Opinión

Entre la adversa realidad y la idónea cultura política


Particularmente, creo que adolecemos de una aberrante actitud de politizar todas nuestras acciones, invirtiendo grandes esfuerzos y recursos, coparticipando improvisadamente de un ámbito político retrógrado –-el de la simple y llana politiquería-- que desvía casi toda nuestra atención de la solución a numerosos problemas que nos aquejan. Necesitamos ingentes cambios en nuestra cultura política que abarquen todos los estratos sociales de nuestra nación y que lo transmute a un ámbito político benigno, comenzando desde cada célula social, la familia: retornando y consolidando valores éticos tradicionales, logrando alcanzar y afectar positivamente a los nicaragüenses que posteriormente decidan incursionar como actores políticos prominentes.
Éstos han sido los que, preponderantemente, han llevado a nuestra amada Nicaragua a la actual situación dificultosa en que nos encontramos todos los nicaragüenses, los que han timoneado desacertadamente el rumbo de nuestra patria, los que ultimadamente cargan con la mayor cuota de responsabilidad de todos nuestros pesares. La restante cuota, la compartimos los demás nicaragüenses que, participando o no en las periódicas elecciones nacionales, determinamos cuáles de esos actores ofertados por los partidos políticos tendrán la facultad de encauzar todos los esfuerzos y recursos de la nación con el único objetivo estratégico que les debería regir en sus decisiones: el bienestar y desarrollo diversificado y sostenible de todo el país.
Los partidos políticos nicaragüenses necesitan urgentemente depurarse y democratizarse; no permitiendo que sus máximos dirigentes formen estructuras internas exclusivamente fieles a intereses personales ni dispuestas al servilismo descarado y sustentante del abyecto caudillismo; apoyando y permitiendo en la práctica que líderes emergentes de comprobable honestidad e indicios fidedignos de interés en trabajar por el bien generalizado de todos los nicaragüenses tengan la factibilidad de desempeñarse en los máximos cargos partidarios y de elección popular. Sólo mediante estos cambios estructurales y de actitud, tales partidos podrían pretender continuar obteniendo el apoyo de la ciudadanía nicaragüense.
No persistamos en la insensatez, eligiendo funcionarios que durante las costosísimas campañas electorales hacen uso de una verbosidad artera, prometiendo respetar la Constitución y demás leyes, actuar honestamente en defensa y a favor de los más desposeídos, pero que, a la hora de ejercer el poder y la representatividad del pueblo, sin ningún reparo hacen todo lo contrario; olvidan que los hemos elegido y pagamos, muy generosamente, para que administren eficientemente nuestros recursos --económicos, políticos y humanos–- y no para que los usen indebida e ilegalmente, que son funcionarios nacionales y no partidarios, irrespetándonos y considerándonos amnésicos, faltos de inteligencia e indignos de cumplirnos todo lo prometido.
Por ello la importancia de la libertad de expresión y un periodismo con acceso a la información gubernamental que permitan mantenernos bien informados, con un universo electoral capacitado para elegir certera y provechosamente a candidatos sobre la base de: historiales familiares, políticos y funcionariales idóneos y/o a planes de gobiernos con factibilidad económica o presupuestaria. Nuestros funcionarios públicos no deben sentir el periodismo nacional como un enconado enemigo, inquietarse y retener la información requerida por críticas o señalamientos específicos y bien soportados que el pueblo decida hacerles a través del mismo y que pretenden alertarles y corregir el rumbo a la menor manifestación de debilidades en las instituciones a su cargo. Está claro que: un pueblo sin libertad de expresión, sin acceso a la información o desinformado, es un pueblo prisionero de inseguridad e irresoluto.
Los aristócratas políticos deben entender que la nación nicaragüense está al borde de un nuevo rezago o retroceso, peligrando una penosa caída al contenedor de los esfuerzos vanos, y de un desperdicio lastimoso de lo escasamente avanzado en aras de la preservación y maduración de nuestra gateante democracia; el vilipendio, la confrontación, la demagogia, las imposiciones arbitrarias y la guerra no son métodos apropiados para dirimir cualquier antagonismo ideológico o político. Inmensos han sido los costos que nos han hecho pagar a los nicaragüenses por confiar en promesas de campañas, pero en el corazón de nuestro pueblo ha comenzado a afianzarse un espíritu renovado y una óptica despojada de todo fanatismo partidario y ciego hacia esa clase política, cuyo único objetivo es disfrutar egoístamente de un poder que emana y es propiedad exclusiva de cada pueblo del mundo.
Es en esta etapa histórica decisiva que nuestros actuales protagonistas legislativos están obligados a librar una lucha cívica y demostrar su supuesta nacionalidad y responsabilidad social --apartando encasillamientos partidarios--, permaneciendo atentos y raudos a defender todo golpe artero y lacerante contra nuestra incipiente democracia de parte de sus enemigos solapados o declarados, resistiendo en unidad parlamentaria, opositora y democrática; no dejando pasar todo proyecto de ley inconstitucional, antidemocrático y antipueblo; interpelando ante el plenario del Poder Legislativo a estos enemigos cada vez que osen atacar nuestra democracia o sean ligados públicamente a actos ilícitos. Qué gratificante es al intelecto y al espíritu conocer de naciones que hace algunas décadas eran tan pobres como la nuestra, pero que, mediante la conjunción de esfuerzos entre una clase política gobernante transformada y las clases sociales deseosas de bregar en un ambiente nacional propicio a todo desarrollo, han logrado escapar felizmente de la maldita pobreza, convirtiéndose en prósperas y con presencia mundial meritoria. Este tipo de ejemplo debe inspirarnos y estimularnos a seguir pasos semejantes.