Opinión

¡Por el total derecho a la reelección!


La no-reelección es un total adefesio democrático, político, ético y sobre todo filosófico. Contradice a toda filosofía de Estado y es una vergonzosa declaración de bancarrota moral. Pondré la más pesada de mis objeciones primero.
Hay un gran consenso filosófico sobre el estado nacional democrático. Este consenso era y es resultado de experiencias, discusiones y luchas centenarias en contra del feudalismo nepótico, arbitrario, antipopular y exclusivo. Este consenso dice que todos somos seres moralmente aptos, moralmente íntegros, con igual derecho y en un solo tenor positivos y respetuosos con los requerimientos de la comunidad social general del estado en cuestión. Ésta era y es la base de todo estado-nación, o no había y hay estado-nación.
Por lo tanto es totalmente inaceptable la suposición de lo contrario, que seamos algunos desgraciados todos, algunos moralmente ineptos, quienes, sin sentido común alguno, no podamos acercarnos a una responsabilidad cívica sin hacer daños a los demás en beneficio propio. Esta proyección de una autoimagen recae sobre quien la proyecta. Por lo tanto la no-reelección es una quiebra ética oscurantista –-en el caso mejor, una total inmadurez política.
Claro está, que el ideal de la democracia burguesa carece del criterio sobre la desigualdad económica y sobre la exclusividad discriminatoria de la propiedad privada. Es de allí que se derivan los abusos y corrupciones de poder.
No es un argumento matón, como alguien dijo en este diario, aquel argumento, que se trate de una decisión soberana del pueblo, sobre quién le va a representar en el poder. O todo poder emana del pueblo o no lo hace. El consenso de todas las constituciones cívicas, derivadas de las revoluciones democráticas burguesas, dice que emana todo poder del pueblo. Si uno quiere estado-nación sin este precepto inalterable, está pidiendo algo así como agua seca. No hay concepto en el universo de la democracia burguesa que pueda prescribir al pueblo para quién puede votar o para quién no lo puede. Esto es axiomático por buenas razones recomprobadas.
Igual es parte del consenso original que cualquiera, quien cumpla los requisitos de ciudadano y de aptitud, puede ser elegido sin ser discriminado. Suponer que es un corrupto per se o que sus calidades menguan por haber gobernado ya, o por ser pariente de alguien popularmente elegido, por quien él mismo quizá ni siquiera votó, es discriminación sin base filosófica humana alguna. Los cargos públicos son para que ejecute el más apto y beneficioso para la sociedad su función.
Es lo mismo como con las leyes. Tan injusta que puede ser una ley –-hay que cumplirla o se pone afuera de función cualquier consenso común en la función del estado y/o de la sociedad. Esto vale hasta que se cambie la ley, igual como el consenso social político actual, al cual sustituirá otro consenso un día.
La no-reelección es reaccionaria hasta los tuétanos. Favorece a las clases pudientes y capitalistas, y dificulta los proyectos de los representantes de las clases populares dentro de la democracia representativa.
El capital económico y financiero no tiene necesidad, para nada, de continuidad personal en el gobierno de su estado. Siempre su poder económico garantiza que pueda poner a cualquier muñeco en el poder para que cumpla sus órdenes y represente sus intereses. El capital --como en el caso nuestro, en Nicaragua--, el imperio, tienen su continuismo garantizado per se. Sólo recordémonos cuánto cuesta una candidatura para presidente o para diputado.
Si fuerzas de izquierda, en representación de las clases populares, ostentan de lanzar su proyecto en este sistema, no tienen el capital para financiar la carrera política de un candidato y ni para garantizar que realmente llegue la persona con las intenciones deseadas al poder, sin que sea corrompida por los acechos de la corrupción por los pudientes económicos, como tantas veces ha pasado. La izquierda depende casi únicamente de una conciencia moral y de la solidaridad social –-las únicas, pero muy poderosas armas, las cuales puede poner en contra del poder económico. Para cambiar la sociedad sustancialmente se necesita continuidad de esta conciencia materializada en una persona. Las clases populares y sus representantes no pueden darse el lujo de cambiar sus exponentes personales cada tantos años.
Por último, será el mismo pueblo quien decida si uno queda o no. Quien cuestiona esto, desconfía de la inmensa mayoría de los ciudadanos y se expone además a la sospecha de que las elecciones públicas para él no son nada más que una lotería de carreras públicas en la cual piensa ganarse el premio, quitándoselo a aquel que lo tiene actualmente.
No es válido señalar algunos tantos ejemplos de nepotismo, autoritarismo y corrupción por reelección. Si esto se dio, era, en todo caso, porque la misma burguesía o el capital financiero imperialista pusieron fuera de función las reglas de la democracia burguesa. La maldad unipersonal pudo haber sido un elemento conveniente o coadyuvante, pero nunca ha sido causa con fuerza suficientemente auténtica para realizarse sola. Casi nunca sostienen el poder personas por sí mismas, sino que lo sostienen las clases correspondientes en el poder. Esto sólo al margen tiene que ver con ambición personal.