Opinión

La necesaria teoría de los intelectuales


Definitivamente es un reto esto de entender cómo ser revolucionario en una era donde se han terminado las revoluciones como las entendíamos en los sesenta y setenta. Y es importantísimo comprender que los tiempos han cambiado y que así mismo tienen que cambiar los discursos y las actitudes. Y no es que nos hayamos domesticado ni nada parecido. Lo que ha pasado es que la experiencia --que es la madre de la ciencia-- ha demostrado la falsedad e impracticabilidad de muchas de las teorías que, en un momento, fueron consideradas dogmas sagrados por las izquierdas, o como quien dice, por los abanderados de los oprimidos y condenados de la tierra. Y uno tiene que aprender de la experiencia o si no, seríamos unos marxistas atrofiados, condenados a repetir los errores de la historia per omnia secula seculorum. Así que hoy comienzo a presentarles, en varias partes para que no se aburran, un trabajo que he venido elaborando sobre el socialismo del siglo XXI, un concepto que, por lo que he logrado investigar, todavía adolece de una muy vaga definición. Me parece que es de suma importancia aportar a la discusión de lo que se trata, pues la mágica palabra “socialismo” puede también ocultar la tentación autoritaria de quienes, en nombre de la justicia social, se erigen como autócratas, únicos capaces y ungidos para hacer efectivos los sueños “del pueblo”, un pueblo que apenas ven desde tribunas en plazas públicas, con el que no conviven y al que desconocen porque sus vidas están absolutamente protegidas de toda necesidad por el partido que generosamente los suple de cuanta comodidad cualquier rico presume. Así que, sin colocarnos unos encima de otros, en nombre de las aspiraciones de justicia que todos clamamos tener, tratemos de observar la historia y los fenómenos sociales y, con éstos en mano, tratemos de proyectar alguna propuesta de lo que esta izquierda del siglo XXI significa en general, tomando en cuenta de que en cada país las particularidades obligarán a ajustes y a aplicaciones adecuadas a las distintas realidades de nuestro continente. Uso, pues, mi categoría de intelectual para elaborar teoría que, no por ser teórica deja de ser valiosa, pues si creyéramos que la teoría para nada sirve, ya podríamos engavetar el socialismo y todos sus derivados. Aquí les va entonces:

