Opinión

Retando al miedo


Tengo ante mí la imagen de un niño. La enfermera que la va a poner la inyección le acaba de decir una de las órdenes más machistas que hay: “Los hombres no lloran”. Pero el niño se la toma en serio, y aguanta la punzada cerrando la boca, no así los párpados. Los cachetes se le inflan y le caen por ellos dos ojos de agua sin gemido. Tiene las pupilas brillantes, pero alza la mirada a la enfermera, en un gesto de enfado y valentía, apretando los dientes, como retando el miedo que ella le supone. En cierto modo, le mira tan de frente porque sabe que le ha ganado la partida, aunque esté llorando en silencio.
Hoy he hablado con Leonel, ya saben, el amigo que está enfrentando sus ciclos de quimioterapia. Le pregunto cómo va el proceso y él me habla de Nicaragua, y me la divide por sectores: salud, educación, transporte, etc. Pero yo le vuelvo a preguntar: `¿Y vos cómo estás?´ Y él, como si le interrumpiera, como si no fuera importante, contesta deprisa: `¡Bien, bien, pues estamos vivos gracias a Dios!´ Y entonces, cae en la cuenta, y me empieza a explicar cómo su cuerpo empieza a responder a la quimioterapia, sus conversaciones con la gente que le puede ayudar, sus conversaciones con las instituciones y las personas del gobierno con las que ha hablado. Lo cuenta como una estrategia de combate, dispuesto a organizar todos los miembros de su cuerpo para una batalla contra el cáncer.
Él da las gracias, y de paso yo también. No a las instituciones, ni siquiera a las personas del gobierno, con las que él muestra una comprensión muy grande. Sino a un mujer llamada Blanca, que está pendiente de él, o a otra mujer llamada Alba Luz, que pasó por su casa un día, o a un hombre llamado Gilberto que le guardó un medicamento, a Yasmina y a tantos otros que han dado un poco y tanto. Son personas, una detrás de otra, que han estado detrás para que pueda terminar los ciclos y a las que agradecemos su apoyo aunque no pueda nombrarlas a todas. Leonel se ha entregado siempre a causas como la suya, pero para otros. Y ahora son otros, tal vez casi los mismos, los que entregaron su grano por él. Hasta ahí todo esta historia tiene sentido.
Donde se diluye todo, donde empieza a ser incomprensible es cuando hablamos del gobierno, las autoridades de salud y del sistema de seguridad social. No sólo de los actuales, pero también. La ministra entró con la buena voluntad de la gratuidad de los servicios de salud, lo cual era necesario. Pero, desgraciadamente, esa gratuidad, a pesar de todo, no llega a los casos graves, es decir, aquellos casos en su mayoría cuando la gratuidad podría salvar definitivamente una vida al borde de un lado y otro. Si el sistema de salud no puede cubrir esa brecha, es un fracaso.
A Leonel, un amigo de las esferas del poder actual en Nicaragua le dice que todo tiene que ir poco a poco. Leonel confía que así será. Es “consciente”, según me asegura, que los cambios no pueden ser fulminantes. Le dijeron que en unos meses se podría conseguir algo de quimioterapia gratis, trayéndola del exterior. “En unos meses”, contestó él, con todo el cariño y el respeto, “yo me he muerto esperando”.
El Ministerio de Salud pone la gratuidad, pero tiene una puerta trancada para conseguir medicamentos genéricos más baratos, y fue el mismo FSLN que en la Asamblea, a pesar de saber las consecuencias nefastas del Cafta sobre la salud, decidió (¿a cambio de qué?) dejar que pasara el Cafta, y eso después de afirmar mil veces que no lo haría. El Cafta, entre otras cosas, dificulta en un alto grado la posibilidad de que Nicaragua importe medicamentos genéricos de India para enfermedades infecciosas, sin enfrentarse a un contencioso legal que puede retrasar aún más la obtención de los fármacos, y se tendrá que ver obligado a negociar (como hace incluso hasta Brasil) con las multinacionales farmacéuticas el precio de cada fármaco.
