Opinión

Gobierno clerical con máscara izquierdista


Los apasionamientos durante situaciones conflictivas en el orden político, como ahora está sucediendo, obnubilan su trasfondo ideológico. Se habla de un gobierno errático, autoritario, con sello de izquierda y burlador de la legalidad constitucional, y todo es cierto, pero, ¿qué hay detrás de todo esto y cuál es su instrumento ideológico real?
Los partidarios de Rosario Murillo, y los críticos de su comportamiento desde el poder, parecen haberse centrado en lo superficial, como en su heterodoxa conducta de “primera dama”, opuesta a las pasivas o mediocres a las cuales nos habían acostumbrado. Causan críticas también su forma de vestir y su hegemonía, que van más allá de la acera de su casa y hasta de lo legal.
Pero Murillo es algo más que una quebrantadora de esquemas. Ella inspira, diseña y ejecuta la ofensiva ideológica reaccionaria desde un poder tenido por revolucionario, lo cual se disfraza con el excesivo uso del color y sus abundantes adminículos que le dan una imagen personal irrepetible. Pero eso es lo trivial, lo externo, lo que oculta el fondo de su actuación política.
Daniel Ortega y su esposa son figuras centrales de la contrarrevolución ideológica en el Frente Sandinista y el gobierno, los rostros visibles de una nueva burguesía económica en busca de una justificación ideológica. Veamos: comenzaron con la marginación de las concepciones marxistas para el análisis de los fenómenos naturales y sociales, y en buscarles una explicación a través de la astrología. No digo que fueran grandes marxistas, sino que no pudieron o no quisieron adoptar la concepción marxista para su actividad política. (Creo, se puede ser revolucionario sin ser marxista, pero sin el marxismo, ese revolucionario está más cerca del aventurero y más proclive a su conversión en cualquier otra cosa).
Luego cortaron su relación con los exponentes de la Teología de la Liberación, identificados con el proyecto revolucionario, quienes han utilizado el marxismo como instrumento de análisis, encontraron que entre religión y revolución no hay contradicción y lo demostraron en la práctica. A cambio, adoptaron las posiciones político-ideológicas de la tendencia vaticanista de la Iglesia Católica, representada por el cardenal Miguel Obando. Es decir, se aliaron al sector fundamentalista de la religión católica, comparsa histórica de la derecha.
Desde la adopción a ciegas --vale decir, con fe, que es lo mismo, o por cálculo-- de los dogmas y los ritos religiosos católicos, comenzaron a hacer pública su nueva práctica religiosa católica y los registros gráficos de sus visitas al cardenal Obando, de las misas oficiadas para su familia (el miércoles pasado recibieron en la frente la ceniza de manos de Obando). El proceso hacia la conversión religiosa llegó a su madurez con su matrimonio, y sacaron este asunto privado al ámbito público. Adaptaron el lenguaje cristiano católico al discurso político partidario; adornan las tribunas del Frente con la simbología católica y juntan en el mismo escenario los iconos religiosos con Sandino, su pariente “inevitable”. La purísima Concepción de María y Santo Domingo, Sandino y Carlos Fonseca, una simbiosis inverosímil que incluye invocaciones a Dios de los oradores sagrados y del orador oficial de siempre, Daniel Ortega.
Esta relación iglesia-partido es orientada y dirigida desde El Carmen hacia los alcaldes orteguistas, quienes hacen que sus alcaldías asuman parte de los gastos de las actividades religiosas parroquiales. Compartieron la cruzada contra el aborto terapéutico de la iglesia y la derecha, y utilizaron todos sus medios para difundir un discurso más radicalmente oscurantista. Esta práctica es una de las más claras violaciones a la Constitución Política, la que establece el principio de laicidad del Estado de forma tajante: el Estado no tiene religión oficial.
Ortega es el conductor político de la nueva burguesía y Murillo es su ideóloga. Como burguesía emergente, defienden sus privilegios, y para acallar en la conciencia las viejas ideas socializantes se revisten de cristianos. Con la ofensiva abren su espacio ideológico para su nuevo espacio económico. O, de otra forma, dan una justificación ideológica a su nueva condición social. Para ello, buscan las ventajas adormecedoras que la práctica de los ritos y dogmas católicos le ha dado tradicionalmente a la iglesia. Su mensaje político-religioso es su instrumento ideológico dominador de la conciencia de la militancia del FSLN, en primer término.
No por otra razón, Murillo hace de la invocación de un cura el primer punto de todo acto político partidario. Ella mezcla en el discurso lo religioso con lo político, y sus alusiones constantes a Dios compiten con la invocación del sacerdote. Daniel hace lo mismo, de forma que ambos hacen sentirse a su auditorio más en una iglesia que en un mitin político. Los documentos oficiales tienen el mismo mensaje; el más reciente, el “Mensaje a los Comunicadores” --preámbulo de su “Política de Comunicación”-- lo confirma, al decir: “Con la bendición de Dios, a quien invocamos a diario, para pedir salud y fuerza para nuestra familia nicaragüense”, lo cual no difiere del mensaje episcopal.
¿Qué buscan con esto? Hacer ver y sentir a sus partidarios que ellos --el matrimonio Ortega-Murillo-- son portadores del mensaje de redención cristiana y social para que les parezca inútil su propio accionar político y esperen las soluciones de sus problemas de parte de los predestinados por Dios para ser redimidos, los cuales, no por casualidad, cuentan con el apoyo de su Cardenal.
El FSLN orteguista dejó de convocar a sus partidarios para las acciones por alguna reivindicación social durante los últimos tiempos (aparte de las asonadas estudiantiles, que también suplantan la acción popular), sustituyéndolas con las intrigas y pactos de cúpulas. Sus convocatorias las redujeron a los aniversarios, en donde sigue el círculo político-religioso, y los participantes se limitan a oír y ovacionar. Esta manipulación de las bases tiene su propio icono en Daniel. La consigna “el pueblo presidente” es su elevación a la categoría religiosa de predestinado a representar al pueblo y fundirse con él: el pueblo es presidente, el presidente es el pueblo.
Murillo no es sólo la animadora del coro parroquial; ella tiene su propio lugar en el altar de su propaganda y sus consignas: “Con el FSLN y Daniel las mujeres somos presidentas”, “Con Daniel, las mujeres mandamos” y “El Frente Sandinista respeta los derechos de la mujer”. Basta rasgar un poco estas mentiras para descubrir verdades: la mujer presidenta es Rosario, no las mujeres en abstracto; la mujer que en Nicaragua tiene poder es ella; la forma de cómo el orteguismo respeta a la mujer está en la penalización del aborto terapéutico.
Lógicamente, no trabajan solos; antiguos revolucionarios sandinistas forman su equipo para el manejo de los distintos frentes (el internacional es vital para mantener la máscara de izquierda) y el control de su militancia; ellos tienen también su interés económico como miembros de la nueva clase. Pero si usted no cree que hay un objetivo detrás de la iniciativa reaccionaria-clerical, siéntese a esperar la quinta candidatura presidencial de Daniel Ortega, y no se preocupe… ¡porque también será por la voluntad de Dios!