Opinión

Un híbrido en busca una definición


El triunfo electoral del FSLN el 5 de noviembre de 2006 sirvió para idealizar el triunfo revolucionario de 1979 en la mente del sector popular del sandinismo, en especial del sector obrero-campesino, el cual durante dieciséis años había alimentado la idea de que un triunfo electoral de su partido sería un paso seguro hacia el reinicio del proyecto frustrado por la guerra y la derrota electoral del 90, pero le ha salido un híbrido de confusión e insolencia.
Tres meses después, es difícil hallar en este mismo sector popular a quien no acepte haber sufrido aquel espejismo, aunque aún se resista a ver morir sus esperanzas. Pero sin falta se dará cuenta de que este gobierno sólo guarda una relación formalmente sandinista a través del nombre. En lo esencial, no existe relación entre los objetivos revolucionarios de antes con los del gobierno actual, como no la existe entre las condiciones políticas nacionales e internacionales de entonces y las actuales.
Para el pueblo nicaragüense la revolución era la posibilidad real de verse liberado de la pobreza y el atraso, y de satisfacer su aspiración de independencia plena y progreso social. Para la derecha interna y el imperio gringo la revolución sólo era la punta de lanza de “la penetración del comunismo internacional” en el continente, y bajo ese pretexto la combatieron, y aún la siguen denigrando.
Los esfuerzos políticos e ideológicos hechos por la revolución para hacer entender al mundo sus raíces nacionales y la razón histórica de su derecho a existir quedaron sepultados bajo el peso de la propaganda anticomunista de los Estados Unidos. Su influencia entre los sectores menos informados del campesinado y de las ciudades no fue poca. La Iglesia Católica se unió en acciones, omisiones y finalidades con la derecha, recibió parte del financiamiento gringo y participó en la campaña propagandística (que, además, hizo “aparecer” una virgen antisandinista en Cuapa).
El choque de propósitos se expresó en lo político-ideológico a través de la propaganda, pero aún más en otras formas de la violencia, de las cuales Estados Unidos pudo echar manos en contra de la revolución. Por el lado sandinista, se expresó con una resistencia popular --toda la que a la revolución le fue posible organizar--, pero inferior en recursos económicos y materiales. El resultado ya es historia.
De todo eso, sólo quedaron las consecuencias negativas para los nicaragüenses pobres. Ahora estamos en paz, y aunque la potencia imperial sigue machacando pueblos en el Oriente Medio y amenazando a otros, los cambios en la región latinoamericana se han tornado favorables para sus pueblos. Las condiciones de paz y la apertura de facilidades para la lucha cívico-electoral después de las derrotas de las dictaduras militares pro gringas revelan que el imperialismo no tiene el don de la invulnerabilidad en todos los terrenos de la lucha ni para todo el tiempo.
Internamente también hubo cambios. Los errores, defectos y vicios personales de algunos miembros de la dirección revolucionaria, que pasaron inadvertidos durante la mayor parte del período revolucionario, al menos para la mayoría del pueblo, por causa de que los problemas creados por la guerra ocupaban las mentes de todo el mundo, comenzaron a tomar cuerpo y formas tal cuales son. Pero, para entonces, los errores y vicios ya habían causado cambios irreparables en la personalidad de algunos dirigentes y, al mismo tiempo, éstos se apoderaban del FSLN. Se hicieron dueños del Frente, y de la mitad del poder político nacional por medio del pacto con Alemán.
Estas metamorfosis personales e institucionales pasaron a formar el carácter del nuevo proyecto político del Frente; aquella revolución radical en sus proyecciones históricas y devastadoras de las herencias del coloniaje y del imperialismo --aunque parte de la herencia de éste aún no tiene fin-- se convirtió en un proyecto de objetivos personalistas y de grupo, gestores de una nueva clase. (Este hecho, bien vale preguntar: ¿representa el orteguismo el papel de la burguesía nacional que las expresiones políticas de la derecha oligárquica no pudieron ejercer? Quizá la respondamos en otra ocasión).
Los objetivos sociales de la revolución sólo quedaron en el discurso del sandinismo oficial. La alianza con el máximo jerarca de la Iglesia Católica se hizo sobre la base de concesiones mutuas de carácter económico y político, bajo el disfraz de la “reconciliación”, y su proyecto no trasciende el reformismo burgués.
En un mismo lapso --1990-2000--
comenzaron a suceder fenómenos ajenos al quehacer nicaragüense. La revolución bolivariana de Venezuela, la de mayores efectos entre los cambios políticos de izquierda en América Latina, empezó a tener proyección continental. Y en Nicaragua dio origen a un fenómeno especial: su insurgencia rescató el perfil revolucionario que el trabajo personalista de Daniel le había venido borrando.
La irrupción de la revolución venezolana paró --o, por lo menos, ha atenuado-- el viraje que hacia la derecha llevaba el FSLN danielista, reflejado en el pacto Ortega-Alemán, y le ha oxigenado su discurso revolucionario, más que todo hacia el exterior. Una prueba de que el revolucionarismo de Daniel ha llegado a su fin es que ha perdido la originalidad que tuvo la revolución sandinista, ha perdido la iniciativa, y se ha vuelto un imitador de poses, del discurso y las frases del presidente Hugo Chávez. Todo esto bajo un autoritarismo que le es consustancial.
El folklorismo de Rosario Murillo influye en el danielismo, porque suple su crisis de originalidad revolucionaria, ejerce hegemonía fundada en el fanatismo y con su exhibicionismo encubre el rumbo del orteguismo hacia la derecha con el culto a la persona de su líder, en su arrogancia y en la desmedida ambición de poder y riqueza, todo cínicamente disfrazado de sencillez (una camisa blanca para toda ocasión, aunque, lógicamente, no sea la misma).
Su gobierno se hubiera limitado a la administración de la demagogia, porque no tenía en dónde apoyar las reformas económicas y sociales prometidas. Fue Hugo Chávez, con los cuantiosos recursos que maneja, quien vino en auxilio del proyecto de los Ortega-Murillo, lo cual les está permitiendo seguir perfilándose como revolucionarios con las soluciones de algunos problemas, y jugar con las frases revolucionarias.
Lo que podía haberse quedado sólo en promesas parece haber encontrado la vía de las soluciones; pero lo que no cambia --si no para recrudecerse-- es la personalidad autoritaria de Daniel, manifestada en casos insignias: corridas de funcionarios que no se dejan imponer el bozal; irrespeto para quienes les rodean (no importa su fidelidad) cuando osan discrepar; restricciones a la libertada de información; manejo compartido de la Asamblea Nacional; rígido control de los poderes del Estado con la imposición de magistrados incondicionales; leyes y medidas de contenido reaccionario, como la penalización del aborto, las restricciones a las libertades de expresión e información y las burlas al carácter laico del Estado.
Si la revolución fue frustrada principalmente por la agresión extranjera, la construcción democrática en Nicaragua está siendo frustrada por un enemigo interno: el propio Daniel con su gobierno familiar, insolente, autoritario, dictatorial.