Opinión

Desde que me volví puntual


(Discúlpenme este paréntesis por hoy. Es que se trata de un artículo un tanto egoísta, ya que habla de mí. Sé que no debería. Disculpen pues este egoísmo que les comparto).
Pero miren, es que desde que me volví puntual ni yo mismo me aguanto. Pero lo peor es que parece que todos los que alguna vez dejé plantados, los que tuvieron que esperarme durante minutos eternos, se han confabulado en una larga venganza y otros en nombre de ellos me están devolviendo ojo por ojo y hora por hora.
El otro día me tocó sufrir esta venganza. Estaba esperando a alguien, y en mi propósito de enmienda llegué con la impuntualidad tempranera de cinco minutos antes. Casi en frente del lugar donde esperaba se encontraba la puerta de una iglesia y un señor, un mendigo, apostado en ella, esperando que de alguna sombra una moneda se le posara sobre la mano.
Había unos niños jugando muy cerca de allí, el señor los vio y se puso a jugar con ellos. Se acercó a ellos, simulando que era renco de una forma muy cómica, casi ridícula, en la que una pierna se le doblaba y casi siempre parecía que iba a dar con él en el suelo, pero en un vuelo invisible volvía a enderezarse.
Los niños se reían sin parar con aquel mendigo, que después de la escena y sin cambiar de papel se puso a jugar con ellos al fútbol con una pelota descarnada y sin aire. Entre el sudor de los niños y el tufo del hombre se levantaba una historia mezclada de días de risas, y también de soledad, alcohol y sin baño que dejó el ambiente cargado.
Y en ese momento, enojado por estar esperando, sufriendo en mis propias carnes lo que yo había hecho, descargué todo el sofoco contra aquel hombre y pensé para mí: “pobrecito, qué insensata la vida, así no más que haciendo reír y vivir y beber de la caridad.”
Más tarde, cuando volví a casa, me miré y me vi más serio, más adulto, perfectamente serio. Cambié la mirada y me olí. Olía a limpio. El cuarto ordenado. Desde que me volvía puntual me enojo más a menudo. Lo bueno es que la gente ya no me espera, digo yo, ya no sufren mi impuntualidad. Pero el hombre que jugaba me recordó algo: mi impuntualidad tenía su origen de pequeño, precisamente cuando me entretenía demasiado en los juegos, y la primera en sufrirme era mi madre, y su comida preparada. Aquello de “niño, ven que se te enfría la comida” lo escuchaba mil veces antes de dejar el juego y volver sobre el plato frío de la comida fría.
A mí siempre me ha llamado poderosamente la atención un mundo en la calle: hippies, vagabundos, supertramps, bohemios, valetodos, artistas de todo y de nada, pero artistas del hambre, del aire, músicos, pintores, estatuas de sal, mimos, saltimbanquis, actores de calle. A veces los miraba con envidia, y otras con desdén. A veces pienso que llevan la filosofía de la vida a cuestas, y otras que son unos grandes egoístas. Me he cruzado con ellos en los buses, en los trenes y hasta en los aviones. Y probablemente ninguno sea ni una cosa ni la otra, pero, sin duda, me hacen siempre preguntarme sobre cuánto sé de mí mismo.
Por cierto, se me olvidaba decirles que el hombre que se fingía renco, realmente lo era, quiero decir, que tenía una lesión que le impedía caminar con la pierna derecha. Y él hizo como que era mentira para que los niños se rieran de esa mentira, como si lo fuera, aunque no lo fuera. En fin, para no liarles, creo que el hombre hizo una actuación estupenda y gratis para un público muy exigente. Yo le envidié. Pero en fin, ustedes perdonen interrumpirles con estas cosas que uno piensa cuando se desespera esperando.
Sólo mi propia madre es la única que sigue sufriendo mi impuntualidad. La primera que la sufre. A ella es la única que me permito hacerla esperar cuando quedamos en encontrarnos en algún sitio, como si algo me retrocediera -- aunque no se diga así -- como si en el fondo quisiera volver a jugar, como ese hombre, como si le estuviera rogando a mi madre, sin saberlo, volver a escuchar su llamada: “niño, que se te enfría la comida”.

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