Opinión

Lectura estructural de la coyuntura


Una lucha difícil pero no imposible (2)
Una lucha que parece difícil, percibida además como imposible por algunos sectores. No solamente por aquellos transculturizados, ideológicamente integrados al capitalismo, que favorecen la unilateralidad, sino también por algunos nacionalistas desmoralizados frente al inmenso poder económico-militar de Los Estados Unidos.
Porque a partir del desplome del socialismo real, Estados Unidos emerge como única e indiscutible potencia militar mundial, elevando su autoestima hasta el paroxismo, al grado de considerarse vencedor de la historia; y porque esta visión del imperio vencedor de la historia es compartida por no pocos gobiernos de los países altamente desarrollados y de los países periféricos, ambos reconociéndole de hecho la categoría espuria de estado universo, la hegemonía militar para ejercer la unilateralidad, que todos ellos asumen como inderrotable.
Y si bien una parte importante de los pueblos del capitalismo central se integra cada vez con mayor conciencia a la lucha militante contra la cadena neoliberalismo-globalización-unilateralidad, la mayoría de esos pueblos todavía asume como derecho natural el dominio imperialista del resto del mundo, cerrándose a la solidaridad internacional como norma de conducta, conservándola por el contrario como actitud asistencialista, fiel reflejo de la bien coordinada y centenaria política oficial de los gobiernos del Norte que la aplican al mínimo necesario para contener la insurrección de la periferia y retrasar al máximo el parto de la nueva civilización.
Una lucha pues también difícil para los pueblos del capitalismo central. Porque, incluyendo a los medios de comunicación más críticos --que los son precisamente en función de su preservación--, la prensa del Norte se encarga de reproducir el sistema capitalista promoviendo deliberadamente la transculturización de los pueblos de la periferia, vendiendo denodadamente su cultura como modelo universal, como producto de un proceso autónomo, de las propias cualidades del sistema --otra vez, como parte de la inercia de la historia-- y no como consecuencia de la inhumana explotación multisecular de las naciones del Sur.
Una cultura bien definida por los sociólogos como darwinismo social, basada en la riqueza como paradigma individual y la consecuente competencia despiadada entre los hombres que inexorablemente conduce a la exclusión del otro, el poder como medio de dominación entre los individuos, el derecho como institución al servicio de intereses económicos en contra de la justicia que está al servicio de los valores, el consumo mayormente suntuario y de desecho, la explotación irracional de los recursos naturales y la depredación ambiental, incluyendo la atmósfera. La vida al servicio de un presente sin futuro.
Y todo esto reproducido hasta el infinito en el campo de las relaciones internacionales, que, más que nunca antes, ahora integran al capital internacional como factor determinante, realmente codirigente, logrando que buena parte de los sectores productivos de las naciones del Sur continúen poniendo sus expectativas en los mercados del capitalismo desarrollado, y acentuando igualmente la dependencia del sector comercio de estas naciones, mayormente informal, paradójicamente.
No es, sin embargo, una lucha imposible. No sólo porque conforme a la dialéctica de la historia la actual escalada de la dominación imperialista agudiza las contradicciones con el resto del mundo, estimulando a su vez la necesidad de superarlas, sino también porque esta necesidad potencia los niveles de organización y la calidad de liderazgo de las luchas populares de los pueblos del Sur, apremiando la unidad o al menos la coordinación de sus movimientos de izquierda, en un ambiente de literal explosión de libertad al desaparecer el argumento represivo y omnipresente del anticomunismo.
Y también porque, por esta misma razón, por la dialéctica de la historia, ni la unipolaridad militar, ni la unilateralidad política con su tesis de guerra preventiva han podido impedir el avance acelerado de las potencias emergentes, todas del Sur, aunque incluye la recuperación del poder global de Rusia y de otras naciones de la extinta Unión Soviética.
Cada una actuando en el campo internacional con el denominador común de estar enfrentadas geopolíticamente a las potencias capitalistas, contra la unilateralidad, contra el espurio estado universo de Los Estados Unidos. Cada una con su propio ámbito geopolítico que por la naturaleza dialéctica de la lucha terminan entrelazándose entre sí a través de diferentes mecanismos, institucionales o de hecho, y todas coincidiendo, aunque luchando por su reforma, en Naciones Unidas, reivindicándola como verdadero foro de la multilateralidad. Pero con una particularidad, que una de ellas virtualmente ha alcanzado nivel de liderazgo natural.
Con una organización socialista diferente, anterior al derrumbe del socialismo real, en efecto, China ha logrado un espectacular y sostenido desarrollo económico que jala al resto de las potencias emergentes y que atrae con avidez al capital occidental, en primer lugar al norteamericano, y que por lo mismo no pueden enfrentarla abiertamente, aun cuando en términos geopolíticos es considerada una amenaza formidable para el capitalismo. Una realidad que la obliga a mayor escala que sus homólogas a ampliar y consolidar su inserción en el mercado internacional, estableciendo a la vez estrechas y cada vez más firmes relaciones político-ideológicas con el mayor número de naciones del mundo, en todas las latitudes.
Es precisamente este geométrico desarrollo de las potencias emergentes y su obligada interrelación geopolítica, entre sí y con el resto de las naciones del Sur, lo que incide con un peso determinante en la reestructuración de los movimientos de izquierda de estas naciones, en la coordinación de sus luchas en su propio país y regionalmente para superar las agravadas contradicciones geopolíticas con las potencias capitalistas, principalmente con los Estados Unidos.