Opinión

¿Los restos de Sandino en la Quintanina?


Creo que llegó la hora de reiniciar la búsqueda de los restos del general Sandino y sus compañeros. Los fracasos de los años ochenta no deben ser una lápida para hacer nuevos esfuerzos. La última excavación, según recuerdo, se hizo en los predios del antiguo campo de aviación de Managua, con base en el relato de Abelardo Cuadra. Hubo mucha frustración en ese tiempo.
Mi deseo para que se reinicie la búsqueda es inspirado en los nuevos vientos que refrescan nuestro país ante la llegada al poder por segunda vez del Frente Sandinista de Liberación Nacional, ahora en un ambiente de paz, estabilidad y orden. Pero además creo que hay pistas del caso que no han sido tomadas en cuenta. Les voy a contar una:
Viví hasta los diez años en el barrio Quintanina, en el sector enclavado entre la antigua procesadora de gaseosas Pepsicola y la pasteurizadota La Selecta, a la altura del kilómetro uno y medio de la Carretera Norte.
Detrás de la última fila de casas, en donde estaba la de mi familia, había unos potreros, que a inicios de los sesenta fueron algodonales. Durante el día los chavalos solíamos jugar en esos montes a los vaqueros, y por las noches, el famoso “arriba”, que es un juego de pura correteadera. Con nuestras huleras o resorteras disfrutábamos también de la cacería de garrobos, patos playeros o cualquier otro animal digno de llevarse a la paila.
Nuestro ámbito de acción era amplio debido a que nuestros padres y madres no se preocupaban mucho por nuestra seguridad. Eran tiempos de poco peligro. Sin embargo, había una prohibición: desplazarnos hacia el noroeste, en donde había una extraña casa sin ventanas ni puertas; por ahí solíamos pasar corriendo debido al temor que se nos había infundido.
Este edificio estaba ubicado en un predio de menos de una manzana detrás de los patios de La Selecta, rodeado de árboles de mango, a menos de cien metros de la bajada de Carranza, ubicada hacia el norte. Tenía esa edificación entre tres o tres metros y medio por cada una de sus cuatro paredes; y como cuatro metros de alto, coronado por un techo de zinc en forma piramidal. Por aquella época el zinc estaba bastante sarroso, pero sin orificios. Las paredes se distinguían también por tener unos centímetros menos de diámetro en la parte superior que en su base. Además, sus esquinas eran curveadas. En uno de sus lados tenía pegada una lámina metálica color blanco con una cruz negra en el centro, la cual medía más o menos 25 centímetros de ancho por 50 de largo.
No recuerdo que alguien nos diera una explicación directa sobre aquella extraña casa blanca (ese color lo tenía posiblemente por su repellado a base de cal). Sin embargo, cuando tenía entre cinco y seis años, en el primer quinquenio de los sesenta, en el velorio del anciano carpintero del barrio Jesús María Díaz, don Chu, escuché por primera vez algo relacionado con la existencia de la bóveda. La gente comentó algunas barbaridades cometidas por el dictador Anastasio Somoza García contra la gente más antigua del barrio, especialmente contra don Chu. Escuché hablar de cárceles, torturas y asesinatos.
Tiempo después escuché otra historia de vieja data sobre la desa-parición de un vecino que pudo ver cuando hacían la fosa y lo que echaban dentro de ella, sobre la cual se construyó después la bóveda. Según supe, el vecino se despertó a altas horas de la noche o en la madrugada a causa del bullicio de un grupo de gente y el ruido de maquinarias y vehículos en el lugar. El hombre salió de su casa a curiosear, con tan mala suerte que fue descubierto y aprehendido. Fueron guardias de Somoza. Dicen que el hombre nunca apareció. Esta versión me fue ratificada por un tío que todavía vive en ese barrio.
La bóveda se derrumbó durante el terremoto de 1972. Para entonces estaba rodeada de humildes casas habitadas por familias que habían sido expulsadas de la costa del lago Xolotlán en la crecida de octubre de 1969. El derrumbe permitió descubrir el material utilizado en la construcción de sus paredes. Eran piedras negras arenosas y porosas de bastante espesor. Todavía después del huracán Mitch fui a echar una ojeada al lugar acompañado por un amigo de la infancia que todavía vive en el lugar. El espacio que ocupaba la construcción es el patio de una de las viviendas. Me pregunto, ¿por qué no investigar esta pista? A lo mejor ahora sí tenemos suerte.

* El autor es periodista y comentarista del programa radial PULSO INFORMATIVO, de Omega Clásica.
Ciudad Sandino, 20 de febrero de 2007.