Opinión

Pragmatismo y realismo


Aún no se cumple un mes del nuevo gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en Nicaragua y ya hay novedades que merecen reseñarse, y situarse, porque dan cuenta con bastante facilidad del rumbo que se perfila.
Era de esperarse que el actual gobierno nicaragüense, en el mismo arranque, desordenara, como se dice, la mesa que recibía.
El acuerdo de cooperación firmado con Venezuela el día del recambio gubernamental es más o menos un guiño, para que lo vea todo el mundo, de por dónde soplará el viento o de qué pozos se piensa sacar el agua.
Lo que el gobierno de Venezuela puede aportar a Nicaragua, sin duda, no es irrelevante, teniendo en cuenta las graves carencias actuales (en materia energética y también en lo que atañe a infraestructura); porque construir la carretera hacia Puerta Cabezas, que es de varios centenares de kilómetros, requiere de un soporte técnico y financiero que en este momento Nicaragua no posee.
Cuando se concrete lo que ha ofrecido el gobierno de Irán, de igual forma, se supone que será sustantivo para la sociedad nicaragüense.
El hecho de que el gobierno de Taiwan ratificara su disposición a seguir cooperando con Nicaragua también es una ventana más en este esfuerzo por diversificar los apoyos.
Hasta la cautela actual del gobierno norteamericano, respecto a lo que está aconteciendo en Nicaragua, resulta una buena señal que el gobierno del FSLN debería leer con sumo cuidado.
La condonación de parte de la deuda que Nicaragua tiene con el Banco Interamericano de Desarrollo es, sin duda, otra buena señal que no hay que entender, por otro lado, con ligereza.
Y aún más: el relativamente favorable escenario centroamericano contribuye a que una gestión como la del gobierno del FSLN pueda desplegarse con cierta comodidad, al menos en esta fase de despegue.
Hay, pues, como se dice en la jerga empresarial, un buen clima de negocios, y habría que agregar que hay, sin duda, un buen clima para que una gestión política inteligente y audaz pueda encarnar. Pero aquí es donde empiezan los problemas.
La inmediata acción gubernamental de solicitar, con carácter de urgencia, a la Asamblea Nacional la aprobación de reformas a la Ley de Organización, Competencia y Funcionamiento del Poder Ejecutivo, para así recomponer parte de la estructura de gestión estatal, sobre todo en cuanto a funciones y vínculos, no parece ser un movimiento de piezas muy sofisticado. El hecho de haber propuesto al inicio un mayor control sobre el Ejército y la Policía habla de la debilidad actual de este gobierno del FSLN en lo que se refiere a pivotes sociales y políticos.
Nicaragua ha cambiado, y en algunos cosas para bien, y uno de esos ejemplos está en la no sujeción estricta de estas entidades a las veleidades políticas gubernamentales de cualquier signo. Es, digamos, una suerte de conquista de la civilidad. Tratar, ahora, de alterar tal cosa no puede menos que erizar los pelos.
Anunciar la revisión de las privatizaciones es un inequívoco mensaje de demarcación de perspectivas. Incluso si se revirtiesen, habría que preguntarse si en este momento es lo más adecuado, económicamente hablando. Porque lo que casi siempre rinde réditos políticos no es seguro que rinda provechos económicos.
El gobierno del FSLN se inscribe en lo que quizás equívocamente (por lo diverso de las experiencias) se ha dado en llamar el giro hacia la izquierda en América Latina. Asumiendo que así es, pues este gobierno del FSLN, aunque política e ideológicamente exprese sus empatías sólo con algunos de estos gobiernos (Venezuela y Bolivia, sobre todo), no tiene ni el petróleo, ni la capacidad científico-técnica ni el sistema alianzas político-sociales necesarias para intentar un salto sin red.
Es decir, una cuestión es querer recuperar el tiempo perdido y otra muy distinta es establecer, por sano juicio, que ya las alas se han atrofiado y no se puede volar del mismo modo.
El consuetudinario pragmatismo del FSLN, y de sus históricos dirigentes aún activos, le está, ¡y tan pronto!, haciendo perder foco en cuanto a las posibilidades reales. Porque si se ven las cosas con sereno realismo, quizá lo más interesante de una gestión política que se dice interesada en los sectores populares sería contribuir, sin populismos ni verticalismos, a favorecer el despliegue de modalidades organizativas de base capaces de ganar espacios, económicos y políticos, para un proceso de recomposición estructural que no tiene por qué ser traumático ni de cuño estatal.