Opinión

Nicaragua entre la ficción y la realidad


Normalmente en la tradición mediática --construida en un tiempo histórico reciente por los sectores que dominan el poder ideológico-- y que tiene influencia en distintas partes del mundo --incluida Nicaragua-- les dan a los gobiernos (resultado de la tradición democrática occidental o democracia representativa) un período de cien días para “sacar el día” por las vísperas o vislumbrar su tendencia de comportamiento futuro.
Los cien días es una selección arbitraria que nada tiene que ver con las distintas realidades a las que se enfrenta cada sociedad y cada nación, no sólo porque las soluciones estratégicas no pueden darse de la noche a la mañana, sino porque cada gobierno en cada país se enfrenta a múltiples limitaciones heredadas y a distintas correlaciones políticas que no hacen fácil ni rápidas las soluciones que se esperan o a las que se aspira.
Aquí en Nicaragua no hemos llegado ni a los cincuenta días del nuevo gobierno --en el caso de aceptar dicha tradición-- y ya se adelantan valoraciones fatalistas, absolutamente subjetivas y concluyentes de lo que será la gestión del gobierno sandinista actual en los próximos cinco años, como que si poseyeran una bola de cristal, en el caso de que se le creyera a dicha ritualidad.
Es claro que en la lucha político-ideológica y económica hay intereses creados y sesgos de los sectores opositores y de las fuerzas mediáticas --que en la realidad nicaragüense son hegemónicamente contrarias al sandinismo--, y por tanto es esperable --al existir una cultura política fundamentalista-- que se sobredimensionen los errores (si se han dado), se minimicen los aciertos, se busque el “pelo en la sopa” y se propaguen fantasmas y cantos de sirena, no dándole ningún crédito favorable a lo hecho en el corto tiempo de la gestión iniciada.
Y esto lo encontramos en los distintos temas. Se ha construido el fantasma o se ha propagado el canto de sirena de los supuestos despedidos del nuevo gobierno. Lo que significan los naturales cambios de funcionarios en las direcciones sustantivas de las distintas entidades gubernamentales, o lo que significa sustituciones en los cargos de confianza --normal cuando hay cambio de gobierno--, se nos ha querido presentar al revés; lo que significa renovación de contrato porque el anterior expiró (que dicho sea de paso fue hecho con alevosía en el último año o en los últimos meses del gobierno de Bolaños, en que se firmaron centenares de contratos), la reubicación de empleados, la existencia de centenares de cargos y de funcionarios fantasmas, todo eso --y muchas otras cosas-- se nos quiere presentar mediáticamente y por algunos actores políticos como despidos del nuevo gobierno y no como corrupción heredada, no como mala intención y campo minado dejado por el gobierno de Bolaños, lo que por otro lado además legal y legítimamente le corresponde al nuevo gobierno para cambiar a muchos funcionarios y cargos de confianza para poder impulsar --sin obstáculos-- su programa de gobierno.
Se insiste en que se incuba un gobierno autoritario y personalista cuando institucionalmente se crean los Consejos de participación ciudadana a nivel general y sectorial, que dicho sea de paso fortalecen lo ya avanzado en términos de participación ciudadana. Si se crean instrumentos, instancias y procedimientos de participación ciudadana del pueblo en las instituciones o espacios públicos, eso democratiza el poder y lo aleja del autoritarismo, porque la presencia de los representantes del pueblo organizado contribuye de manera significativa a que las necesidades, intereses y derechos de los distintos sectores sociales sean o puedan ser tenidos en cuenta, lo cual es radicalmente distinto al autoritarismo y al personalismo y conducente a la gestión colectiva de las decisiones.
Aparte del contrasentido mediático o político construido, se recurre a un legalismo a ultranza que insiste en que se dio un decreto antes de que se reformara una ley y no en los beneficios democráticos de dicha medida, se detienen en la forma y no en el contenido, que al final --en lo fundamental-- es lo más importante.
Sobre esos y otros temas podemos seguir hablando y en cada uno de ellos encontraremos --desde ciertos intereses-- el pelo en la sopa ya referido. Por decencia y por responsabilidad nacional hay que esperar el asentamiento del nuevo gobierno y poner en su justa dimensión lo ya hecho y lo que está por hacerse.
Está claro que el gobierno recibe una sociedad extremadamente pobre y desigual y una economía de sobrevivencia y de total dependencia, a lo que se le agrega el ya tradicional campo minado dejado por el gobierno saliente al entrante y una cultura política excluyente y fundamentalista.
En medio de esas realidades tenemos el derecho a la crítica constructiva, justa y fundamentada y el deber de contribuir conjuntamente a sacar a este país del fondo del abismo al que ha sido llevado. Pero contribuiremos a ello si nos despojamos de esa cultura política nociva que nos atenaza y ponemos los pies sobre la tierra y no comenzamos a inventar realidades estrechamente convenientes o ficticias.
(*) Cientista social e historiador. Profesor UNAN-Managua.
fredyfranco@hotmail.com