Opinión

Miedo


La posibilidad de que se afiance el autoritarismo político en Nicaragua no depende tanto del capricho de los gobernantes como de la actitud atemorizada y pusilánime, o valiente y decidida de los nicaragüenses para frenar lo que haya que frenar, enmendar las políticas incorrectas y mejorar a tiempo lo que sea necesario.
Lo que decidirá entonces el nivel de centralismo con que se gobierne será la pasividad o beligerancia de la ciudadanía, pero también la madurez y profesionalismo de los funcionarios públicos para ejercer su criterio en los cargos asignados y defender sus puntos de vista sin dejarse intimidar.
El peor panorama para el país es la sumisión acobardada, el manejo político, la cautela atemorizada y el silencio cómplice como rectores de la conducta pública. Lo mejor sería que prevalezcan la dignidad del funcionario, la discrepancia valiente y la decisión de afrontar riesgos, pero estas actitudes nunca se extenderán sin la presión de una sociedad civil unida y fuerte y de una opinión pública beligerante, que respalden también las mejores iniciativas, prácticas y actitudes de los funcionarios del Estado, sean o no bendecidas por la jerarquía política.
No hay mucho que esperar de los partidos políticos en este momento, la pelota de la democracia está en la cancha de la sociedad civil organizada, de los medios de comunicación y de la población en general. En los próximos meses veremos si el avance democrático ha calado hondo en la población, si existe en realidad una conciencia ciudadana o si el miedo seguirá paralizando la iniciativa y el espíritu de tantos ciudadanos acostumbrados a obedecer y callar.
De momento reina el temor como estado de ánimo generalizado. Los ministros casi no se atreven a hablar, los viceministros menos y los funcionarios de alto rango ni se diga. Todo mundo está como esperando órdenes, evadiendo a la prensa y cuidando el pellejo, mientras el país camina a paso de tortuga, y nadie conoce el rumbo del gobierno ni los planes sectoriales, que en todo caso parecen estar gestándose en las sombras.
Pero el miedo se extiende también a otros sectores, como la empresa privada, que oscila entre una actitud complaciente y obsecuente en aras de proteger sus intereses e inversiones, y la jerarquía católica, dividida entre los sectores allegados al Cardenal, altamente politizados, que asumen una posición más bien servil con el poder, y aquellos que tratan de rescatar cautelosamente la imagen ya bastante deteriorada de una iglesia pastoral, dedicada al bien común.
El problema del miedo como enfermedad generalizada es que sirve de poderoso fertilizante a la tentación de concentrar poder y gobernar dictatorialmente. No podemos entonces cargar el muerto a los dirigentes políticos por esta mansedumbre nacional, sin asumir la responsabilidad que tenemos como ciudadanos por el retroceso democrático que se está perfilando.
¿A qué se le teme en realidad? Muchas veces no es al despido, a las represalias laborales, a las posibles dificultades para conseguir empleo, a la persecución política o a la seguridad personal, se trata de un miedo difuso al poder, al que manda, al todopoderoso. Una compañera de labores me contaba que cuando intentó referirse a los errores cometidos por el gobierno sandinista en la década de los ochenta, en una reunión de feligreses de su iglesia, otra de las asistentes la interrumpió gritando: “¡Aquí en mi casa se prohíbe criticar al Frente!”. Mi compañera, que tuvo amplia participación en la Revolución, me comentó desolada: “Eso es fanatismo total, ¿adónde irá el Frente sin derecho a la crítica ni posibilidad de disensión?”
En el caso de la mal llamada oposición, el oportunismo que manifiestan las primeras actuaciones de las bancadas liberales desanima a los que sueñan con la inalcanzable “unidad liberal”, puesto que lo único evidente hasta el momento es el precario equilibrio entre cobardía personal y mezquindad colectiva que reflejan las actuaciones de sus flamantes diputados.
No hay mucho que esperar de esta asamblea donde se va a comerciar, por decir lo menos, el contenido de las leyes y reformas a la Constitución, a menos que los ciudadanos nos movilicemos para que las cosas se hagan debidamente, con amplias consultas municipales, debates públicos y participación real en las decisiones más importantes.
Igual que ocurre en el seno de una familia, donde los abusos se comenten impunemente hasta que alguien dice basta, en una nación que ha sido históricamente avasallada por dictaduras, golpeada por guerras y gobiernos autoritarios, corruptos o insensibles, las cosas no van a cambiar mientras no despertemos de la inercia generalizada y comencemos a asumir nuestras propias responsabilidades.
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