Opinión

¿La hora de la educación técnica…?


Con frecuencia constatamos la diferencia entre lo que se dice y hace, entre el discurso y la realidad.
Recopilando opiniones y criterios de gobiernos, fuentes multilaterales de financiamiento, organismos internacionales, empresarios, etc., la conclusión es obvia: la educación técnica es clave para el desarrollo de un país, sobre todo cuando éste se encuentra en un lento proceso del desarrollo, queriendo dejar atrás para siempre la etapa del subdesarrollo.
La educación técnica, como tantas cosas en la vida de las sociedades y de los gobiernos, ha pasado por altibajos, subidas y bajadas en la atención y recursos respecto a las políticas y programas educativos de la nación.
Planteamientos provenientes de círculos interesados por la educación técnica nos conducen a esta pregunta: ¿y ahora qué? Un cambio de gobierno con predicciones y manifestaciones a su favor puede augurar una nueva respuesta.
Se sigue afirmando, de manera general, que la educación técnica y la formación profesional, en sus niveles de técnico básico y técnico medio, así como la capacitación técnico profesional, mantienen el rango de alta prioridad para el desarrollo de nuestro país, y de manera particular, en el nuevo chance de distintas formas de despegue económico que se presentan actualmente.
¿Habrá coherencia entre la pretensión, la necesidad y la realidad?
Nicaragua, lo mismo que la mayoría de los países, no es una excepción en los altibajos que han acompañado a la educación técnica y a la formación profesional.
Hagamos un breve recuento general: nació como una modalidad educativa destinada a los sectores de bajos ingresos: carreras cortas, formación para ocupaciones puntuales, incorporación rápida al mercado de trabajo. De paso fue también una vía para limitar su acceso a la educación superior y una salida fácil para la masa cada vez más numerosa de egresados de la educación primaria que produjo el período de la extraordinaria expansión educativa en países cercanos al nuestro a partir de la Alianza para el Progreso y el Mercado Común Centroamericano de los años cincuenta y sesenta... etc.
Mimada e hija predilecta durante ese tiempo de los organismos internacionales, la educación técnica fue adoptada por los gobiernos como la pieza clave del desarrollo económico y social, adquiriendo en varios países una altísima prioridad y montos considerables de inversión.
No obstante, la brecha entre lo previsto y lo logrado ha sido bastante grande.
Muchos de los egresados no estaban trabajando, apenas una tercera parte
desempeñaba la ocupación para la cual fue formada. El desarrollo los requería, pero su ritmo o su orientación fueron incapaces de aprovecharlos porque la educación técnica quedó rezagada respecto a los cambios socio-políticos, económicos, tecnológicos y empresariales que se daban de manera acelerada e indetenible.
Por otra parte, los altos costos en infraestructura, equipamiento y mantenimiento fueron frenando el ímpetu con que se abrió paso la educación técnica en el consorcio de las modalidades para preparar el capital humano del desarrollo.
En términos pedagógicos, la formación recibida ha resultado, en muchos casos, débil, poco relevante, demasiado centrada en el empleo y en una ocupación específica producto de una orientación más de instrucción, sacrificando con ello elementos fundamentales de la formación general, de la creación de capacidades y competencias en armonía con el desarrollo del recurso humano como persona portadora de derechos, de iniciativas creadoras y de responsabilidades compartidas.
Existen fallos de otra índole que se han evidenciado en varios países: la falta del apoyo institucional, la lenta asimilación de los esquemas pedagógicos de la educación general a la educación técnica, el bajo prestigio social de esta última, el desplazamiento de ocupaciones laborales propias de este nivel por parte de profesionales egresados de las universidades, la falta de articulación efectiva con los otros subsistemas educativos, así como con las necesidades y demandas cambiantes de los sectores productivos y de servicios, etc.
Nacida pues en un ambiente general de optimismo en el que se hablaba de crecimiento, desarrollo y modernidad, la educación técnica creció, pero hoy necesita de una inyección de innovación, de prioridad efectiva, de ubicación correcta en su relación con el desarrollo de las personas y del país.
De todo ello se deducen varias conclusiones:
a) La educación técnica y la formación profesional siguen siendo claves para el desarrollo de países como el nuestro, sobre todo en la circunstancia política-económica actual, muy favorable.
b) La educación técnica y la formación profesional deben recibir un fuerte impulso renovador y de recursos, superando el ritmo de los últimos años, por parte del gobierno, de las organizaciones de la Sociedad Civil que se mueven en este campo y del engranaje empresarial creado para el crecimiento y desarrollo del país con miras a elevar el nivel de vida y el bienestar de toda la población. Todo ello de conformidad con los cambios socio-económicos, tecnológicos y del campo productivo-empresarial que están afectando profundamente la vida nacional.
c) La educación técnica y la formación profesional son componentes fundamentales para realizar la reforma educativa integral que requiere nuestra educación nacional y de manera particular para la renovación e identidad propia de nuestra educación media.
¿No habrá llegado la hora de la educación técnica en nuestro sistema educativo? No aprovechar la educación hoy es negar el desarrollo del mañana.