Opinión

Lo que escondía la caja de música


Me acordé de esta película a raíz de los últimos acontecimientos. Se llamaba La Caja de Música. Cuenta la historia de una mujer norteamericana, de una familia acomodada y de un padre encantador. Ella, abogada de prestigio, recibe una llamada inquietante de un amigo fiscal que defiende el caso de los familiares de víctimas de nazis durante la toma de Hungría (si no recuerdo mal). Según este fiscal, el “encantador padre” de la abogada fue un militar de la SS encargado de masacrar a la población húngara en aquellos años terribles. La primera reacción de la abogada fue la del rechazo, y luego la de la defensa a ultranza de su propio padre. Sabía que era de origen alemán, pero siempre le había escuchado condenar el nazismo, y además se había convertido en un abuelito maravilloso. ¿Cómo podría haber cometido esos crímenes? El fiscal recomendó a la abogada viajar a Budapest, y una vez allí, bajar a la orilla del río Danubio que divide la capital de Hungría, y acercarse con la imaginación al dolor de las víctimas supuestas de su padre que fueron arrojadas a ese río después de ser fusiladas. Otra escena de la película es cuando ella toma una caja de música, que creo pertenecía a su padre y, entonces, descubre algo.
Como decía, durante los últimos días hemos asistido a una serie de crímenes atroces con el único denominador común de una violencia añadida exagerada. El asesinato de Danilo Torres en Estelí, los resultados del juicio sobre la anterior violación y asesinato de Doris Ivania en San Juan del Sur, y fuera de Nicaragua, en Guatemala, el asesinato y calcinamiento de tres diputados salvadoreños de Arena. En este último caso, una de las víctimas, el más joven, de apellido D´Aubuisson, era hijo a su vez del fundador del partido Arena, y supuesto autor intelectual (como se suele denominar a quien manda matar) del asesinato del arzobispo Monseñor Romero. Los ciclos de la violencia se cierran y vuelven a abrirse en una imparable procesión de víctimas y ejecutores.
Mucha gente, en los barrios, en los residenciales y en las colonias (como hemos dado en estratificar las clases sociales urbanas --maldito empeño este de estar nivelándonos) asistimos a las pantallas de televisión, atraídos sin duda por esa sangre. Nuestra primera reacción es abrir la boca en señal de asombro, asustarnos del tamaño de la barbarie de personas con las que nos cruzamos en la calle. Y luego, acaso también, un escalofrío, una inquietud. Cualquiera de las víctimas de violación, atropello o asesinato brutal, podría haber sido uno de nosotros. Pero después viene el escalofrío mayor: cualquiera de los que ejecutaron el crimen, también haber sido cualquiera de nosotros.

¿O no?
Si uno aleja por un momento la mirada de las pantallas de televisión, y se mira a sí mismo, o a sus propios vecinos, descubre que no se está tan lejos de la violencia. En cualquier momento de estrés, de falta de sueño, de deudas, de necesidad, de resentimiento, de odio, de dolor, uno puede convertirse en otra persona, así, de pronto, sin mayores explicaciones. Ese otro yo, al otro lado del espejo siempre va con nosotros. Quienes cometieron los más grandes crímenes de la humanidad no fueron monstruos, fueron seres humanos igual que nosotros, ni más ni menos. Incluso, algunos de ellos contaron con una educación exquisita. Hubo auténticos criminales nazis que mientras ejecutaban a cientos de judíos, oían música clásica, a veces piezas preciosas de música de las que cabe preguntarse, como el personaje de una película reciente: “¿Acaso puede un hombre escuchar esta música, quiero decir, escucharla de verdad, con todos los sentidos, y ser después una mala persona?
Tal vez, no se puede ser una mala persona, si uno asiste de verdad a la belleza, si uno está más cerca de las caricias, de la ternura, de la palabra tranquila. Pero a pesar de todo, siempre estamos a un paso del otro lado del espejo de nosotros mismos. Nadie puede creerse inmune a ser un actor de esa violencia. Hubo una vez un hombre que dormía en un cuarto cerca del mío al que no le dejaban de atacar los malos sueños. En las madrugadas me despertaba con sus gritos. Un día, después de varios tragos me contó que de noche, siempre era visitado por la misma persona. Él se había ido a pelear por la revolución en la guerra con la Contra, y con un montón de ideales preciosos en la cabeza, terminó convirtiéndose en un agente de la Seguridad del Estado. Esto le llevó a hacer cosas que no podía contar. Una vez tuvo que hacerle un favor terrible a un muchacho de la Contra caído, pero aún con vida, con el cuerpo destrozado: dispararle para que dejara de sufrir sin remedio. Antes del disparo, el muchacho hizo la señal de la cruz, y el hombre supo en aquel momento que se trataba de un antiguo compañero de La Salle. A menudo, aquel rostro vuelve por las noches. Lo peor de la violencia es lo que queda después de ella.
Tengo en el pensamiento a personas que me han parecido maravillosas, y de las que después me han contado aberraciones. Y sin embargo, no parecían. Qué ocurre entonces. En Nicaragua, los niños y las mujeres, y sobre todo los más pobres, son las víctimas habituales, es decir los más indefensos, ante una violencia que viene del hombre, de los padres o del mismo poder. En particular la violencia consentida contra las mujeres en nuestros barrios es una emergencia nacional, precisamente porque esa violencia se queda dentro de las casas en muchos casos; no se denuncia, se somete a la víctima a un recuerdo constante, a la repetición de la violencia, y algunas veces, incluso otras mujeres alrededor, justifican esa violencia como si se tratara de “un mal menor que se tiene que soportar a los hombres”. Esa es la gran victoria de la violencia: hacer que sus víctimas la justifiquen.
La abogada de la película a la que les hice referencia, abrió la caja de música, y bajo la superficie, descubrió ocultas viejas fotos en blanco y negro de un militar de la SS con un parecido indiscutible con su padre. Ese hombre encantador también había sido un monstruo. Ella no pudo más que rendirse a la evidencia. Un violador puede ser un formidable compañero, o un asesino puede ser un magnífico amigo con otras personas que no sean sus víctimas. Desgraciadamente una cosa no quita la otra. Pero la quebradura de la personalidad de estas personas es lo que no se ve.
Pero, ¡ojo! No son salvajes ni animales quienes cometieron estos asesinatos por motivos o pasiones, sexuales, políticos, económicos o sociales. Son seres como cualquiera de nosotros; a veces nuestros padres, hermanos, nosotros mismos. El silencio ante esa violencia y su justificación los encubren. Tal vez por eso, no hemos sabido responder a la violencia sino con más violencia, y el que dijo: “Ojo por ojo y el mundo terminará ciego”, tenía razón pues. Ojo por ojo y el mundo terminará quedándose completamente ciego. Creo que se está cumpliendo. Nos vemos todos los días en televisión, sangrando, y es como si no nos viéramos.

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