroísmo de su pueblo, que desde el primer momento ha estado sometido a todo tipo de agresiones de parte del imperialismo norteamericano, incluido el bloqueo económico integral.
Una revolución socialista, es verdad, pero siempre autónoma. Marxista-leninista, es verdad, pero desde sus raíces martianas. Con José Martí como padre político-ideológico seguido de los principales creadores del marxismo-leninismo, y no al revés. Una revolución verdaderamente americana, heredera directa y fiel intérprete de la revolución independentista, de la revolución liberal y de la revolución democrático-burguesa de los pueblos de la región, y no de experiencias históricas de otros continentes.
Y como consecuencia de todo esto con una relación diplomática-revolucionaria no siempre armónica con la dirigencia comunista de la Unión Soviética, de la cual Cuba siempre fue crítica. Tan tempranamente como octubre de 1962, en ocasión de la llamada crisis de los misiles, o hasta el final, en 1987, advirtiendo argumentadamente el desplome de la Unión Soviética y del socialismo real. Una posición que se inicia con el durísimo y también temprano señalamiento del Che acerca de los términos de la inicial cooperación soviética con la revolución cubana, que él los asimilaba a los del capitalismo.
A pesar de todo, el gobierno revolucionario de Cuba se impuso en esa relación. Era demasiado fuerte su autoridad en el mundo, en particular en el campo socialista, a tal grado que las relaciones económicas de Cuba giraban alrededor de su comercio con la Unión Soviética y demás países socialitas europeos, finalmente en términos privilegiados, tal como lo había demandado el Che. Una relación justa pero a la postre dependiente, que presagiaba lo peor a raíz del desplome del socialismo real. Un temor demoledor para los movimientos de izquierda americanos, que acentuó la crisis provocada por la caída del socialismo real.
El resultado fue que la mayoría de estos movimientos asumió el derrumbe soviético como preludio del inevitable e inmediato desmoronamiento de la revolución cubana. La desmoralización fue la pauta de conducta de los dirigentes de izquierda del continente, y con ella la desactivación, la dispersión y la deserción de su militancia, incluyendo la estampida racionalizada de connotados intelectuales. Así nació el síndrome del sálvese quien pueda, el acomodamiento pragmático a las nuevas circunstancias de reflujo revolucionario, la desesperada búsqueda individual de la legitimidad del Norte vencedor de la historia.
Y por si fuera poco, este escenario se agravó con la derrota electoral del sandinismo en Nicaragua, en febrero de 1990. Una derrota no prevista, ni siquiera imaginada, que por lo mismo obligó a la dirigencia revolucionaria nicaragüense a improvisar aceleradamente para preservar en lo posible las instituciones revolucionarias y para garantizar la permanencia histórica del Frente Sandinista, el partido de la revolución.
Sin embargo, ni la Dirección Nacional ni la Asamblea Sandinista, máximas instancias partidarias, se salvaron del síndrome de sálvese quien pueda. Pronto salieron a la luz los abusos cometidos en la aplicación de las leyes de la propiedad, que actuaron como factor descohesionante, primero, de dispersión después, y finalmente de división del partido. Buena parte de su Dirección y probablemente todos los miembros de su Asamblea lo abandonaron inmediatamente, acomodándose a las nuevas circunstancias mundiales, tal como éstas fueron leídas por ellos a la caída del socialismo real, pero sobre todo por el esperado desplome inmediato de la revolución cubana.
En medio de este ambiente de desesperanza y para asombro de algunos propios y de casi todos los extraños, la revolución cubana no sólo resistió, sino que logró revertir, en relativo corto plazo, el brutal impacto derivado de la pérdida total de su comercio exterior, sustento de su economía. Más todavía, con su proverbial habilidad política aprovechó la nueva circunstancia histórica para reorientar su estructura económica sin hipotecar sus principios fundamentales.
Así renace la esperanza de los movimientos de izquierda en América, incluida la revitalización el Frente Sandinista. Otra vez la dirigencia cubana dando muestra de solidez ideológica y de habilidad política, y el pueblo cubano ratificando su heroísmo. De nuevo la revolución cubana convertida en paradigma por la fuerza incuestionable de los hechos. Un esfuerzo catalizador, de relanzamiento de los movimientos de izquierda, quienes finalmente reconocen que sin este esfuerzo de Cuba hubiera sido poco probable el salto histórico en curso.