Opinión

El zoo de la infamia


Caresol y Sanjinés le preguntaron al de Managua por un artículo del Magistrado Gerardo Rodríguez Olivas, que con el título de “¿Abolir el Poder Judicial?” apareció en END el sábado 10 de marzo, con la sana intención de rebatir el nuestro (1-3-07) clamando “Que la Justicia tenga rostro de Justicia”. Respondió el de Managua: “Dice el Magistrado Rodríguez que ningún país se construye sobre cenizas, y me parece errónea su apreciación. Nadie está quemando un país, sino reclamando un Estado de Derecho y para que este pueda surgir, pidiendo abolir la ficción de derecho que existe. En el Poder Judicial no solo son algunos quienes cometen venalidades y tienen conductas antiéticas, y si así fuera, esto no justifica pretender que la justicia no sea justicia y tenga, contra viento y marea, rostro de justicia. Para entender esto le bastaría al Magistrado Rodríguez leer tan solo dos titulares de la misma edición de EL NUEVO DIARIO en la que él publica su artículo: En la primera página, “Capos sobornan y compran lealtades”, con dos subtítulos muy significativos; “Hay criminales muy ricos que se han garantizado impunidad comprando o extorsionando a personal judicial y a autoridades”, y agrega que “Informe de Estrategia Antidrogas –del Departamento de Estado del Gobierno de Estados Unidos- pega otra repasada al Poder Judicial, del que dice está en desenfrenada corrupción”. El otro titular, en la página once, dice: “Remueven a jueza blufileña porque generó controversia al sacar a narco hondureño. El liberado era pájaro de alto vuelo y huyó hacia su país en cuanto fue confinado a un domicilio en Managua”. A esto sí lo llamaría yo quemar el país, y si para salvarlo de este incendio es necesario abolir, tal y como se abolió la esclavitud, el actual Poder Judicial, pues hay que abolirlo para que de esas cenizas surja, como un Ave Fénix, un poder judicial honesto que muestre ante el país y el mundo el rostro de la justicia, hoy enmascarado de corrupción”.
El de Masatepe agarró la cuchara: “No dudo que, al contrario de lo que dice el Magistrado Rodríguez que no se debiera juzgar al Poder Judicial por algunos descarriados, quizás en algún futuro podamos juzgarlo por algunos que ahorita no son descarriados, que a lo mejor hasta se atrevan a emprender una cruzada de renovación moral. Como dice el Prof. Guillermo Rothschuh Tablada, para que se dé un buen pasto en el llano, hay que quemar primero, así como se corta la fruta mala para que no contagie a las buenas”. Sherlock intervino: “Nada más que en este palo del Poder Judicial, si se cortaran las malas cuidado se queda sin frutas”. El de Masatepe, alentado por Sanjinés, quería dar por terminado aquel tema: “Para mí la imagen de la justicia en Nicaragua sigue siendo la jueza Gertrudis Areas, esperando en medio sol, a la entrada del feudo del Caudillo Arnoldo Alemán, la oportunidad para entregarle la notificación de su condena. Ella no llevaba cubierto su rostro y más al descubierto no pudo estar en el momento de ejercer aquel acto de justicia inolvidable”.
“Este país –dijo Watson- es como ir al zoológico, y encontrar que las especies más siniestras y pestilentes del mundo ostentan cargos y vestimenta de dignidad. Es como el zoo de la hipocresía o de la infamia, y como bien me decía Caresol, de sobra lo conocemos porque es también el zoo del poder. Pero hay otro zoo de la infamia que no tiene cercas, mallas, verjas o jaulas, y al que no se paga por entrar. Es el zoo de la crueldad cotidiana. Uno va al mercado, y atados, rateados y amordazados encuentra iguanas y garrobos, a la venta para ser sacrificados; huevos de tortuga e iguanas no están sujetos a veda alguna, y por eso estoy de acuerdo con Roberto Currie en no comerlos, cosa que se podría hacer si hubiera, por decirlo así, un plan racional de consumo, supervigilado y autorizado por instituciones responsables; en las carreteras se nos ofrecen colgándolos por sus rabos, vencidos a pesar de su noble coraza, los cusucos; ya quisiera yo que a los vendedores también los colgaran de sus rabos, y lo mismo haría con quienes nos ofrecen chocoyos, loras y cotorras, incluso falsificadas al pintarles colores que no son los que les dio la sabia naturaleza; veo en la ciudad monos lejos de su hábitat, muertos de sed, a la venta en las esquinas de los semáforos de esta jungla del crimen; veo los bueyes detenerse en subidas empinadas, a punto de desfallecer abriendo sus patas para detenerse exhaustos, ser jochados con la inmisericorde vara para que sea como sea suban con el sobrepeso de barriles de agua o piedra cantera; veo en la ciudad los carretones repletos de ripios, avanzando lentamente pese a los gritos e insultos de los despiadados carretoneros cuyo lenguaje se complementa con los azotes que le dan a los famélicos caballos, que no pocas veces mueren a causa del desproporcionado esfuerzo. Ese zoo está ahí amigos y no hay que pagar por entrar”. Todos miraron a Watson con respeto y algunas preguntas palpitándoles en el alma.