Opinión

“Malinche”, una mujer víctima de su tiempo y del nuestro


La historia escrita y contada, como todos sabemos, no deja de ser una construcción arbitraria de sus actores(as), es un producto humano lleno de subjetividades, a pesar de las reiteradas intencionalidades formales de sujetarse al rigor científico, tiene infaltablemente la dinámica de la vida social, con sus prejuicios e intereses, sus omisiones y agregados. Por eso, la llamada novela histórica, que no es ni total ficción ni total verdad, tiene la virtud de recrear lo que no sabemos y apenas sospechamos a partir de los hechos que siempre pueden ser vistos desde ópticas diversas. Las hipótesis de uno u otro pueden dispararse o disiparte en cualquier rumbo según se quiera. Siempre habrá argumentos para exponer las cosas de una u otra manera, para condenar a algunos(as) y ensalzar a otras(os).
La historia, en uno más de sus desaciertos o incomprensiones, ha sido quizás injusta con aquella mujer de nombre Malinali Tenepatl (1502-1529), bautizada por los “conquistadores españoles” como Marina y apodada “Malinche”, nombre que se deriva de Malintzine (amo de doña Marina), formado por su nombre original y los sufijos –tzin (de respeto) y –e (de posesión), así le llamaron los mexicas al conquistador Hernán Cortés(1485-1547), porque era el dueño de Marina, la mujer originaria de aquellas tierras, hecha esclava y cedida por los caciques de Tabasco, junto a otras 19 jóvenes, como tributo obligado un 15 de marzo de 1519, a los 17 años, después mujer del Capitán, que hablaba náhuatl, maya y aprendió el español y fue, tal y como escribe Bernal Díaz del Castillo (1492-1584): “en todas las guerras de Nueva España, Tlascala y México tan excelente mujer y buena lengua… a esta causa la traía siempre Cortés consigo”.
Del apodo que le han puesto, “Malinche”, se han derivado las palabras: a) malinchismo y b) malinchista, que el Diccionario de la Real Academia Española (XXII edición, 2001) recoge con los siguientes significados:
a) m. Actitud de quien muestra apego a lo extranjero con menosprecio de lo propio y
b) Adj. Que muestra apego a lo extranjero con menosprecio de lo propio. El malinchismo es un adjetivo peyorativo que tiene un énfasis despreciable ante esta actitud del individuo.
La mujer, Malinali, Marina, “Malinche”, es, desde el uso del término en el lenguaje, desde el significado que la historia le ha atribuido, la encarnación de la traición, el apego a lo extranjero, el menosprecio a lo propio, la complicidad con el invasor. Para su defensa, para explicar su comportamiento, muy pocos apelan, ha sido condenada sin buscar las condiciones que la llevaron a hacer lo que hizo, ¿tuvo otra alternativa acaso? ¿Cuáles fueron sus circunstancias?
La escritora Laura Esquivel (México, 1950) en su novela “Malinche” (marzo 2006), busca, como ella misma lo confiesa: “respuestas a sus preguntas ¿Cómo era la Malinche? ¿Qué pensaba? ¿Qué sabía? ¿Qué ideas la acompañaban?” En esa reconstrucción histórica, la mujer ha sido puesta a hablar y revelar mediante el diálogo la intensidad de sus actos, sus reflexiones. Creyó, como los de aquella época, que quienes llegaron por el mar eran los enviados de Quetzacoatl que prometió regresar, que Cortés era la encarnación misma de aquel dios, o al menos su enviado, que se pondría fin a los sacrificios humanos tan terribles de los aztecas. Homologó sus dioses y ritos con aquellos que éstos traían, vio que la que aquellos llamaban la Virgen María no era más que Tonatzin, la deidad femenina, la madre. En su propia realidad de joven inteligente, que fue tantas veces regalada o vendida por su propia madre o cedida por imposición de los ganadores en las guerras, que había rodado y buscado cómo sobrevivir en la adversidad, fue dada como esclava a los extraños visitantes. Su alma de niña-mujer encontró en los ojos del Conquistador algo que la cautivó, descubrió el amor y tuvo temor, lloró en su soledad y buscó refugio, se encontró desarraigada de su origen y creyó que lo nuevo era mejor, más vinculado al origen de su pueblo en Tula, en los tiempos de Quetzacoatl.
Aprendió a manejar los símbolos, los sonidos y la información, “fue la lengua” a través de la cual habló Cortés a los nobles de Cholula que encerró entre las murallas del templo antes de matar por haber descubierto que éstos le preparaban una emboscada a traición. A través de ella habló a Moctezuma… mientras veía con dolor e impotencia el derrumbe de los suyos, los mismos que la vendieron a los mayas cuando sólo era una niña. ¿Qué era lo suyo? Ella tradujo y en sus palabras expresó el sentido de las palabras del otro. ¡Está cansada de ser su reflejo y renunciar a ser ella!
Fue descubriendo que aquellos extraños no eran dioses, sino hombres que morían y mataban despiadadamente, no supo qué hacer con esa verdad que la angustiaba, “su libertad” y su vida estaba ahora allí, un hijo salió de su vientre, un hijo de Cortés, y después una hija, una hija de Juan Jaramillo, el hombre a quien el Conquistador la entregó sin pedirle consentimiento para que le diera un nombre, una familia y “la libertad” que no tuvo vida para “disfrutar”, ya que apenas a los 27 años murió.
Hay aquí una mujer “que quiere las cosas más simples del mundo”, entrampada entre el poder, sometida por la fuerza despiadada de la autoridad de sus reyes y la ambición desmedida de los conquistadores. ¿A quién le importaba su parecer? ¿Cuál era el sentido de su vida? ¿Pudo ella cambiar la historia o simplemente la historia la arrastró tal y como incendió, saqueó y desapareció a la gran Tenochtitlán un 13 de agosto de 1521 con el exterminio de su gente? Una ciudad con nombre de mujer bajo el dominio del poder masculino que no tuvo otra oportunidad que la de ahogarse en el lago que la rodeaba.
“La boca, como principio femenino, como espacio vacío, como cavidad, era el mejor lugar para que las palabras se generaran y la lengua, principio masculino, puntiaguda, afilada, fálica, era la indicada para introducir la palabra creada, ese universo de información, en otras mentes, para que ahí fecundara”.
Laura Esquivel, “Malinche”.

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