Opinión

Un café para Platón


Los cafetines son esos espacios públicos donde se reúnen amigos para tener pláticas informales sobre una diversidad de temas, algunos privados, otros de interés común y públicos. En estos lugares, que abundan en nuestra capital, se reúnen las personas de todas las condiciones sociales, en torno a una merienda, para contar las historias cotidianas, el último chisme, descargar sus rabias a manera de catarsis social, contra alguna desgracia personal o alguna anomalía social o política. Una cosa muy recurrente en estos coloquios cafetineros son los temas de orden político; vistos y analizados como una especie de termómetro social y tubo de escape, donde la manera de abordar y enfocar el coloquio da cuenta que el tema político es un asunto que atraviesa transversalmente la vida de los que hacemos patria en la ciudad.
Resulta interesante detenerse por un momento y observar los discursos, con sus tejidos argumetales y lexémicos, debatiendo y estableciendo posiciones, ya sea a favor o en contra. Uno puede recorrer infinidad de lugares en la capital, y allí están los cafetines; fuera y dentro de los colegios, fuera y dentro de las universidades, frente a un Banco, cerca de los centros comerciales, o en los mercados; invitándonos a un café, a la conversa amena, simple o compleja, pero no menos apasionada, y a degustar una que otra exquisitez de la comida popular nica. Pero lo que quiero señalar es que el nicaragüense se crea, de algún modo, los espacios para decir su palabra y construir sus discursos, y esto por la necesidad innata de los humanos para expresarnos y comunicarnos. La palabra es poderosa como lenguaje y discurso, y con ella expresamos mundos, significados y sentido, en otras palabras, nuestro logos, como decían los antiguo griegos.
No se habla por el simple hecho de hablar, la palabra tanto hablada como escrita lleva una enorme carga de sentido y significado detrás. Nuestro lenguaje humano es la expresión del discurso, y se articula mediante complejos sistemas de fonemas (letras) y sistemas de lexemas (palabras). Varios son los autores que se han ocupado de la relación entre lenguaje, organización social y poder, entre otros, Barthes, Derrida, Irigaray, Kristeva, Foucault.
Cada uno de ellos ha planteado su propia red de interpretaciones. Construcciones teóricas que recorren diferentes caminos y se interlazan conceptos, ejes, claves, oposiciones binarias: el discurso, el relato, el lenguaje, el poder, la desconstrucción, las relaciones entre significados y significantes, entre formas y contenidos, etc.
Podemos elegir un camino donde se reflejen algunos de estos elementos teóricos: por ejemplo la casa de gobierno, o casa presidencial, con su pináculo romano y su color mamón. Ella representa la institucionalidad de un país, un orden establecido, la legitimidad de un gobierno. Para los nicaragüenses es un lugar simbólico, donde reside el presidente elegido legítimamente y donde se espera se atiendan y resuelvan los problemas sociales y económicos a corto y mediano plazo.
Es posible percibir la institucionalidad del país, con todo su sistema social, político, económico y jurídico como un discurso, una representación, un enunciado. Un discurso consiste en una cadena de elementos que le dan forma y lo construyen, cada elemento de un discurso tiene su significado particular. Los discursos son sistemas de significados y estos significados no son explícitos, pueden ser calificados como supuestos. Si queremos desconstruir un discurso, tenemos que revelar los supuestos que están en su base: primero, entendiendo su construcción, segundo, revelando el poder que contiene en un contexto socioeconómico y cultural más amplio, y tercero, construir otro discurso como contra-poder.
El nicaragüense construye su discurso dentro de la representatividad institucional de la que forma parte, la familia, la educación, la religión, el partido político, la empresa etc. Un político va a emitir su opinión sobre materia política, coherente con el discurso oficial de su partido, un religioso lo hará coherente con su credo religioso. Somos consumidores de discursos flotantes, disponibles en la sociedad, no construimos nuestros propios discursos. Nos situamos en discursos que nos hablan, y nos interpretan como personas y actores sociales.
