Opinión

Lectura estructural de la coyuntura


La coyuntura actual (1)
El derrumbe de la Unión Soviética dio al traste con el equilibrio internacional bipolar y colocó al mundo frente a una nueva encrucijada histórica. Una encrucijada que algunos autores califican de «parto de una nueva civilización», expresión que probablemente define mejor que ninguna otra la actual crisis de la humanidad.
Y aunque este derrumbe se llevó consigo al socialismo real, no fue una derrota ideológica del socialismo, en el campo de las ideas, sino una implosión sistémica producto de la concurrencia de varios factores negativos, en forma recurrente, quizás a partir de 1960, imputables a la pésima conducción política del liderazgo comunista de la Unión Soviética, líder indiscutible del socialismo real. Un liderazgo que primero hipotecó el gran salto que la revolución rusa significó para la humanidad, y que finalmente terminó malbaratándolo frente al capitalismo, dejando sin retaguardia estratégica a los movimientos socialistas del resto del mundo. Desde entonces todas las naciones se baten entre la unilateralidad político-ideológica, basada en la fuerza, impuesta por la unipolaridad militar, y la multilateralidad cimentada en el derecho internacional.
Una contradicción antagónica, superable in extremis por la fuerza, por la guerra generalizada en que pueden derivar las actuales agresiones militares, principalmente en Asia, sumadas a las permanentes amenazas de agresión del capitalismo en el mundo. Un riesgo que sólo puede evitarse a través de negociaciones político-diplomáticas en el marco del derecho internacional, empezando por la solución inmediata de las agresiones militares en curso. Dar un gigantesco salto cualitativo en la historia, apoyado en el inusitado avance científico-técnico alcanzado por la humanidad, o regresar a la barbarie son las alternativas que hoy día enfrenta el mundo, que define el escenario de la actual lucha internacional.
Por una parte el unilateralismo como expresión del sobreviviente sistema capitalista y su líder natural, los Estados Unidos, que se asienta y se reproduce en la dominación, la represión, la explotación, la exclusión y la discriminación en todas sus formas sobre el resto del mundo, y que ilusamente pretende perpetuarse con la más tiránica de todas las tesis geopolíticas: la guerra preventiva. Por la otra, el nuevo multilateralismo, que persigue en primer término el reencuentro del equilibrio global, basado en la soberanía plena y la igualdad jurídica de los estados, el respeto a la identidad cultural de cada nación, la solidaridad internacional como norma de convivencia mundial y la distribución equitativa de la riqueza universal a través de múltiples polos de desarrollo económico-multinacionales, en cada región.
La mayoría de estos polos económicos se encuentran en marcha y en proceso de integración política, a lo interno de cada uno y entre sí. Dos categorías determinantes de la nueva multilateralidad: políticamente multipolar, en contraposición a la unipolaridad militar; y económicamente multirregional, en contraposición a la dominación económica del Norte. Ésta es precisamente la base de la lucha por el restablecimiento del equilibrio geopolítico global, para contener al capitalismo y finalmente para transformarlo radicalmente, dando a luz a la nueva civilización.
Pero, aunque se da en el ámbito geopolítico, porque es ahí donde se expresa la contradicción, esta lucha está planteada como siempre en términos ideológicos contrapuestos. Los tradicionales pero endurecidos del capitalismo, que ahora reivindica sus fundamentos más arcaicos para justificar la explotación humana con el antiguo argumento de la eficiencia mecánica del mercado; y los tradicionales del socialismo que también han regresado a sus bases primigenias, a la liberación humana como único objetivo del Estado y de su integración a un orden internacional. Una lucha que obligadamente restablece la unidad del Norte frente al Sur, y que igualmente replantea la necesidad de la unidad de los pueblos del Sur.
En el caso del Norte porque con el derrumbe del socialismo real se afianzó el modelo económico neoliberal, basado en la privatización de todo quehacer humano, incluyendo el Estado. Entonces se aceleró su aplicación a niveles insospechados, presentándolo como fuerza económica autónoma e indetenible a escala universal del capital internacional, y dándole con este propósito la envoltura conceptual de globalización para expresar que es un movimiento determinista, consecuencia fatal de la inercia de la historia, al margen de la justicia y de la ética, para justificar su implementación por la fuerza o la amenaza del uso de la fuerza.
Y en el caso del Sur, porque una vez diluidas las contradicciones entre las naciones del Norte frente al socialismo real, que inducían a las europeas a mantener respecto a ellas un enfoque distinto al de los Estados Unidos, estas naciones sólo tienen la opción de su unidad para hacer causa común en el necesario enfrentamiento a la unilateralidad, que es la superestructura del neoliberalismo-globalización.
En otras palabras, la verdadera lucha es contra la unilateralidad, que es la superestructura del espurio estado universo, de la dictadura global de los Estados Unidos sobre el resto del mundo, sólidamente sustentada en los instrumentos del neoliberalismo-globalización. Un verdadero problema, porque a los pueblos les resulta un ejercicio teórico despreciable correlacionar el brutal impacto de las políticas neoliberales que sufren cotidianamente con la causa última de la unilateralidad.
Sin negar pues su importancia y a veces hasta la necesidad de su priorización, la lucha no puede ni debe reducirse a los medios de dominación de la unilateralidad, al neoliberalismo-globalización, menos aún a integrarse a quienes la reducen a humanizarla precisamente para mediatizarla.