Opinión

Las peñas de los setenta


A mediados de los setenta, las peñas culturales en el corazón de París solían congregar a una cantidad asombrosa de gente perdida en el exilio. Chilenos, argentinos y uruguayos se reunían alrededor de un asado y una guitarra para levantar el ánimo, y sobre todo conservar la práctica militante que tanto había espantado a las dictaduras sudamericanas. Los comités de solidaridad representaban la continuidad del núcleo, la afirmación de una identidad política y la expresión humanista de miles de hombres y mujeres que habían estado a un pelo de cambiar la vida. Para otros, recién salidos de las cárceles, eran un espacio en el que podían sanar sus heridas en todos los sentidos de la palabra, y en fin, para los franceses de la izquierda progresista se trataba de estrechar lazos culturales e ideológicos en un contexto atormentado donde los gobiernos europeos no estaban exentos de toda culpa en el drama de América Latina. A veces, el propósito era compartir información. Es así que la única vez que pude comunicarme por teléfono con mi abuela en Argentina, fue cuando mi padre se enteró que en una cabina de una estación del subterráneo se podía hacer llamadas a toda América sin pagar un centavo. El espectáculo valía la pena: de cuatro cabinas, tres estaban desocupadas y la otra tenía una fila que subía las gradas del metro y llegaba hasta la calle. Por supuesto, al día siguiente la compañía telefónica arreglaba el “desperfecto” y los que habían llegado tarde no tenían más remedio que esperar la próxima oportunidad.
En las peñas culturales participaban artistas de renombre que también extrañaban a su país. Recuerdo haber presenciado una noche el concierto del gran cantante español Paco Ibáñez, eterno perseguido por el franquismo, y de Mercedes Sosa, la maravillosa voz de la pampa argentina. Las canciones de lucha eran el mejor estimulante en tiempos oscuros. El debate se prolongaba y no faltaban las polémicas, como cuando activistas trotskistas irrumpieron en un mitin y hubo que negociar con ellos su participación, pues la mayoría de los comités tendían a coordinarse mayormente con el Partido Comunista Francés, de postura estalinista.
En cada peña el ritual se repetía. Los desterrados sentían que rompían con el exilio, y que mientras duraba la fiesta, las copas de vino tinto, aquel jardín, aquel patio o aquella sala de teatro, era un pequeño trozo de su país que habían llevado consigo.