Opinión

En los G-12, Elías no podría ser el 13


Edwin Sánchez

En la Biblia, los profetas nunca anduvieron con rodeos. Su oficio era decir la verdad. En vez de altos cargos, muchos fueron martirizados. Quizás la figura cumbre de este modelo de cumplir su labor profética fue Juan El Bautista.
El precursor mesiánico es un personaje que me asombra. Su discurso no era “políticamente correcto”. Resultaba demasiado áspero para los oídos finos de la lisonja, pero sabía que la verdad debía abrirse paso en medio de las más elegantes mentiras.
Si Cristo dijo que “la verdad os hará libre” es porque, entre otras lecturas, la farsa es una atadura de la más inmoral que puede maniatar a alguien. Jesús vino a un mundo que se deleita en las apariencias y por eso los doctores de la ley y el Sumo Sacerdote --hoy como ayer-- se manifestaban en los lugares principales, donde lucían sus ropas espléndidas.
Juan El Bautista era un “rústico” hombre que prefería los desiertos a las comodidades de los salones y palacios; sus vestiduras eran de pelo de camello y consumía un menú que César Castellano, el fundador del Grupo de los 12, nunca pediría al chef en los hoteles 5 Estrellas, miel y chapulines.
Notando la dudosa solvencia de los líderes de su época, para algunos Juan -- “si quieres recibirlo, Elías es el que vino”-- hizo gala de ser “extremista y mal educado”, por describirlos tal cual eran: “generación de víboras”. Las Escrituras afirman que además de echarle en cara la inmoralidad del Tetrarca metido con la cuñada, Juan la había reprendido por todas las maldades que había hecho. De hecho, se enfrentó al poder político de su tiempo con su voz ardiente de juicio.
La figura de Juan El Bautista es cimera en la praxis cristiana. De hecho, Jesús dijo que entre los hijos de mujer no había existido otro más grande que él. Las conveniencias del matrimonio religioso con los poderes temporales han querido disminuir a semejante profeta. Porque es incómodo, intolerante frente al abuso. ¿No se ha fijado que casi nadie lo invita a los sermones? De ello resulta una complacencia con las desafortunadas actitudes humanas: los fariseos siguen colando el mosquito y tragándose el camello.
El hijo de Zacarías mantuvo su verbo en medio de una generación dispuesta a aplaudir los yerros del poder, tanto religiosos como civiles, personales como políticos.

Los “encuentros”
El testimonio de Juan es acallado. El movimiento llamado de “Los 12”, o popularmente “los encuentros”, no ha producido el buen fruto que pregonan sino más de lo mismo porque es la única forma que ven para “crecer” numéricamente. Esto no es un invento: un pastor de los que promueven “encuentros” hizo una colecta para un hermano enfermo, recogió 3 mil córdobas en la congregación y sólo entregó 600 córdobas.
De hecho, muchos exponentes evangélicos “pro encuentros” se sienten bien cómodos con un alto personaje de la corrupción nicaragüense y se esmeran en salir en la foto o ante las cámaras con él, y los “profetas” importados profetizan grandes cosas para él. En “Los 12” difícilmente Juan El Bautista llegaría a ser “el 13”.
Veo, por ejemplo, Alianzas Evangélicas que van con todo contra una pobre mujer o niña, para obligarlas a tener un hijo en situaciones extremas, a riesgo de sus valiosas vidas. Marchan contra el aborto terapéutico, es decir contra las mujeres y aplauden, por otro lado, la cercanía con los Herodes de este siglo. Los invitan y se complacen ofreciéndoles los lugares principales en las mesas y hasta cultos, sin el menor sonrojo. Por eso pregunto: ¿quién es mejor, aquel atacado de inconverso, impío, etc., o el líder de una Alianza o Consejo que se siente reconfortado con tal de estar a la par de un poderoso corrupto?
El teólogo peruano Samuel Escobar, catedrático emérito de Misionología en el Seminario Teológico de los Bautistas del Este, en Pensilvania, dijo: “Hasta hace poco tiempo los evangélicos se preciaban de ofrecer una alternativa religiosa y moral a nuestros pueblos, pero la mala incursión de los evangélicos en la política en países como Guatemala, Brasil o Perú, ha mostrado que desde el punto de vista de la ética, los evangélicos no son necesariamente mejores que los católicos”. Escobar al parecer no conoce que también en Nicaragua hay higueras que no le dan fruto al Señor.
A pesar de estos tristes ejemplos, ver el Evangelio y juzgarlo a través de los falsos profetas es una salida fácil para denigrar la sana doctrina. Juan es un paradigma del modelo de profeta verdadero, que “mengua” no frente Herodes sino sólo ante Jesús para que Él se eleve en su corazón. En mi país, la moda es disminuir ante el poder mundano, en cualquiera de sus presentaciones.
Cristo es el único capaz de salvarnos, liberarnos y transformarnos. Muchas existencias ya no fueron las mismas tras reconocerlo a Él como el único Salvador. En un mundo donde la iglesia se divide por el “G- 12”, una transnacional de la fe y sus prácticas ocultistas disfrazadas del “mover del Espíritu Santo”, yo creo en Cristo.
Voy a la Montaña a escuchar su Sermón sin necesidad de pagar 30 ó 40 dólares. No permito que un pastor irresponsable le diga a un desconocido que ni siquiera es sicólogo, para que ocupe un método de la dianética, movimiento de la Nueva Era, y me haga una “regresión” a mi pasado para “confesar pecados olvidados”, y sin embargo, puedo llegar a la puerta de Naim donde veo a Jesús detenerse ante un cortejo fúnebre, consolar a la pobre madre viuda y le escucho decir: “Joven, a ti te digo, levántate”, y el muchacho empuja la tapa y comienza a hablar.
Declaro que Jesús es el único en quien hallo la salvación y la vida eterna. Lo demás son cuentos, fábulas, dogmas o modas como esta nueva industria de la mentira cuyo gerente más que pastor es César Castellano. Y la vida real, por sencilla que fuere, es más rica que la más elaborada encíclica de Roma o el sermón del líder evangélico que tras estos “Encuentros” abraza a la opulenta oveja para descarriarse con ella.