Opinión

Una más de don Josecito Cuadra Vega


Francisco Javier Bautista Lara

He leído con asombro un poema publicado en el Nuevo Amanecer Cultural el sábado 17 de febrero titulado “A Jorgito Bush”; ingenuamente he creído, debido a la dedicatoria y el agradecimiento expresado por una “honrosísima invitación” de un hombre de la estatura de don José, que unía a Josecito una cercana amistad o al menos cierta fluida comunicación con el presidente del país del Norte, por lo que decidí visitar en su casa de la Colonia Centroamérica al inquieto poeta de tantas jornadas más alegres que tristes, dado que una amistad tan cercana e importante podría facilitar ciertas gestiones migratorias para amigos y conocidos que frecuentemente buscan favores y complacencias perdidas.
Resulta que lo que mi muy querido Josecito ha escrito no es más que una pintoresca broma, aunque me queda la duda, porque me comentó que después de la publicación ha visto pasar reiteradamente personas de extraña apariencia por la acera de enfrente de su casa; creo que son de la CIA, me ha dicho al oído, con voz muy baja, para no ser escuchado y no inquietar con sus preocupaciones a doña Julia, que tranquilamente se balancea en su silla mecedora en la sala de su casa.
De José Cuadra Vega (Granada, 21 febrero 1914), “el poeta de las palabras… de la más pura palabrería”, se ha escrito mucho, aunque insuficiente, es de “una familia de poetas”, como afirma José Coronel Urtecho: Manolo el poeta juglar, Abelardo el poeta de sueños militares, Ramiro el poeta del humor político con sus postales y notas y Gilberto el poeta del humor doméstico, matrimonial, familiar, cotidiano y convencional.
Pero yo no hablaré de su obra, no fue eso lo primero que conocí de él, lo confieso. Vi a un hombre en medio de sus libros, a mis ojos de niño, ya mayor, cuando visitaba su casa en la Centroamérica con mi amigo de la primaria, su nieto, Manolo Aguilar Cuadra, y estudiábamos juntos, nos comíamos la comida que doña Julia preparaba y escuchábamos ocasionales chistes, bromas, poemas de aquel hombre sencillo, coloquial y amable, de aquel humano varón de sutil sensibilidad e infaltable humor, el cual no ha abandonado a pesar que lo que dice y lo que escribe, tengo que confesarlo, me doy cuenta con certeza, es limpia y pura imaginación, es abundante palabrería cuidadosamente tejida y enmarañada para que parezca verdad, rítmica veracidad de lo cotidiano y lo extraordinario, de lo que todos pensamos y no nos atrevemos a decir y nos reímos cuando él las dice, con la profundidad de sus amorosas praderas.
Don José viene conduciendo su vehículo a la sorprendente velocidad preventiva de 30 kilómetros por hora dando en redondel la vuelta por las calles de la Colonia Centroamérica; la muchachada que lo divisa de lejos lo saluda, le chifla, lo sigue corriendo detrás del automóvil. Él mientras tanto saluda y sonríe, sin distraerse del timón, se detiene el tráfico, unos le pitan y lo rebasan, está congestionándose todo por esa velocidad tan apacible con que circula, por eso, creo yo, ha vivido tanto… y tanto…
“A veces tengo Alzheimer --me dice-- alguna que otra vez cuando salgo, no puedo encontrar la ruta de regreso a casa, entonces me quedo en una de esas casas por allí, en mis vagancias nocturnas…” No es cierto, Josecito se acuerda de todo, así que si viene con ese cuento del olvido en la mañana del día siguiente, ya doña Julia sabe que eso no es más que una de las andanzas que se resiste a dejar... Al menos en su locuaz imaginación que todo lo puede y todo lo permite.
“Un amigo me preguntó hace un año: ¿Cuántos cumple Josecito? Le contesté: 92, ¡no me diga!, usted llegará a los 100, él creía que me hacía un favor, pero no sabe lo terrible que es la ancianidad… hace años ya ni sé cómo es aquello…” Así se confiesa el poeta sin perder ni la memoria ni el humor. ¡Vos vieras cómo pesan esa carga de años que llevo a cuestas!
Hoy 21 de febrero, el mismo día del aniversario del asesinato de Sandino, cumple 93 años de próspera vida José Cuadra Vega, cuando nació en 1914, ya Sandino estaba por cumplir 20 años y cuando murió, el poeta cumplía sus 20.

Yo sólo sé que me siento,
que me siento no sé cómo…
¡Aj, jodido!...
Lo que en verdad me incomoda
(por no decir que me arrecha)
es no saber si estoy triste
o
no saber si estoy alegre.”

J. Cuadra V.