Opinión

La democracia directa


(II parte con menos teoría y más práctica)
La tentación de sus dirigentes de arrogarse la representación popular de manera absoluta, denunciando y acallando el debate y la crítica, fue, como veíamos anteriormente, una de las razones del fracaso del socialismo real en los países del Este. La ideología se convirtió en discurso, en consigna, en dogma que nadie podía atreverse a desafiar sin riesgo para su libertad. De allí que una característica de la reemergencia del socialismo en América Latina ha sido su compromiso con la libertad de prensa. Es una lástima que Hugo Chávez haya retirado la licencia a la televisora más reconocida en Venezuela, porque hasta ahora uno de los argumentos que más ha usado la izquierda intelectual en el mundo para defenderlo del imperio y la derecha es la libertad de prensa que, durante su gobierno, han usado sin cortapisas los venezolanos. En el caso de Nicaragua, la tendencia parece ser más radical que la de Chávez, en parte porque Daniel Ortega se acostumbró en su período anterior a gobernar con un poder total y da la impresión de que durante los dieciséis años en la oposición, si bien usó todo el espacio que le proporcionó nuestra incipiente democracia, no desarrolló una valoración de cuánto más balanceado, a nivel político, es un sistema que permite el libre juego de las ideas. Incluso, sin la crítica de los medios que hoy deplora, los gobiernos liberales que lo precedieron no habrían sido expuestos ante la población como los corruptos e ineficientes que fueron.
Otra característica que sitúa a Ortega más en el pasado autoritario de la intención socialista que en un proyecto más moderno de socialismo, es esa consigna recién estrenada de “el pueblo, presidente”, pues asume que el pueblo es él y su gobierno, cuando los pueblos eligen administradores y no personas que se arroguen la representación absoluta de sus aspiraciones y pretendan actuar en su nombre sin asumir la responsabilidad que implica su gestión como individuo. Además, el 38% de la población votante no representa la totalidad del pueblo nicaragüense y, por otro lado, hasta donde hemos visto, ni siquiera al “pueblo” más cercano a él --sus funcionarios-- les ha concedido la participación plena en su gobierno, obligándolos al silencio y a ser meras correas de transmisión de decisiones centralizadas en él y sus asesores más inmediatos. Incluso, a estas alturas, ya todos los Consejos que ha creado, a excepción del que regenta su esposa, han sido descabezados y sus coordinadores convertidos en asesores, mientras él asume directamente las riendas. Es paradójico que, en medio de estas señales de que su tendencia es retornar a la camisa de fuerza de un sistema organizado con la mentalidad absolutista de “el Estado soy yo”, aún siga hablando de “democracia directa”.
De hecho, la profundización de la democracia es uno de los planteamientos centrales que llevarían a distinguir el socialismo del siglo XXI del socialismo rígido que, hasta el momento, ha sido experimentado en el mundo. Pero llevar a cabo esta empresa no es cosa fácil, si es que de veras se trata de lograr mayor participación de los ciudadanos en la vida económica y política del país y no simplemente de re-editar los Cara al Pueblo, o las votaciones demagógicas en plazas llenas de simpatizantes. La democracia directa --según mis averiguaciones para documentarme sobre la misma-- en el único lugar donde se practica de manera más pareja y sistemática es --asústense-- en Suiza. En ese país existe un sistema de consulta permanente con la ciudadanía y una democracia directa que data de 1830. Según la revista española Más Democracia: “Normalmente los políticos representativos se oponen a la democracia directa porque creen que supone un gobierno de las masas, donde nadie controlaría el impulso popular. La experiencia de Suiza demuestra todo lo contrario. El pueblo ha actuado en los últimos dos siglos como elemento de control de los políticos, impidiendo que embarcaran al pueblo Suizo en las aventuras totalitarias y guerreras que han arrasado Europa durante ese periodo. La introducción de la democracia directa alteró de forma fundamental el funcionamiento del sistema político suizo. El partido en el gobierno, aun contando con una mayoría de representantes en el parlamento, era sistemáticamente desafiado por los partidos en la oposición a través de la impugnación mediante referéndum de sus decisiones”.
