Opinión

El aborto: entre la vida y la muerte


Debatir sobre un tema tan sensible como el aborto, y aún más, hacerlo en la arena pública, donde queremos sentar nuestras posiciones, generalmente tan divergentes, es un legítimo derecho ciudadano, propio de una sociedad que se precia de democrática y pluralista. Una sociedad que se funda en los más altos valores humanos, de respeto y dignidad de las personas, no puede manejar a la ligera ni mucho menos manipular ideológicamente un tema que atraviesa tanto la moral personal como la social. Es por esta razón que creo muy conveniente y necesario que se amplíen los debates sobre el tema del aborto y sus modalidades a diversos niveles, y con la participación de voces autorizadas en materia de medicina, derecho, religión y política. La Iglesia ha extendido su invitación y ha declarado su posición, las universidades y otras diversas instituciones sociales deben también hacer lo propio.

El derecho a la vida
En la Carta Europea de los Derechos de la Infancia, emitida bajo resolución el 6 de octubre de 1979 por la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, se afirma sin ningún paliativo “que se reconozca el derecho del niño a la vida desde el momento de su concepción”.
Sobre el mismo tema debemos decir que las Sociedades Europeas de Derecho Médico se suman a esta iniciativa reconociendo el incuestionable dato científico de que la concepción implica el comienzo biológico de cada individuo humano, y por lo tanto, propician que ese momento sea también el inicio de los derechos: “Verificándose el evento del nacimiento, los derechos se entienden adquiridos desde el momento de la concepción”.
Éstas y otras razones jurídicas advierten la preponderancia del tema en Europa y concilian con un asunto de fondo: el principio fundamental de preservar la vida humana. Pero, ¿sólo la sociedad europea debe estar a esta altura de un debate ético y moral? ¿Acaso en nuestro país, con su pobreza y subdesarrollo tercermundista, la vida vale un chelín y tiene menos dignidad que en Europa u otra área del mundo? Cuando se ha citado a Europa y la modernidad para enarbolar la bandera pro abortista en Nicaragua aduciendo un retroceso de un siglo en el tema de la penalización del aborto, no se han planteado bien los enfoques ni los diversos aspectos que han debido de considerarse sobre un asunto tan candente y erizante como el aborto en la sociedad europea. Pero no tenemos que ir tan lejos, nosotros tenemos la capacidad espiritual y la conciencia moral suficiente para plantearnos el tema de una manera saludable y respetuosa, y sin que ello afecte nuestra moralidad de forma negativa. Si en el aborto se debate la vida o la muerte; en cualquiera de sus modalidades o casuística, con mayor razón, los diversos sectores de la sociedad civil y la legislación nicaragüense deben ponderar su juicio a favor y en defensa de la vida humana con ética y altura moral.

La ética médica
Los códigos deontológicos desde la antigüedad advierten una irrestricta protección de la vida humana, la que implica la prohibición del aborto.
El clásico juramento hipocrático. Los consejos de Esculapio, el sermón de Asaph (siglo VI), los preceptos poshipocráticos, los códigos medievales, la Plegaria del Médico, las Normas de Federico II.
En el contexto histórico actual, los códigos en vigencia, tanto de Occidente como de Oriente, tienen un consenso universal; la Declaración de Ginebra de 1948 de la Asociación Médica que dice: “Guardaré el máximo respeto hacia la vida humana desde el momento de su concepción”. El Código Deontológico Español afirma que “el médico está obligado a respetar la vida humana en gestación”. El Código de los Médicos Alemanes (1970) dice: “Por principio, el médico está obligado a respetar la vida humana en gestación”. En el nuevo (1976) la promesa contiene que: “Dispensaré a cada vida humana, desde su concepción, un profundo respeto”.
Muchos países han avanzado en el abordaje del tema del aborto, a partir de una conciencia universal sobre el respeto que infunde la praxis médica, y es desde esta perspectiva que podemos vislumbrar un acercamiento de diálogo, de entendimiento y de ablandar posiciones endurecidas. Me parece que la palabra del cardenal Obando en torno a un acercamiento de posiciones sobre el aborto terapéutico y la posterior invitación de la Conferencia Episcopal de Nicaragua están en la línea de debatir, desde las diversas ciencias humanas, un tema que nos atañe a todos por igual.
Existen normativas específicas para “situaciones límites” en los códigos civiles de algunos países y en las que se deja explícitamente establecida la independencia profesional del médico en su vertiente ético-deontológica y libertad de conciencia. Está el código francés, el código italiano, los dos códigos alemanes y el código belga. Todos estos códigos posibilitan la objeción de conciencia del profesional médico. No podemos permitir que los códigos de ética médica no estén expuestos al atropello de normativas foráneas, sin embargo, es necesario que los legisladores no pierdan de vista dos cuestiones fundamentales: el respeto a la conciencia individual de los profesionales de la Medicina y discurrir jurídicamente a la luz y de acuerdo con la respetada y universal deontología médica.

El problema moral
Reducir el derecho al aborto a un asunto meramente jurídico o político es empobrecer la visión y la concepción de la vida humana en su conjunto, y más aún, centrarlo en el momento del origen de la vida es biologizar lo humano.
El ser humano es mucho más que materia, es ante todo persona, y como tal posee una estructura moral que lo hace responder de una manera diferente a la realidad, a fin de dar cuenta de ella de manera libre y consciente. Por ello se requiere clarificar los problemas morales involucrados en el aborto y ofrecer algún tipo de respuestas racionales.
La Corte Suprema o la Asamblea Nacional pueden legalizar el aborto o penalizarlo, pero no pueden cambiar el carácter moral del aborto por un decreto. De igual modo que no se puede hacer moralmente aceptable la esclavitud, la segregación o la discriminación de ciertos grupos de personas, el aborto es moralmente ilícito en su naturaleza.
La ley moral es racional y nunca nos obliga a obrar contra nuestra razón. Los avances en la obstetricia han eliminado muchos casos dramáticos, en lo que se daba un verdadero conflicto entre la vida de la madre y la del feto, por eso es imperativo dar respuestas más de fondo que de formas. Por otro lado, impedir la posibilidad de actuar libre y responsablemente sobre un proceso (como la vida en formación) que es consecuencia de una acción humana, (acto moral) es negar la capacidad que tienen los seres humanos de regular aquello que ellos mismos van creando: las relaciones interpersonales, las regulaciones sociales.
Existe en algunos países una solución jurídica conocida como Ley de Plazos, en la que quien decide es sólo la mujer, pero bajo una clara conciencia de maternidad responsable y una serie de medidas usadas y difundidas antes de optar por el aborto. Sin embargo, ésta es la última garantía jurídica de una sociedad para asegurar a todas las mujeres una maternidad deseada. Esta alternativa permite preservar plenamente el derecho a una maternidad responsable, sin que la decisión de la mujer se vea empañada por subterfugios, sino que sea el pleno ejercicio de su libertad y conciencia moral.

∗El autor es Director del CIELAC-UPOLI