Opinión

Reelección, una historia escrita con sangre


Que un presidente en ejercicio aspire a continuar al frente del gobierno, es decir que aspire a reelegirse, lo menos que despierta es la curiosidad por saber sus razones. Y aquí están: su deseo de seguir gozando de los privilegios del poder; su ego no resiste la idea de pasar de cura a sacristán ni salir de la escena pública; un supuesto interés por terminar de cumplir sus promesas; sus ambiciones personales aún no plenamente satisfechas; el grupo político de su entorno desea seguir medrando bajo su sombra para mayor gloria del partido y de sus cuentas bancarias personales; su consorte quiere seguir realizándose como la “gran mujer” detrás del “gran hombre”.
Aún hay más motivos fatuos estimulando la idea de la reelección, y es muy difícil restar alguno de los señalados, porque estamos hablando de Nicaragua y no de ningún otro país. Por supuesto, en otro país sus ciudadanos podrían tener sus propios inconvenientes que señalar a su presidente si quisieran evitar su reelección, o podrían tener poca o ninguna objeción que hacerle; pero aquí, a los inconvenientes señalados es posible agregar otros más, y hay uno que no ha conocido la historia de otros países: la reelección ha tenido consecuencias de inestabilidad, odiosas luchas políticas, derramamientos de sangre que han marcado a varias generaciones y amenazas de disolución nacional.
Quiero decir que las motivaciones continuistas en otros países hasta podrían tenerse como normales, aun cuando hubiese inestabilidad política y hasta represiones dictatoriales, pero en Nicaragua la reelección no ha sido un hecho cualquiera, sino que sus consecuencias se han juntado en un solo proceso, casi bicentenario, de violencia, de sangre y de muerte. En nuestro país la reelección ha sido la acción política que mayores crímenes de lesa patria ha causado.
Frutos Chamorro inauguró este proceso, cuando pasó de ser el último Supremo Director del Estado a primer Presidente de la República (1853), apoyado en una Constituyente que lo reeligió, y de paso le alargó el período de dos a cuatro años. Aquella fue también la apertura de la etapa de violencia y caos, cuando los oligarcas liberales y conservadores pusieron en peligro la existencia de Nicaragua como nación independiente y la tuvieron al borde de ser convertida en una colonia estadounidense.
Pasado este período caótico y turbulento, los oligarcas pactaron la paz, pero no aplacaron sus ambiciones, y después de treinta años de la repartición pacífica de la alternatividad presidencial, la revolución liberal de 1893 vino a remediar los problemas del anacronismo estructural del Estado conservador y clerical, pero el conductor revolucionario José Santos Zelaya reactivó el continuismo personal que durante treinta años había sido un continuismo de clase y de partido.
Si el continuismo de Frutos Chamorro tuvo entre otras graves consecuencias para la estabilidad de la nación la presencia de William Walker, el continuismo de José Santos Zelaya abrió el período de lucha por la no reelección que los conservadores convirtieron en una lucha por la apertura de las puertas a la intervención estadounidense para “resolver” las violaciones constitucionales de Zelaya. El reclamo de la presencia gringa en los asuntos internos de nuestro país fue coincidente con la expansión imperial de los Estados Unidos, y las intervenciones diplomáticas (1909) y armadas (1911) fueron precedidas por el reclamo continuo de los conservadores por la injerencia de los Estados Unidos; incluso, ya habían reclamado una “Enmienda Platt” para nuestra Constitución como la que había hecho de Cuba un protectorado gringo, al establecer en su Constitución (1902) su “derecho” de intervenir en la isla cuando quisiera.
Desde entonces, la intervención de los Estados Unidos en Nicaragua no ha tenido solución de continuidad, variando solamente el medio, pues se ha alternado entre las armas bélicas y las armas diplomáticas y económicas. La reelección de Adolfo Díaz no trajo nada nuevo de lo malo, porque él mismo fue el peor fruto del mal de la intervención gringa. A poco tiempo de que las tropas invasoras abandonaron el país, la ambición por volver a ser presidente estimuló a Emiliano Chamorro a dar el golpe de Estado (1925), y con ello dio lugar a la reanudación inmediata de la intervención armada, que creó la Guardia “Nacional” (1927), más tarde instrumento de la dictadura dinástica más larga y sangrienta de nuestra historia, la de Anastasio Somoza García.
Nadie tiene derecho a olvidar que Somoza García fue aupado por el país interventor como jefe del ejército cipayo, y luego de su golpe de Estado a Sacasa (1936), comenzó su serie de reelecciones --a veces escondidas detrás de sus títeres--; Rigoberto López le puso fin a esa carrera después de haber sido proclamado para una nueva reelección (1956). Y el continuismo no murió con Somoza, le siguieron sus hijos, y el último de ellos, el general Somoza Debayle, utilizó métodos continuistas similares. Pero aún hay menos derecho de olvidar a los miles de nicaragüenses sacrificados durante la lucha contra las reelecciones.
Varias generaciones de compatriotas no sólo heredaron a sus hijos el dolor por sus muertes, sino también sus sentimientos anticontinuistas que los llevó, a su vez, a incorporarse a la lucha dispuestos a morir también por la misma causa. Muchos no lograron sobrevivir, y algunos sobrevivientes ahora andan pregonando las bondades de la reelección de su jefe, Daniel Ortega. Lo digo para hacer notar que el recuerdo de la sangre derramada en nuestra historia no ha sido un antídoto contra el virus de la reelección. Ortega es uno de los que lo ha olvidado, gracias a su ambición y la de sus seguidores.
Ahora, frente a una posible reforma constitucional que permita la reelección continua o alterna --para reavivar la tragedia da lo mismo la una o la otra--, no será justo utilizar sólo argumentos legalistas contra la ruptura de las normas democráticas, porque sus consecuencias serían más profundas que la sola alteración de la “normalidad” democrática. Sería la prolongación de una tragedia nacional que, como sabemos, tiene sus raíces, sus tallos y sus frutos anegados en sangre.
Los interesados ven el problema de la reelección con la frivolidad irresponsable de creer que sólo es cuestión de superar los obstáculos con argucias politiqueras, como se ha venido acostumbrando hacer, y como ya lo están haciendo. Una de ellas es la falsa política de “reconciliación”, que comenzó con la alianza Obando-Ortega, está unida al proyecto de la reelección y fue confirmada ahora que Daniel aflojó la cuerda al delincuente Arnoldo Alemán para garantizarse la reforma constitucional. La “reconciliación” es la fachada actual del pacto Ortega-Alemán.
No hace falta advertirlo, los propagandistas de la reelección de este momento lo hacen utilizando argumentos “revolucionarios” y con un lenguaje sibilino salido de la combinación de la política personalista con la supuesta religiosidad del presidente Ortega y su co-presidenta de facto. Ojo, pues, que el compromiso de los nicaragüenses de hoy no es sólo con la lucha por desarrollar su deficiente democracia, sino también con su historia y la sangre de quienes han caído en la lucha contra la reelección. Que no caiga nadie más por ese motivo, mejor que caiga de una vez la idea malsana de la reelección.