Opinión

Lo único no siempre es lo mejor


En el mundo siempre está ocurriendo algo por primera vez, a veces, con signos únicos y, por ello, insólitos. A la dirigencia de la revolución nicaragüense se le considera como uno de esos fenómenos históricos, pero no es necesariamente único como hecho político-social, sino por algunas de sus características, una de las cuales es (ya ha sido señalada) el haber triunfado en el terreno militar, derrotada luego por la vía electoral y vuelta a triunfar por la misma vía diecisiete años después.
Bien, ¿pero fuera de eso, qué? En primer lugar, la dirigencia del retorno triunfante está incompleta en número y capacidad ideológica y ética. La dirigencia original, la que derrocó la dictadura somocista, resistió la agresión armada imperial gringa, condujo la lucha del pueblo armado, estimuló la juventud para el sacrificio y se convirtió en receptora de la solidaridad internacional, esa no es la que regresó al poder. Retornó una dirigencia disminuida en todo sentido.
Antes de seguir, vale hacer una ligera digresión en torno al olvido de la diferencia entre los sacrificios populares y la conducta de algunos de la dirigencia durante la resistencia a la agresión extranjera: en las profundas interioridades del poder --inadvertidas para las mayorías--, hacían ensayos de la “dulce vita” burguesa que llevarían después (es decir, ahora) mientras la muerte y la destrucción se ensañaba contra la juventud patriótica en las montañas. Incómodas razones parecidas a ésta son omitidas por quienes se regodean a la hora de relatarnos la historia desde su óptica idealizada y embellecedora.
De la verdad anterior se desprende un fuerte motivo para no alardear de que por haber habido una victoria electoral después de diecisiete años de una derrota, eso ha servido para dar un “salto a la izquierda”; afirmar eso sólo trae la intención de agarrar lugar en el palco del proceso revolucionario latinoamericano. Como sea la visión que se tenga de este hecho, es justo que se pregunte cuál será la actitud de esta dirigencia en la nueva situación y cómo podría aprovecharla en beneficio de un proyecto de reivindicaciones sociales, o si de nuevo desperdiciará la oportunidad sólo para satisfacer ambiciones personales y de grupo. Lo hecho en este poco tiempo no da para hacer conclusiones, pero es deseable que le vaya bien, por los nicaragüenses pobres.
Pero no por eso hay que aceptar la visión límpida e idealizada difundida últimamente sobre el regreso al poder del FSLN, de quienes no señalan las máculas personales y colectivas, porque de este modo esconden las causas de la ruptura con el antiguo misticismo sandinista, sólo para sentirse felices con el supuesto “salto a la izquierda”. Entenderlo es elemental: no se puede construir un sólido edificio utilizando malos materiales. El elemento ético de un movimiento revolucionario es indispensable, esto sí, único, pero no es lo que más luce en la dirigencia actual del Frente Sandinista. Entonces, sin los elementos éticos y políticos integrales, ¿de qué izquierda y de cuál salto estamos hablando?
Reitero una tesis expresada en mi artículo anterior: la integración o el hecho de ser tomado en cuenta entre los movimientos de izquierda de América Latina del actual Frente Sandinista es circunstancial. Creo que eso lo determina lo necesario de la unidad e integración latinoamericana frente al neoliberalismo pro estadounidense. Para admitir la integración a este movimiento no se necesitan exámenes de pureza ideológica ni se espera que lo haya nunca. Pero, por desgracia, tampoco parece necesario hacer cuestionamientos éticos. De forma que el hecho de ser visto o aceptado como un cuerpo político integrante de la izquierda latinoamericana en general no es un certificado de buena conducta.
En cuanto eso de traer a colación la experiencia liberal en Nicaragua para resaltar la experiencia sandinista, de tomar el poder, ser derrotado y luego regresar al mismo, no es esencial, sino secundario. Sin embargo, es bueno recordarlo. Hasta los intelectuales idealizadores del liberalismo lo reconocen; los liberales, que habían perdido el poder por la injerencia imperialista en 1909, regresaron a él en 1927, pero convertidos en resignados agentes al servicio de la misma potencia que los había expulsado del poder. Un clásico ejemplo; los liberales del drama en 1909 regresaron en 1927, viviendo la parodia de la renuncia y la claudicación.
¿Hay alguna diferencia entre los liberales de ayer y los sandinistas de hoy? Para bien del país, sí, la hay. La relación histórica de ambos con el imperialismo no es comparable, todo el mundo lo sabe. Pero ahora, preocupa que aparezca una coincidencia: los liberales ya agotaron su época de dictadura personal-familiar --aunque no, aún viven a costa del Estado--; en tanto, los sandinistas, devenidos en orteguistas, tienen tendencia hacia la dictadura personal-familiar, aunque en otras circunstancia históricas. El orteguismo puede jugar con el lenguaje de izquierda como los Somoza jugaron con el lenguaje de la democracia.
Pero sucede que los efectos de ambas formas antidemocráticas de gobernar los siguen sufriendo principalmente los sectores populares y campesinos. Han sido y son ciertos sectores de los intelectuales liberales y sandinistas quienes se han dedicado a idealizarlo todo, desde su patético incondicionalismo. En eso se parecen mucho; idealizan las reformas sociales y, al mismo tiempo, ocultan o disimulan las transgresiones éticas de sus dirigentes.
Los liberales aún pretenden convencer a los nuevos ciudadanos nicaragüenses de los “enormes avances sociales” del liberalismo en tiempos de los Somoza, para lo cual recurren a los caballitos de batalla del Código del Trabajo y del Seguro Social haciendo, desde luego, completa abstracción de sus finalidades políticas de sus gobiernos, y del factor de la lucha histórica de los trabajadores.
Hace muy poco pudimos leer un ejemplo de idealización de las reformas sociales y el ocultamiento de la realidad: “…el actual Estado de Derecho no contradice los objetivos del nuevo gobierno del Frente Sandinista de dar un salto a la izquierda. Combatir la pobreza, garantizar la gratuidad universal de la salud y la educación, lograr la reactivación de la producción agropecuaria, restablecer plenamente la economía mixta, implementar la democracia participativa, luchar por la unidad centroamericana y latinoamericana, procurar relaciones amistosas y productivas con todas las naciones de la tierra cualquier otro propósito son objetivos plenamente normados por la Constitución, vigente desde 1987. Letra muerta para los tres anteriores gobiernos”. *
Todo muy ideal, perfectamente ideal, ¿pero la realidad? Aquí una parte: 1) muchos de esos objetivos aún son proyectos, muy lejísimos de ser realizados; 2) la Constitución de 1987 ha sufrido tantas reformas (incluidas las del pacto Ortega-Alemán) que ya no es la misma; 3) lo de aquella Constitución no es respetada por los actuales gobernantes (por ejemplo, con el laicismo, artículo 14, hace rato se limpian los zapatos).
“El Estado de Derecho, en consecuencia, no es problema” (lo dice don Aldo), porque lo pueden burlar cuando les conviene (lo dicen los hechos). ¿Es tan largo el “salto a la izquierda” que parecen estarse cercando a la derecha? Ya ven: lo único no siempre es lo mejor.

*Aldo Díaz Lacayo, END 17/2/07.