La democracia directa de los suizos ha servido de manera efectiva para garantizarle a la población, más allá del instrumento electoral, un mecanismo efectivo para controlar mediante referéndum iniciativas populares y revocación de mandato, el accionar de los partidos políticos, de manera que aún los que han obtenido votación mayoritaria deben consultar con la población cuando se trata de cambiar la Constitución o de aprobar ciertos tipos de legislación. De los 500 referéndums que se han hecho en el mundo hasta 1978, 271 se hicieron en Suiza.
El sistema implica que los ciudadanos deben estar al tanto de los asuntos políticos y estudiar las propuestas, muchas de ellas bastante complejas. Quizás por tratarse de un país con altos niveles educativos, la democracia directa ha demostrado ser exitosa allí. Por otro lado, en Canadá existe otra expresión de democracia directa: las Asambleas de Ciudadanos. Éstas se convocan para un tema específico. La más reciente fue una reforma a la Ley Electoral. En ésta se eligieron por sorteo dos representantes, un hombre y una mujer, de los 79 distritos electorales de British Columbia. Estas personas pasaron once meses estudiando el asunto, reuniéndose con ciudadanos y recogiendo sus propuestas. Luego ellos elaboraron la suya, la cual fue llevada a referéndum. Para cada tema trascendental se convoca una nueva asamblea.
Estos ejemplos pueden darnos una idea de que la democracia directa no es algo que se impone de un día para otro, ni es un ejercicio de catarsis donde los ciudadanos hablan con el gobernante y le exponen sus demandas y quejas en situaciones controladas por el mismo gobierno; o donde personas elegidas de dedo, también por el mismo gobierno, participan en consejos en los ministerios. La democracia directa, para ser real y efectiva, tiene que contar con instrumentos tales como: a. el referéndum donde los ciudadanos participan en el proceso legislativo mediante consulta directa; b. el plebiscito, en el que los ciudadanos participan del proceso legislativo proponiendo, con el respaldo de suficientes firmas, iniciativas de ley; o c. la revocación de mandato, donde se somete a la aprobación de los ciudadanos la permanencia o remoción de un representante electo antes del plazo determinado por la ley.
Ni siquiera los anarquistas, en sus planteamientos sobre la democracia directa, que conciben como un ejercicio municipal, barrial o comarcal, plantean la desaparición de mecanismos formales que garanticen la autenticidad del ejercicio. O sea que no se puede hablar de democracia directa si ésta no se concibe como un instrumento, con marcos legales definidos, de toda la población, si no se acepta el derecho de cada ciudadano de expresar su opinión, de asentir o disentir y hasta de remover a las autoridades electas, superando la limitación de las democracias formales de sólo poder hacerlo en períodos electorales. Para decirlo de otra manera, si este gobierno quiere hablar de democracia directa tiene que demostrar que está dispuesto a la democracia de verdad, y que no está hablando de una democracia directa hecha a la medida de su conveniencia y sólo con sus adeptos. La democracia directa existe y se practica, como hemos visto, y por lo mismo no se puede concebir sólo como un concepto propagandístico para rellenar con cualquier interpretación antojadiza.
Hay que discutirla democráticamente y hay que darle un marco legal.
Parece que otra vez nos encontramos aquí con el problema de la maduración de los conceptos en esta realidad del siglo XXI. La profundización de la democracia, la verdadera justicia social, los ideales hermosos del socialismo utópico, la libertad como requisito indispensable de la felicidad del ser humano son aspiraciones que requieren, como en la construcción de cualquier edificio duradero, de bases sólidas y de un andamiaje legal estable que soporte los cambios y las contradicciones. Esto requiere madurez, paciencia, consenso, el estudio de otras experiencias y la voluntad de abrirse a procesos genuinamente más democráticos y participativos. No es el voluntarismo, la arrogancia, ni los slogans los que conducen al socialismo, o más humildemente, a la reconciliación y la unidad de la nación. Ojalá que el presidente Ortega deje de patear el suelo y levantar el dedo acusador contra todo el que no piense como él y empiece a practicar la democracia… aunque sea mental.
(Continuará)