A Leonel le han dicho prácticamente que “de su enfermedad sólo se tratan los ricos, o los pobres con la ayuda de los pobres”. Es cierto. Pero precisamente por ser así, en Nicaragua se está violando el derecho humano más básico: el de la vida, y esta violación por omisión la comete el Estado al no ejecutar su obligación de salvaguardar la vida humana que está en peligro a través de los servicios de salud en la medida de lo posible. Y la historia no muy lejana del país demuestra que la medida de lo posible es mayor que la actual.
Se dice que en el Minsa la casa se está barriendo desde abajo. Hacía falta, pero desde abajo debería significar también que la gratuidad en salud vaya a cubrir precisamente aquellas enfermedades graves, infecciosas, o crónicas de las que la gente se muere, y que el Minsa no tiene capacidad de cubrir. Se podría decir que hoy eso es una utopía. Pero hay cada vez una impotencia dolorosa y diaria de más amigos de todos nosotros con la misma angustia de no poder pagar un tratamiento que le prolongaría la vida. A veces los problemas económicos, familiares y sicológicos se manifiestan con la cara más amarga: la de la enfermedad. Es como si los problemas decidieran traducirse por sí mismos en un gran daño al cuerpo, un grito de problemas agudos y silenciosos en lo que oculta la piel de una persona.
En Nicaragua, la gente, y no el Minsa, soporta el dolor retando al miedo, como el niño que extiende su brazo y tengo ante mí, y que se le salen dos lágrimas rotundas y orgullosas de resistencia. En cierta medida, mucha gente en Nicaragua le ha ganado la partida al dolor cuando no hay suficiente anestesia para mitigarlo. Pero no es justo este dolor. Podría evitarse en gran parte. En los últimos años hay algo que huele siempre a podrido en el manejo de algunos médicos con algunos pacientes, y ese itinerario confuso y extraño que existe entre lo público y lo privado. Es cierto que el médico requiere de un salario más digno, pero también el paciente de una atención mejor. Esto, por supuesto, no es una generalización, porque si hay vocación en Nicaragua, está en el mundo de la salud, donde el que se hace médico es por la pura vocación de serlo, a sabiendas que se enfrenta a una frustración por falta de medios y problemas de acceso. Realmente no es una manera fácil de ganar dinero.
Habría que rascar un poco igualmente en lo que ocurre con algunos tratamientos en el país, donde algo también huele a podrido. Habría que mirar hacia la fuente de quimioterapias, dónde están, y la historia de la administración de la quimioterapia en este país para una de las enfermedades más graves y mortales que existen. A veces se da, a veces no, mediante donaciones. Y así ocurre con otros tratamientos.
Pero los graves problemas de salud no se van a arreglar tan sólo con la equiparación salarial, ni con que el Minsa haga gratuitos medicamentos en las pobres farmacias de los pobres hospitales, si cuando llegan las personas en estado grave el Minsa les dice adiós si no pueden pagar el precio que su vida adquiere en esos momentos. No es una cuestión que se pueda resolver lentamente, hay que poner manos a la obra en una solución drástica desde ya, con toda la energía, porque todo este tiempo que está pasando ya es tarde para mucha gente, gente que se nos va y a las que sólo les vemos la espalda tras el No injusto que reciben en la puerta de los hospitales públicos. Y se les ve luchando solos, simplemente porque han nacido acá, porque no tienen un apellido que les saque de apuros ni una cuenta que les respalde. Y se quedan solos retando el miedo a una sola partida. ¿Puede haber muchas otras prioridades para un gobierno que estén por encima de ésta? El gobierno también tendría que retar al miedo de no poder afrontar lo que es su deber para todos los nuestros que luchan solos.

franciscosancho@hotmail.com