Opinión

Guacotecti now


¿Qué cosa es Guacotecti? Un municipio de El Salvador situado a dos kilómetros de distancia de Sensuntepeque, ciudad cabecera del departamento de Cabañas, al norte de la capital salvadoreña.
He llegado a Guacotecti en compañía de dos jóvenes exploradores, que al igual que yo andan hurgando en las tripas de este país-reptil para tratar de entenderlo.
Como todo casco municipal, y considerados los varios siglos de dominio español, hay una plaza central, la Alcaldía a un lado y también una iglesia. Y, si no fuera porque no cumplen esa función, me atrevería a decir que hay algo parecido a unos portales en los otros dos lados. Se trata pues de la cuadrícula central. A partir de ésta se desparrama el poblado.
Es curioso, pero a no ser por un viejo decrépito que vende sorbetes, o mejor dicho, que pretende vender sorbetes porque nadie está comprando, podría decirse que éste es un pueblo fantasma, al mejor estilo de los que relata el bisnieto de Melquíades en La mala hora o en La hojarasca.
En dos esquinas opuestas hay dos casas pintadas con los símbolos de los dos grandes partidos políticos de El Salvador, Alianza Republicana Nacionalista (Arena) y Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), pero están cerradas, y por lo que observo, hace días o meses que no abren esas puertas. Se lo comento a mis jóvenes acompañantes y recibo por respuesta sendas risotadas. Continuamos. Uno de mis acompañantes me llama con vos asustada, pero emocionada, y me dice, oí, lo que dice: se forman lectores comunales. Giro y me acerco al cartel. Yerro: dice que se forman líderes comunales. Leyó mal porque anda sin lentes, hace ocho días se le cayeron vadeando un río a la salida de otro pueblo extraño, lejos de aquí.
Localizo una calle empedrada y les digo a quienes me acompañan que le demos por ahí. Hay personas en las puertas y me alegro porque pienso que podremos preguntar, pero a medida que avanzamos (y observo que se trata de personas de avanzada edad) todas cierran las puertas como si viesen un espantajo o cabalgara la peste. Ni los perros nos ladran. Se acaba la calle empedrada y tomamos un vereda que suponemos, por su inclinación, lleva hasta la cima. Subimos y la visión es soberbia. En lontananza el majestuoso volcán Chinchontepec se impone.
Regresamos a la cuadrícula central y otro rótulo nos espera: una flecha indica el rumbo de unas piscinas. Bajamos y a un lado hay un cafetal abandonado. Otro yerro: sólo hay una piscina. Sucia y en ruinas todo su entrono. Y ni un alma a quien consultar.
Nos vemos a los ojos y decidimos salir del poblado. En nuestra retirada observo pintado en la pared un anuncio de se vende esta casa. Por mera curiosidad pregunto a una anciana que ha estado monitoreando nuestro repliegue con ojos fisgones. Cuarenta y cinco mil dólares, me responde oronda. De verdad, les digo a mis jóvenes acompañantes, este lugar es extraño, porque la casuchita no vale más de cinco mil dólares.
Vamos saliendo y comentando esta rareza de poblado cuando oímos un no va querer pastelitos, mi amor. Es una gordota que está ofreciendo viandas a los transeúntes, que en ese instante se reducen a nosotros tres. Por su cordialidad me acerco y trato de indagar. Le relato los hallazgos. Su respuesta es contundente: Así es aquí la cosa, cariño. No me aguanto y le aviento: ¿De qué partido es la alcaldía? Ella me responde con un dejo de malestar: De las manitas --se refiere al Partido de Conciliación Nacional (PCN)--. Y sigue: Aunque el acalde siempre es el mismo, pero aquí nadie vota por él; empadrona gente de afuera y los trae para las votaciones. Le cambio la conversación y pregunto por sus hijos. Son diez, me contesta. Y llevo tres maridos, porque dice mi abuela que tengo el bazo blanco, y por eso se me mueren…

Apenas escucho eso, porque he comenzado a salir de allí.

En San Salvador