Opinión

El hocico de la bestia


El horrendo asesinato del que fueron víctimas en Guatemala tres diputados del partido Alianza Republicana Nacionalista (Arena) y el colaborador que los conducía es, desde donde se vea, un claro indicador de que hay tenebrosos hilos invisibles operando en América Central.
Éste es un mensaje macabro, pero mensaje al fin.
Si se analiza el proceso de violencia hasta 1992 y se hace con serenidad y colocando a un lado los paroxismos ideológicos que todo lo revuelven, es posible esbozar algunas consideraciones:
1) Con el fin de la guerra, en 1992, que tuvo como resultado práctico el desarme total de las fuerzas guerrilleras del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) y la consiguiente destrucción de la mayor cantidad posible del armamento utilizado, clausuró un surtidor de violencia.
2) A una importante cantidad de miembros tanto del cuerpo policial (Policía Nacional y Policía de Hacienda) como del contingente de guardias (Guardia Nacional) se les licenció. Otra cantidad, previa depuración, se supone, pasó a integrar la nueva Policía Nacional Civil (PNC). De hecho, el anterior jefe policial, Ricardo Meneses, había sido oficial de la Policía de Hacienda.
3) El proceso de negociación estratégica que culminó en 1992 estableció la disolución de los batallones contrainsurgentes (Atlacatl, Belloso…). Sus integrantes, en su inmensa mayoría, de acuerdo con la información oficial, quedaron fuera de las estructuras formales de la Fuerza Armada.
4) La red paramilitar dispersa por todo el país y que en su momento, sobre todo en los períodos más álgidos de la guerra, jugo un papel de directo apoyo a las acciones punitivas de la Fuerza Armada contra el FMLN, también fue disuelta, al menos como estructura, porque los lazos personales de afinidad, sin duda, quedaron.
5) La Fuerza Armada fue obligada a replegarse de la escena política y a someterse al actual marco constitucional.
Estas modificaciones institucionales han cambiado, de seguro, la vida política de El Salvador. Pero no aplacaron el factor de la violencia generalizada, que ya para 1996 había vuelto a encarnar, y con fuerza, aunque se trataba de otra cosa, de otro modo de comportamiento social.
Pues bien, no obstante lo distinto del clima de violencia actual (donde lo delincuencial es la impronta decisiva) que había décadas atrás (donde con la violencia política se respondió a la violencia institucional del Estado), es posible establecer vasos comunicantes. Y el principal es la no poca cantidad de hombres-arma que fueron dejados a la vera del camino, después del fin de la guerra, y que fungieron como agentes directos de procesos violentos; con objetivos políticos, si se quiere, pero el efecto en la sociedad no puede ser obviado.
¿Acaso se sabe qué han hecho de sus vidas la mayoría de oficiales y tropas del batallón Atlacatl que participaron, en diciembre de 1981, en el abominable asesinato masivo de casi mil personas (en su mayoría niños, mujeres y ancianos) en El Mozote, en el departamento de Morazán?
Esto no quiere decir que esos agentes de violencia sean los actuales gestores de la violencia delincuencial, no, pero aquellos se reinsertaron en la sociedad, y dados los mecanismos usuales de la reproducción social introyectaron sus maltrechas visiones del mundo.
Y así podrían señalares miles de casos de salvadoreños vinculados directamente a las diversas acciones violentas durante la guerra, que no han sabido qué hacer con el puñado de muertos que a cada quien le tocó.
Después de 1992 hubo paz política, aunque la paz social no pudo alcanzar buena fragua porque a los actores de la guerra se les olvidó que había que cargar con todo ese amasijo de iniquidades y de despropósitos.
El asesinato de los tres diputados de Arena es una muestra clara de que se ha salido de control el quehacer delincuencial al más alto nivel. Es difícil pensar que se trata de un hecho sin conexión. No, es un desafío al Estado salvadoreño y a su actual operador, el gobierno de Arena.
Y esto es realmente nuevo en el escenario político. Porque no es cierto que no haya motivaciones políticas; las hay, lo que sucede es que son anómalas, pero son. Estas expresiones de contrapoder desde el ámbito delincuencial si siguen alguna lógica es muy diferente a la que usualmente se entiende como tal en el quehacer político común y corriente.
El sistema político salvadoreño, aunque no se quiera admitir en todas sus palabras, ha sido sacudido: el hocico de la bestia se ha asomado.
En San Salvador.