Opinión

Darío diplomático


Que las y los nicaragüenses den obsequios no es nuevo, ni censurable; menos cuando nuestra idiosincrasia nos caracteriza como gente agradecida y dadivosa, más con quienes nos han ayudado en las mil y una calamidades que hemos vivido y sobrevivido como país, como personas y como ciudadanos, ¡y tenemos tanto que agradecerle a la solidaridad mundial! Quizá fue en este contexto que el presidente de Nicaragua regaló a su homólogo de la República Bolivariana de Venezuela los originales de dos poemas que Rubén Darío dedicara al Libertador Simón Bolívar. Pero, como este gobierno tiene la virtud de ser medido y calificado a cada paso, entonces la reacción fue inmediata.
De esos poemas habla alguna gente en paradas de buses, taxis, mercados, estadios o barberías. Unos para politizar la dádiva y jalar agua a molino ajeno, pues muchos truhanes ejercen el oficio de molineros; o para rasgar vestiduras, aunque suficientes parches tengan las nuestras. Y las preguntas circularon: ¿de quién eran propiedad los originales; qué persona o institución estaba encargada de su custodia; por cuáles vías llegaron al ciudadano Presidente; quién lo autorizó para que donara parte del patrimonio cultural nicaragüense?, preguntas coherentes en un país donde reiteradas veces nos hemos quemado con la leche derrochada por numerosas administraciones públicas.
La Academia Nicaragüense de la Lengua se pronunció contra el regalo. El presidente del Festival Internacional de Poesía de Granada no lo vio ni bueno ni malo, y algunos juristas señalaron que hay leyes y artículos en nuestros códigos que prohíben y sancionan el obsequio. Lo que nadie ha dicho es que el gobierno amigo de Venezuela, como el de Chile o Argentina --que acogieron al poeta cuando éste apenas tenía algo más de veinte años--, no merezca ser honrado con la obra de Rubén. Pero que en correspondencia con Chávez --que obsequió una réplica de la espada de Bolívar-- se le debió dar una réplica de los poemas. Y en este ir y venir de opiniones, un diario publicó una carta en la que la Embajada de Francia sustentó la devolución a nuestro país de una vasija precolombina, que el ex presidente --¿y reo?-- Alemán donó a monsieur Jacques Chirac, su homólogo de entonces.
La opinión de Darío sobre el destino de sus poemas nunca la sabremos, pero la polémica desatada me parece oportuna para referirme a algunas características de la faceta diplomática de su vida, la que estuvo muy relacionada con presidentes, aristócratas y representantes del mundo palaciego de su época. En mayo de 1887, viviendo en Chile, le escribió orgulloso al Gral. Juan J. Cañas: “Ayer conocí a un Rey, hablé con don Carlos de Borbón”. Un año antes, Cañas --poeta y diplomático salvadoreño, lo había urgido a marcharse hacia el país austral: “a nado, aunque te ahogues en el camino”. Darío era entonces un muchacho de apenas 20 años y ya gozaba de la estima del presidente chileno J. Manuel Balmaceda.
En 1892 --a los 25 años-- fue nombrado Secretario de la Delegación que el gobierno de Nicaragua envió a España a la conmemoración del IV Centenario del Descubrimiento de América. En Madrid se relacionó con la crema de la intelectualidad peninsular, destacándose Juan Valera, Menéndez Pelayo, Ramón de Campoamor y Emilio Castelar. En agosto de 1893, el gobierno argentino le otorgó el exequátur para desempeñarse en Buenos Aires como Cónsul General de Colombia.
Darío conoció las interioridades y zancadillas del mundo diplomático. En junio de 1908 presentó cartas credenciales de Ministro de Nicaragua en Madrid a Alfonso XI. En carta del 20 de junio a Fabio Fiallo dice: “Ahora hago muy poca literatura; puede decirse, ninguna. Resulta que aquí, en los diplomáticos, no está bien visto que escriban en los periódicos. Ya veré cómo arreglo eso, aunque sea adoptando un seudónimo”.
El 14 de noviembre de 1908, en carta a José Madriz --su amigo de escuela que el 21 de diciembre de 1909 sustituiría a Zelaya-- le dice: “Instalé la Legación lo mejor que pude y con los muy escasos elementos que me dio el Gobierno. No te puedes imaginar los apuros que he pasado para poder sacar bien de tanta emergencia mi decoro y el del país. Al enviarme allá no sé lo que pensaron, la cosa resultó como a la fuerza, como una satisfacción a mis amigos, como una consecuencia de la ovación nacional y algo así como la concesión de un gasto inútil para un ministro considerado decorativo”.
En los meses siguientes la situación se le complicó al empecinarse un funcionario del gobierno de Nicaragua en no pagarle sus salarios. En carta a Santiago Argüello (Madrid, enero 12, 1909) dice: “Pues bien: ¡hace cuatro meses que no recibo un céntimo! Mis escasos recursos, que apenas me bastaban como Rubén Darío, han tenido que emplearse, en todo este tiempo, en sostener el decoro del Ministro de Nicaragua ante su Majestad Católica. Si te dijera que he tenido que mal vender una edición de Páginas escogidas y mi piano para poder hacer frente a la situación… Yo ya ni pido ni me quejo; pero me documento, por si algo pasa más tarde… ¿No le parece a usted que, aunque sea muy poco diplomática la palabra, esto es mucho joder?”
Aún nos falta mucho para conocer y justipreciar a Darío en su verdadera dimensión, pues como él le afirmara a José Madriz: “No tienen ninguna idea de lo que yo soy y de lo que yo valgo fuera de Nicaragua y sobre todo en España… allá se cree que yo hago una vida de escándalo y de vicio, como si eso lo permitiese, primero mi orgullo personal y después una corte tan exigente como la de España”.
Ojalá que su legado no continúe dispersándose y que nuestro gobierno pueda disponer y aportar los recursos para que sea concentrado y salvaguardado en Nicaragua. De otra manera, poco a poco lo perderíamos, con lo que perderíamos parte de nuestra identidad cultural, y como se sabe, un pueblo sin identidad es un pueblo sin memoria, y desmemoriados --como lo vaticinó el mismo Darío-- ya no sabremos “ni adónde vamos, ni de donde venimos”.

Managua, marzo 11, 2007
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