Opinión

Economía, pobreza y desarrollo


A pesar del optimista balance pregonado por los funcionarios del gobierno Bolaños, el gobierno de la “Nueva Era” fue un periodo prácticamente perdido en materia económica y social en el contexto latinoamericano. El peso de la burocracia y de la educación ineficiente son dos de las razones que explicarían el estancamiento de la economía nicaragüense.
Con un promedio anual de “crecimiento” de 3.6 por ciento en el quinquenio (2002-2007), siempre en el mejor de los casos, la política económica de la “Nueva Era” (la misma de las últimas tres administraciones: Chamorro, Alemán y Bolaños) sólo concentró las de por sí concentradas ganancias y socializó las de por sí socializadas pérdidas.
Durante el período de la “Nueva Era” se desarrolló un “capitalismo de compadres”, por el cual sectores privilegiados consiguieron “favores del gobierno”. Yo llamaría “capitalismo de compadres”, donde algunas familias, parientes, funcionarios o sectores privilegiados consiguen favores o préstamos del gobierno. Durante el gobierno Bolaños se produjo el asalto de grupos de intereses que se supieron aprovechar del Estado en su propio beneficio y se protegieron de la competencia cerrando las oportunidades económicas a otros sectores sociales.
Al final del gobierno Bolaños encontramos que la clase de las grandes empresas y grupos corporativos secuestró al Estado para extender sus privilegios. Impuso un modelo en el que los poderes del Estado constituyeron una simple herramienta para mantener y extender sus ventajas de clase en detrimento de los intereses generales de la población. Poco importa que el ingreso familiar promedio nacional quedara estancado durante una generación y la pobreza aumentara. Fue irrelevante que el bienestar se deteriorara, y que la educación, la salud y las condiciones generales de vida se degradaran. Lo que interesaba era mantener, ya sea con la manipulación, ya sea por la corrupción, un nivel extraordinario de ganancias.
Con las políticas neoliberales, la corrupción ha corroído a los gobiernos cuyos presidentes y ministros se han enriquecido por medio del robo al erario o la entrega de facilidades a compañías extranjeras para adquirir terrenos y fábricas, siempre y cuando otorguen abundantes regalías. Otra cuestión que atenta contra la mejor utilización del PIB es la abultada deuda interna.
Tanto la continuidad de la pobreza como la persistencia del malestar social y político han tenido un efecto directo sobre la emigración de nicaragüenses. Su migración se produce en parte en combinación con la necesidad económica y familiar de estar juntos y en mejores condiciones.
Desde hace dieciséis años (1990-2006), la pobreza avanza por Nicaragua con rostro y vestuarios femeninos: trabajar de manera informal, inmigrar o prostituirse, son las escasas opciones que quedan a las representantes del mal llamado sexo débil para sobrevivir. La tasa de desempleo femenino representa 1.4 veces más a la registrada entre los varones.
Las mujeres jefas de hogar cuentan con menos ingresos monetarios que sus contrapartes masculinas, tanto en los hogares pobres como en los de mayor ingreso. Esto se explica porque, a pesar de las leyes existentes, este sector continúa sufriendo la desatención y la negligencia del sistema legal. La violencia intrafamiliar, de la pareja, y hasta de una gran parte de la sociedad, acechan de manera constante a las mujeres.
Desde el propio seno familiar, ellas son poco apreciadas, al repartir la renta y la educación para la vida se desatienden las pautas de igualdad, al regirse por los patrones vigentes en los trillados caminos de género. Tales consideraciones prevalecen a su vez en el mercado laboral, donde todavía es muy desigual el número de mujeres profesionales con relación a la presencia de éstas en cargos de dirección de organizaciones y administraciones públicas. Suele ocurrir además que los salarios destinados a pagar los servicios de ellas siguen siendo más bajos que el de sus compañeros de labores en un mismo puesto.
Investigaciones de la Organización de Naciones Unidas (ONU) sugieren que si a las mujeres se les ofreciera idéntico apoyo que a los hombres, aumentaría el rendimiento de los cultivos en el agro, en un 20 por ciento. En Centroamérica, el producto nacional tendería a incrementarse en más de un 5 por ciento de eliminarse las desigualdades de género en el mercado de trabajo.
Las mujeres son propulsoras de progreso y en la medida en que se rompen los esquemas machistas tradicionales, éstas promueven el desarrollo de las sociedades en las cuales se desenvuelven, afirman las investigaciones de Naciones Unidas. Por tales razones, los Estados deben apostar por la educación y el acceso al trabajo de las mujeres, con lo que propiciarán al mismo tiempo la ruptura con la recirculación de la pobreza y de la miseria creciente.
Atrapadas en el ciclo de la pobreza, las mujeres carecen del acceso a los recursos y los servicios necesarios para transformar la situación, lo cual se agrava a partir del recrudecimiento de la globalización. La vinculación cada vez mayor de la economía a los mercados mundiales suele incidir en la reducción de los gastos públicos y de los programas sociales, trasladando el costo a las familias, donde suelen ser ellas las que llevan sobre sus hombros la carga adicional.
Las diferencias de género en la nutrición de mujeres y hombres guardan relación con la pobreza, la distribución de los alimentos, pero en especial con la profunda y arraigada discriminación de género. Casi al término de la primera década del siglo XXI se conoce que en Nicaragua miles de mujeres adultas fueron raquíticas durante su niñez por causa de la desnutrición y miles siguen en riesgo de sufrir desórdenes por la insuficiencia de hierro y yodo. Hasta la fecha, miles de mujeres quedaron ciegas debido a una insuficiencia de vitamina A y miles son anémicas. Esta realidad desmiente la asunción y ejecución de programas gubernamentales favorables a las mujeres durante el gobierno de la “Nueva Era”.
Para que Nicaragua salga de su condición actual y pueda cumplir con las Metas del Milenio en 2015, hace falta que el país crezca al menos en un 8 por ciento por diez años: crecer de US$ 900 per cápita a US$ 2,000 per cápita. Para incrementar las exportaciones se debe realizar una masiva inversión en infraestructura, en especial en carreteras, puertos y aeropuertos, así como en electrificación y suministro de energía. En esencia, crear un entorno que facilita la exportación.

El último libro de Oscar-René Vargas se titula: “Nicaragua 2015: Los Objetivos de Desarrollo del Milenio”.