Como sujetos sociales estamos convencidos que producimos nuestros propios discursos, que elegimos y actuamos en libertad, bajo nuestras propias convicciones. Aunque tengamos esa sensación, lo cierto es que más bien los discursos nos construyen a nosotros.
Los discursos penetran en todos los aspectos de nuestra vida. El bombardeo publicitario de la televisión con sus colores y frases hechas, acompañados de imágenes que estimulan las sensaciones y despiertan el deseo consumista, es poderoso, sobre todo cuando debemos hacer una decisión. No podemos visitar un supermercado o un centro comercial, sin complacer deseos en marcas de ropa o comidas; pues estamos determinados por el discurso consumista. La dueña de casa que con gusto prepara diariamente la comida para su marido y sus hijos, se siente que esa es su tarea desde un determinado discurso: el discurso de que esa es su responsabilidad como mujer.
¿Qué sucedería si cambiáramos nuestro discurso un día de éstos? ¿Nicaragua se volvería diferente? La creación y el cambio de discurso lo determinan las circunstancias económicas, sociales y culturales. Estos cambios son posibles en cuanto varían las relaciones del poder dentro de una sociedad. Los discursos no son neutrales ni autónomos, ellos siempre se sitúan frente a otro discurso y esta jerarquía entre discursos tiene que ver con las relaciones de poder existente.
Como nicaragüenses y consumidores de discursos tenemos la posibilidad de interferir en los discursos a los cuales nos adherimos, especialmente los sujetos colectivos. Aunque los discursos nos invaden y a la vez forman parte de nosotros, como sujetos sociales tenemos la posibilidad de transformarlos.
Al igual que el filósofo Diógenes, que con su linterna buscaba por las calles de Atenas y en pleno día, un hombre (convencido que en la ciudad habitaban sólo bestias, que comían, dormían y vivían como bestias), me propuse un día salir por las calles de Managua a buscar un político de verdad, lo hice escuchando las conversaciones cotidianas en los mercados y cafetines. Descubrí que las pláticas callejeras y debates improvisados en torno a un café son espacios parlamentarios y tribunas populares donde se construyen discursos y se representan formas de contra-poder. La política y los políticos no están en la Asamblea Nacional, ni en el gabinete presidencial, sino en la calle, en los mercados, en los cafetines, en los barrios, en los colegios, en las universidades, allí donde se construye el discurso y se expresa el imaginario colectivo del sujeto social, se encuentra el político y la política, como arte de lo posible y conquista del poder. ¿El pueblo presidente? No es un simple eslogan planfetario, tiene significado y sentido detrás de las palabras. Desconstruyendo el discurso se pueden revelar los supuestos en su base.
¿Pero qué si un día de éstos, se nos aparece el gran Platón por algún lugar de la vieja Managua, como buscando la ciudad, la polis perdida? ¿Lo invitamos a una café? ¿Cuál sería el tema de nuestra plática? ¿Cómo comenzaríamos nuestro discurso? Mucho dependerá, creo yo, del tema a abordar; naturalmente mi impulso no se dejaría esperar y me arrojaría a la política… Cuál sería mi sorpresa que el sabio griego; de hombros anchos o frente ancha(de ahí su nombre Platón) me abriera las páginas de su ensayo de teoría política: “La República”, para decirme que su tema central es la justicia en el individuo y el Estado y que existe una correlación entre el alma y el Estado; tanto así que la estructura de la ciudad se encuentra reflejada en el alma y viceversa. Por eso la ética conduce a la política. Sólo en la ciudad justa es posible educar hombres justos. Los gobernantes no serán conducidos por la ambición personal y el derecho del más fuerte, sino que se inspirarán en el orden inmutable de las ideas (el mundo inteligible y plenamente real)… Comienzo a entender esta utopía política y que el gobierno pertenece a los filósofos (o los gobernantes han de practicar la filosofía)… perdón, doñita: un café para Platón, el de la mejor cosecha de Nicaragua… Disculpe, Platón, ¿con cremora o sin cremora?
Me reservo el derecho a no pensar, en un arranque de inocencia, que en una plática cafetinera algunos están planeando el próximo asalto al pueblo o bisneando en nombre de la honorable política y la maldita corrupción. Sigo con Platón en torno a un café y su República.

∗ Director del Cielac-Upoli