El socialismo del siglo XXI
Aproximaciones y reflexiones
I parte

El triunfo electoral en América Latina de una serie de líderes y partidos que se ubican, ya sea por su historia o por sus programas de gobierno, dentro de la tradición de izquierda del continente, es un hecho relativamente nuevo. No es sólo nuevo porque se produce tras el rechazo popular a la aplicación de las políticas neoliberales que estaban supuestas a acompañar triunfalmente la “democratización” de los noventa. Es nuevo porque esta izquierda alcanza el poder redefiniéndose a sí misma, renunciando a la ortodoxia, al menos en su discurso público, y prometiendo abrazar la democracia. Dentro de ese contexto emerge la categoría acuñada por el presidente Hugo Chávez de “socialismo del siglo XXI”, y se produce el ascenso al poder de Daniel Ortega en Nicaragua.
Tras la caída del muro de Berlín en 1989 y la disolución posterior de la Unión Soviética, el socialismo basado en la ideología marxista-leninista entró en crisis en el mundo. El derrumbe tan súbito de un sistema con más de sesenta años de existencia, y sobre todo el júbilo con que celebraron su fin la mayoría de los pueblos que vivían bajo ese régimen, hizo necesaria una reflexión a fondo sobre las razones de semejante fracaso. A pesar de logros sustantivos en materia de beneficios sociales e igualdad, ni la ideología del partido ni la práctica social parecían haber determinado una nueva conciencia en los integrantes de estas sociedades, o dejado rastros positivos que se expresaran en la permanencia de valores comunistas. Al contrario, fue sorprendente para quienes observábamos el proceso, la avidez y celeridad con que los países del Este y la mayoría de las repúblicas que conformaban la Unión Soviética, desmantelaron las estructuras estatales y partidarias. No sólo hubo consenso generalizado en esos países para instalar sistemas democráticos tradicionales, sino una verdadera estampida popular hacia el consumismo y el capitalismo.
No faltan los que explican este comportamiento atribuyéndolo al accionar de la oscura mano del imperialismo norteamericano. Aun aceptando que los Estados Unidos, como podía esperarse, hayan sacado ventaja y contribuido con el proceso, un fenómeno tan masivo, radical y acelerado, una verdadera revolución en contra de la matriz de las revoluciones, no se podría explicar tan simplemente. Tesis como la de Fukuyama del “fin de la historia” han sido insuficientes y por demás, desacertadas.
Quizás el revolucionario e intelectual italiano Antonio Gramsci se aproximó al fenómeno cuando planteó que, de no darse una transformación ideológica de los pueblos, producto del libre juego de las ideas, el debate, la reproducción intelectual del pensamiento liberador, la persuasión y la crítica, cualquier ideología impuesta, por muy justa y en favor del pueblo que pareciera, sería a la postre rechazada por éste. De lo que decía Gramsci podemos deducir que una ideología estática de cuya reproducción se encarga un aparato partidario burocrático, acaba siendo la lápida de esa ideología. Los países socialistas del Este aplicaron las concepciones leninistas de un partido único que impusiera la dictadura del proletariado, asumiera un rol de vanguardia y se rigiera por el centralismo democrático, pero, en el proceso, descartaron la práctica de Lenin de polemizar y argumentar constantemente sus ideas frente a otros que pensaban diferente. El debate que, en manos de Lenin, incendió y guió las energías populares que condujeron a la revolución de Octubre de 1917, fue silenciado violentamente por Stalin. Es con Stalin que se demuestra que un sistema organizado de acuerdo a la propuesta leninista no contempla la necesidad de controles y mecanismos populares que eviten el absolutismo y el totalitarismo. Es más, no previene en ninguna forma que el partido o sus dirigentes se puedan equivocar. Al contrario, este partido dueño de la verdad y ejecutor de la dictadura del proletariado, al arbitrio de un dirigente dotado de plenos poderes, sustituye al proletariado por un aparato de funcionarios, de burócratas, que ya sin relación con la producción directa de riqueza o la vida cotidiana de la gente, deciden en nombre del partido (que supuestamente representa al pueblo), qué es lo que el pueblo quiere. Esta voluntad luego la imponen desde arriba al conjunto de la sociedad, silenciando la crítica mediante el control partidario de los medios de difusión y la represión férrea contra la disidencia. La ideología pasa entonces de ser algo vivo, un cuerpo de ideas constantemente confrontado con la práctica social y el debate intelectual, a convertirse en una especie de ortodoxia religiosa, un cuerpo estático de “verdades y principios” que sea cual sea la realidad de los feligreses, debe ser aceptado por éstos sin chistar, disciplinadamente, en nombre del bien de la patria y de la lealtad debida al líder del partido. De la sabiduría y buenas intenciones de éste, nadie tiene derecho a dudar, a menos que quiera ser considerado un traidor y enemigo del bien común. “Por la Patria, por Stalin” fue la consigna que sustituyó aquellas de Lenin de “Paz, Pan y Tierra” y “Todo el poder a los Soviets”. Lenin fue, sin duda, un hombre brillante, pero sus ideas sobre el partido y el Estado, quizá porque él se debilitó y murió sin tener la oportunidad de enmendarlas, terminaron siendo la plomada que hundió la promesa que en su tiempo fuera la Revolución Bolchevique.
Ciertamente que la Gran Guerra Patria, la Guerra Fría, las concepciones y organización de la economía y factores de otra índole contribuyeron al deterioro y a la creciente rigidez de aquel sistema socialista. Pero, para los propósitos de este análisis y por la relevancia que implica para el rescate de la propuesta socialista de justicia social, nos enfocaremos sobre el fallo del sistema en generar cambios en la conciencia. Estamos partiendo, como apuntaba Gramsci, de que sin la posibilidad de que las personas asuman las nuevas ideas como suyas, al final lo que sucede es que la misma gente se vuelve contra la propuesta que está supuesta a sacarlos de la marginalidad y crear una sociedad más justa e igualitaria. El rechazo al socialismo del Este entre su propia gente reside, a nuestra manera de ver, en el concepto organizativo unilateral, supra-social, autoritario, alejado del escrutinio popular y restrictivo de la democracia y de la libertad que se institucionalizó en aquellos países en las estructuras del partido y el Estado.