Opinión

Humor y xenofobia


José Ariel Silva, nicaragüense, murió apuñalado tras una discusión en un bar. Motivo: su nacionalidad. Detonante: los chistes. Sobre algo muy gracioso: la muerte de Natividad Canda a causa del ataque de los perros rottweiler que cuidaban el taller en el que se metió a robar.
Puedo creerle a la Corte Interamericana de Derechos Humanos cuando considera que no hay suficientes pruebas para condenar a Costa Rica y a su sistema judicial como discriminatorios. Lo que no creo es que el costarricense no sea racista ni xenófobo.
La xenofobia tica es simplemente cobarde, no frontal. Más fácil es hostigar a mansalva con la burla, esa heridita de cuchilla, superficial pero constante, que no desangra pero que termina por reventar el hígado.
¿Se soluciona el robo mirando pasivamente cómo dos animales acaban con la vida de una persona? ¿Es la muerte de un nicaragüense entre los dientes de los perros buen tema para una comedia? ¿De dónde viene la carga de odio que esconde el chiste? ¿Qué nos han hecho? ¿Quitarnos los empleos? ¿Por qué? ¿Porque patronos costarricenses inescrupulosos prefieren contratar en el mercado negro a un nicaragüense al que no le reconocen sus derechos laborales y dejar sin empleo al tico al que sí tendrían que pagarle lo que la ley exige? ¿Quién es aquí el explotador y ladrón?
¿O vendrá el odio de nuestra sensación de pequeñez y la consiguiente necesidad rastrera de sentirnos superiores a alguien sólo porque no hemos padecido el infortunio histórico de sufrir las tiranías y su pobreza?
Y a pesar de eso, ¿no somos también nosotros migrantes económicos en el Norte, ni “ticos” ni “nicas”, sino “hispanos”? ¿De dónde, entonces, tanta soberbia? ¿O será un viejo despecho porque Nicaragua fue más importante, culta y rica durante la Colonia y un buen trecho de nuestra historia?
Cada persona es responsable de sus actos. Atribuir sus delitos, errores o defectos a una nacionalidad, raza, sexo, religión o características físicas no es más que discriminación.
Estoy contra el TLC, pero convulsiono cuando en un graffiti adverso, en un repulsivo arrebato de sexismo, se designa a la Sra. Anabel González, por su postura ideológica, con un epíteto machista, o se insulta con apodos al diputado Francisco Antonio Pacheco porque no cumple con el mandato patriarcal de que un varón debe imponerse por su estatura física.
Si alguien roba, se le juzga. Si alguien piensa distinto, se le confronta, se le combate. Con justicia y con decencia. Eso, eventualmente, si bien no nos hará superiores, sí nos hará mejores ciudadanos del mundo.
* Escritora costarricense.