Opinión

La vida sigue igual


Hace poco viajé nuevamente al
Diriá.
Este pueblo es un pedacito de leyenda escondido entre la laguna de Apoyo y Diriomo.
En lengua indígena significa “Tierra alta” o “Ciudad entre colinas”.
A la llegada de los conquistadores españoles a estas regiones, se encontraron con que existían diferentes tribus gobernadas por sus respectivos caciques. Una de ellas eran lo dirianes, de allí tomó su nombre el pueblo.
Hago esta referencia porque algunas personas no conocen bien la historia y la ubicación de los Pueblos Blancos, y realmente deberían darse una vuelta por esos lados, ya que tienen un enorme atractivo turístico y ecológico.
Diriá goza de un paisaje y un clima únicos, y me hace imaginar un cuadro de pintura primitivista donde el Señor se esmeró en pintar con acuarelas de exuberantes colores una bella laguna, arroyos y riachuelos, y le puso como fondo la señorial ciudad de Granada, el Lago Cocibolca y sus isletas, y para rematar su obra, enmarcó el perfil del volcán Momotombo dibujando en sus laderas el misterioso embrujo de una exótica vegetación.
Como les decía, el motivo de mi viaje fue despedir hacia su última morada a mi suegro, el señor Orlando Salas Ocón, quien fue un hombre bueno, de noble corazón y sentimientos profundos como mi esposo.
Él le tomó cariño a ese pueblo, a pesar que nació en Jinotepe. Llegó allí casi por curiosidad en sus años de adolescencia, y poco a poco le fue ganando el sentimiento ante la calidez de su gente y la calma que existe por esos pueblos donde el tiempo no tiene prisa en transcurrir, y en donde todo mundo se conoce porque están emparentados: los Sándigo, los Ruiz, los Pérez Arévalo, los Rivas, etc.
En esa placidez cotidiana, y en compañía de su esposa Juanita, al hogar de los Salas fueron llegando los hijos que pusieron la nota bulliciosa en cada rincón de esa gran casa solariega.
Don Orlando fue muy querido y lo nombraron Hijo Dilecto del Diriá porque contribuyó a su progreso fomentando obras de infraestructura.
A sus funerales asistió toda la gente que a través de tantos años lo vio salir a cantarle con guitarra en mano a la virgen María en las purísimas.
También lo recordarán porque en las tardes soñolientas ponía su estéreo con música clásica, donde las dulces notas del concierto 21 de Mozart, la fogosa ópera, Carmen de Bizet, o las violentas y apasionadas polonesas de Chapín, hacían vibrar de asombro al vecindario acostumbrado a los sones de toros de los chicheros en las fiestas patronales de San Pedro.
Les hago estas remembranzas porque, camino al cementerio, de la mano de mi esposo, iba hilvanando recuerdos, y cuando oí a los de la banda filarmónica que acompañaba el sepelio y tocaban música del recuerdo, me llamó la atención una canción conocida que en sus estrofas dice: “Siempre hay por quien vivir, a quien amar, al final las obras quedan, la gente se va, otros que vienen las continuarán, la vida sigue igual...”.
Pensé, ¡cómo pasan lo años! ¡Cómo vamos dejando en el camino los mejores momentos de nuestra existencia!
A veces no nos damos cuenta (por el necio afán de preocuparnos por el futuro) que, el presente se nos escapa como agua entre los dedos y no vuelve jamás...
Hay que aprender a vivir para poder morir serenamente y en paz, como lo hizo don Orlando Salas.
De qué sirve el afán de sobresalir y atesorar riquezas y poder a costa del oprimido, del pobre y del que sufre...
Actualmente vivimos en un mundo tan contaminado donde los valores espirituales, morales y sociales están tan podridos como las frutas que se desechan en los mercados.
Estoy segura que las obras buenas que hagamos en este mundo tendrán su recompensa, y cuando ya nos hayamos ido, otros vendrán a continuarlas...
Mientras tanto, la vida seguirá siendo igual...

Miriam Salas, Matagalpa.
Avenida de los Bancos
Matagalpa
Telf.: 772-120